domingo, 19 de agosto de 2007

Un Baile y una Boleta

Ella baila.

El, entra al baño.

Ella sabe que todos los ojos stán fijos en los movimientos de sus caderas, de su vientre; en sus labios gruesos y brillantes, en su cabello oscuro y ondulado moviéndose al ritmo de la música tránsfuga que le revienta los oídos, evitando que piense demasiado en lo que viene después de salir de escena.

El también escucha la música o más bien dicho, los bajos que retumban haciendo saltar las baldosas vestidas de sarro oscuro y hongos caníbales. Deja el papel sobre el estanque y se dice que está buena, que con eso estará duro toda la noche, que se olvidará de los ojos hambrientos y torvos de la audiencia maloliente y tremebunda que desea invadir el escenario para devorarla viva, para hacerse uno con ella por una hora o más, dependiendo del servicio. Se inclina e inspira hondo.

Ella se quita el bikini y lo arroja delicadamente a un costado del escenario. Se acuesta sobre la alfombra atigrada, sucia y pestilente. Pretende que es un pantano que la lleva a las profundidades de la tierra, a un nuevo mundo brillante y cálido. Enteirra con dolor sumiso dos dedos en su vagina y escucha el rugir bestial del público, los aplausos y los chiflidos. Abre las piernas y deja que los ojos invisibles de varias decenas de hombres la penetren, la violen en silencio, la posean sin pudor ni miramientos. Entonces, piensa en él.

Se levanta y se limpia la nariz. Enrolla el papel, más bien dicho la boleta del supermercado, cuidando que nada caiga, que la dureza no se vaya, que la vida permanezca encerrada en esos escasos centímetros blancos. Traga con vehemencia y siente el amargor opaco de la coca secándole la garganta. Inspira y siente cómo sus fosas nasales se dilatan más allá de lo que creyó humanamente posible. Se moja el rostro y vuelve al salón.

Ella lo ve en la barra, acompañado por un whisky. Sus ojos pretenden un saludo reconfortante, pero son otras pupilas las que la llevan a una mesa decorada por veinte vasos vacíos y una botella de whisky aún vigente. El viejo le sirve dos dedos y la mira como si fuera una diosa. Ella sonríe y le susurra al oído que todo el servicio es con condón. Cuarenta lucas la hora, besos caricias, posiciones. Todo, menos greco...

El la ve subir las escaleras en busca de las habitaciones que se hacinan en el segundo nivel. Maldice al viejo obeso y borracho que va con ella, pero agradece tener a una mujer así, tan fiel y comprometida, tan sumisa y jugada... Sonríe y desprecia el mote que tiene en el bolsillo, sabiendo que ella le traerá unas lucas para comprar otro. Pero mientras la piscola se lleva los últimos rastros blancos y agrios que se aferran a sus dientes, se pregunta en qué momento, en qué maldito momento sus sueños se convirtieron en papeles arrugados y escenarios mal iluminados.

2 comentarios:

Gabriela Luz dijo...

a veces se nos va todo en un rectangulo blanco. Eso que nos obliga a mirar el espejo y tratar de convencernos de seguir caminando y sonriendo al espectador.

Ximena dijo...

buen relato amigo Ivan,es increible como te transportas a
la escena misma te crees el cuento de ser un espectador de sentir q estas dentro del pestilente antro y experimentar los confusos sentimientos del tipo drogo y la mina explotada...bueno..
simplemente bueno..xime quien te recuerda siempre