Si desea concluir la lectura de EL BUEN ESCARABAJO, se ha iniciado un proceso de preventa que se extiende hasta el 15 de diciembre de 2009. Más información, solicitar a Iván Ávila al correo electrónico: enelbunker@yahoo.com
Muchas gracias.
Mostrando las entradas con la etiqueta El Buen Escarabajo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta El Buen Escarabajo. Mostrar todas las entradas
domingo, 1 de febrero de 2009
viernes, 2 de enero de 2009
El Buen Escarabajo (Capítulo 6)
VIERNES
Can't you see them?
Can't you see them?
Roots can't hold them
Bugs console them
LITTLE RED ROBIN HOOD HIT THE ROAD. ROBERT WYATT
El dolor se diluye entre las caricias carnívoras de Brenda. Me dejo llevar por el calor de sus manos, por los jadeos cadenciosos y ahogados que le conmueven la garganta. Sus pechos reposan sobre mi tórax, libres, hermosos, cándidos y generosos. Siento su entrepierna depositarse sobre mi pene como una ave anidando sin ningún apuro, ajena a la fiebre que me quema por dentro, que exacerba el ritmo cardiaco marcado por el palpitar desenfrenado de mis sienes y entonces pienso que sentir sus besos de aquel modo tan intenso, que apretar sus caderas como si nunca antes hubiese usado mis manos, que convertir sus jadeos torvos en rugidos de feroz placer, no es más que efecto de la fiebre que me quema, que ha convertido la llama de la vela en un sol rojo y omnipresente y la cama, en nuestro propio y eterno universo abrasado por nuestros movimientos en perfecta armonía.
Exploto como la última bala disparada por el cañón del un heroico mártir. Exploto como una estrella intentando iluminar todo el universo. El éxtasis estremece mi cuerpo y el de ella, que refugia su cabeza transpirada en mi pecho aún agitado, paralizado por aquella sensación de pasión y placer enraizados en un solo e inexplicable sentimiento de hipnosis atemporal. Dejo que mi semen se interne en sus entrañas como si aquello fuera lo más cercano a la eternidad que he conocido. Brenda se queda abrazándome con cansada ternura por varios minutos antes de levantarse pausadamente para colocarse el pantalón. Sin quererlo, al bajar de la cama, mete el pie en la palangana con agua y trapos. Ríe como una cascada de diamantes y otra vez siento mi cuerpo estremecido por todas aquellas sensaciones que nunca pensé podía percibir. Pero disimulo. Contengo la emoción a duras penas, evitando la posibilidad insulsa de esperanzas propias o ajenas. Y mientras el remanente de la erección vencida se retira y el dolor de la pierna vuelve a convertirse en la pura y sórdida realidad, me doy cuenta que aquel incendio se ha extinguido, que los colores opacos de la habitación han vuelto a tomarse mis pupilas y que la mirada perdida de Brenda me observa otra vez en memorial silencio desde el borde de la cama. Imagino que es demasiado tarde para mí; quizás hace un par de años aquella situación hubiese bastado para hacerme dejar todas las absurdas, brutales y nefastas certidumbres que se han convertido en el capullo herrumbroso que me protege de un mundo que no quiero… Qué digo… Aquel mundo ha desaparecido y si es así, entonces ¿por qué diablos no me lanzo al vacío y me arriesgo a respirar nuevamente?... Estoy a punto de decir algo mientras Brenda coloca un paño frío en mi frente. Ella lo sabe, espera mis palabras con transparente ansiedad. El brillo de mis ojos percibe claramente aquella necesidad en el brillo de los suyos y de verdad, no sé si lo que vaya a decir es lo correcto o no, pero ya he cometido tantos errores que a estas alturas da lo mismo. Entonces, tomo aire… Pero me contengo. Escucho llegar el auto…
La mirada de Brenda se apaga. Su rostro me recuerda el de la mujer incógnita que me acogió en su departamento hace tan pocos días, tan pocas horas que sin embargo se han transformado en eras cámbricas que me es difícil recordar. Veo las bocas de Javier y Bárbara moverse, pero no los escucho. El rostro de Brenda se confunde con la oscuridad y en extraño rito se asimila con las penumbras que cobijan el sueño inquebrantable de Catalina. Kelly me inyecta lo que supongo es penicilina y siento cubos de hielo avanzando por mis venas antes de cerrar los ojos con la vaga idea de no abrirlos más.
Pero los abro. Está amaneciendo. Los demás duermen, aunque no distingo cómo se han repartido las camas. De alguna manera, la luz grisácea y tenue que se filtra por las ventanas de la cabaña me hace recordar la casa de Ñuñoa. Lo único que falta es el escozor insidioso enquistado en mis fosas nasales y el mareo agradable y cáustico que me obliga a buscar una lata muy helada de cerveza. Nada de eso hay ahora y vuelvo a desear el regreso a mi antigua vida, a esa que ahora parece un relato de reunión de alcohólicos anónimos. He recuperado la temperatura y aunque la pierna aún me duele, me levanto. Descubro que la herida ha sido cubierta por un parche que, durante la noche, ha drenado la infección, convirtiéndose en una pequeña obra surrealista de lienzo albo pintarrajeado por algunas manchas amarillentas y rosáceas.
Saco los cigarrillos del bolsillo de la camisa que reposa a los pies de la cama y parto en busca del exterior. Desde le porche diminuto y crujiente logro ver el océano cubierto por una fina capa de neblina. Las nubes se ciernen sobre mi cabeza con la calma quieta de un ejército de pandas. El humo del cigarro se confunde con ellas y por un momento, creo entender finalmente todo lo que ocurre. Percibo el silencio, la paz, la tranquilidad y el significado del paisaje que me rodea sin ninguna interrupción. Los cables del teléfono han sido cortados para siempre. Las bocinas, acalladas por tapones de élitros endurecidos como fósiles. Los aviones yacen en tierra, en indefinibles estado larvario. Los televisores y las radios son escombros de otra época. Los computadores serán derretidos por los rayos de un sol tan amable como inclemente. Y nosotros, bueno, nosotros deberemos buscar nuestro destino en alguna parte. De eso se trata todo esto. Eso es lo que ellos querían.
-¿Te sientes mejor?-. Catalina está envuelta en una frazada y en sus manos sostiene una botella de bebida.
-Sí, un poco, pero no sé si es por los medicamentos o simplemente porque hacía mucho tiempo que no estaba lúcido a esta hora.
La pequeña se empina y olisca el aire con deleite.
-Y yo, hacía muchos años que no venía a la playa- sonríe con deliciosa ternura. Brenda es la siguiente en salir. Se despereza sin vergüenza y se queda mirándome con complicidad. No puedo evitar recibirla en mis brazos y vuelvo a sentir aquella inexplicable explosión de emociones que me conmovieron la noche anterior. Desde la cabaña del frente, aparecen los ancianos. Sus rostros brillan esperanzados y nos miran como si fuéramos un ejército salvador. Yo sólo pienso que en el auto no queda espacio y que esta huida no nos ha llevado a ninguna parte.
Es Javier quien se acerca a conversar con ellos. Yo vuelvo al interior de la cabaña, a echarme un rato más antes de la probable partida. Aunque el dolor ha disminuido notablemente, aún me siento débil. Bebo algo de agua y pienso en tirarme unas rayas, para ver si eso me ayuda a regresar al mundo real, al estado corrupto en que me siento capaz de conquistar el universo, pero no es el momento, menos con Catalina siguiéndome a todos lados, sumamente preocupada de mi estado de salud. Bárbara y Brenda preparan un desayuno bastante plástico, en donde los alimentos construidos sobre base de colorantes y conservantes ocupan casi todo el plato. Javier regresa con noticias y con los viejos. Hay que ayudarlos y llevárselos con nosotros. Para eso, necesitamos otro auto. Me pregunta si estoy dispuesto a manejar. Le digo que está loco, que sólo a él se le ocurre dárselas de buen samaritano considerando la situación. Todos palidecen. No es primera vez que estoy sólo contra el mundo, pero desisto. Si el plan es buscar otro lugar en donde reposar los huesos, perfecto, habrá que seguirlo porque es lo que más necesito, así es que le digo que yo iré a buscar otro vehículo, pero necesito que Bárbara me acompañe porque es la única que sabe manejar. Javier asiente apenas convencido. Bárbara nos maldice y asegura que por ningún motivo volverá al centro de la ciudad en compañía de un imbécil próximo a ser amputado. Río antes de pedirle que no tiene otra opción que acompañarme si quiere encontrar un lugar seguro en dónde salvar su pellejo. Dejamos atrás la cabaña con olor a naftalina, nos sacudimos las imaginarias alas de polilla que se han posado sobre nuestros cuerpos y pronto, también dejamos atrás la playa, en dirección a La Serena.
Siempre que pensé en una hecatombe a escala mundial o en el apocalipsis, imaginé que todo estaría lleno de cadáveres, fuego, columnas de humo, gritos espantosos, sangre regada por las calles y gigantescos robots arrasando todo a su paso. Pero la ciudad luce tranquila. Hay algunas señales de incendios masivos, la mayor parte de las casas y edificios estén en el suelo, pero no hay sangre ni carne putrefacta en ninguna parte. No tardamos en ver a algunas personas vagando en grupos de lento avance entre los escombros y la soledad y también tropas de escarabajos moviéndose en acompasada letanía por las calles silentes. Tratamos de evitar a la gente, pero a poco andar nos damos cuenta que en su mayoría, se trata de niños y jóvenes a simple vista inofensivos, de ancianos, de algunos adultos en cuyos ojos apenas cabe la expresión de nefasto desarraigo producto de tan incongruente situación. Bárbara no se siente cómoda. Todavía teme ser víctima de los bichos o de una turba furibunda que busca sobrevivir a cualquier precio pero yo sé que aquello no ocurrirá.
Veo una camioneta doble cabina. Me parece el vehículo ideal para continuar nuestro viaje. Bajo para comprobar el buen estado que demuestra tener y no tardo en echar a andar el motor. Un grupo de jóvenes y niños se acerca tímidamente. A pesar de sentir que son inofensivos, echo mano al arma que oculto en mi espalda. Bárbara se queda en el interior del auto, comprimida por sus propios temores.
-¿Dónde va, caballero?- pregunta el joven que encabeza el grupo.
-No lo sé todavía, ¿por qué?
-Es que no sabemos qué hacer… Necesitamos que alguien nos ayude…
-Lo siento, chiquillo, pero nosotros tenemos nuestros propios problemas.
El rostro del muchacho se deforma en una mueca de tristeza y desconcierto que apenas me atrevo a atisbar.
-Miren, cabros, tienen de todo aquí. Pueden comer en los supermercados, bañarse en el mar, refugiarse en las casas que aún están en pie. Nombren a un presidente, un directorio, hagan elecciones democráticas el próximo año y arréglenselas como si fueran compañeros de curso…- El chico me observa confundido. Me quedo callado por un minuto, esperando que atine a decirme que tengo razón, que ellos pueden arreglárselas como en El Señor de las Moscas, pero sus ojos apenados se quedan mirándome en busca de una respuesta que me siento obligado a dar. Maldigo mi decisión. -A ver, dime si has visto por aquí cerca una convi o un camión. Supongo que vamos a tener que cargarlos a ustedes también.
Los chicos se deshacen en explicaciones y descripciones de lugares en dónde hallar un vehículo de mayor tamaño. Rescato las indicaciones que me parecen más fiables y enfilo rumbo al norte, acompañado por tres muchachos de no más de quince años que me preguntan por la cojera, que me cuentan lo que les ha pasado en los últimos días, que me agradecen salvarlos y yo me pregunto de qué. Sea como sea, la vida seguirá su curso, con nosotros… sin nosotros… Veo el camión tres cuartos que los chicos han anunciado y su estado no es el mejor. Además, ya no tiene combustible. Vuelvo donde Bárbara que finalmente, ha dejado de lado sus prejuicios iniciales y ha entablado una animada charla con los demás muchachos. Me doy cuenta que la cantidad de abandonados en busca de salvación ha aumentado. Debemos movernos rápido antes de llenarnos de huérfanos famélicos, así es que subo a Bárbara como copiloto y al que parece ser el líder en el asiento trasero para que me indique dónde está la bencinera más cercana.
El viejo que cuida el lugar teme de su propia sombra. Pretende cobrarnos por entrar al minimarket y por el combustible, pero lo hago desistir mostrándole la pistola. Me pregunta dónde vamos y le digo que se vaya a la mierda, que cómo puede ser tan descarado después de intentar lucrar con la desgracia ajena, pero Bárbara se apiada. Yo ya no quiero discutir. La pierna ha vuelto a dolerme insoportablemente, convirtiéndose en un ancla que consume todas mis fuerzas con el solo hecho de mantenerla en movimiento. Siento que la fiebre regresa con nuevos y sarcásticos bríos, pero saco fuerzas de flaqueza. Ni la penicilina ni los antibióticos me sacaran de esta. Sólo unas buenas rayas alejarán el dolor de una vez por todas. Sólo unos buenos tragos curarán la herida. Es por eso que no dudo en cargarme con un pack de cervezas tibias mientras el viejo y el muchacho, que dice llamarse José, echan bencina en bidones plásticos que acumulan en el maletero del auto. Algunos curiosos nos observan de lejos. Quieren acercarse, pero el temor puede sentirse a metros. Exhibo la pistola mientras engullo cerveza con deleite sacrosanto y sí funciona, el alcohol que se me mete en la sangre espanta el dolor a palos y con rapidez. Nos largamos a cierta velocidad en dirección al tres cuartos. Echamos el combustible en el estanque, mientras más curiosos aparecen en las esquinas, temerosos, pero muy atentos a nuestros movimientos. Amagan acercarse. Bárbara y los muchachos comienzan a entrar en pánico y yo, sólo quiero echarme en una cama, descansar, olvidar, tomar, jalar, involucionar. Doy un par de disparos al aire y eso desocupa inmediatamente la calle. Subo al camión, con el viejo y uno de los muchachos como copilotos, y los demás niños como pasajeros. Bárbara aborda el auto con José a su lado. Regresamos a la playa y no hago caso del asombro de Javier y de Brenda. Él quiere decirme algo, regañarme, encontrar respuestas, pero no quiero hablar. Quiero irme, irme de verdad, avanzar por la carretera, dejarlos en algún pueblucho libre de escarabajos y amenazantes entes infrahumanos y continuar mi camino hacia quizás dónde… O quizás, sólo deseo volver, reencontrarme con esa ciudad fantasma que ahora, no es tan diferente de cómo yo la veía antes de la conquista de los bichos. Las personas sólo pasaban como sombras junto a mí y el encierro mental y físico me mantenían tan aislado de todo y todos, como ahora… No, no como ahora. Tras de mí un montón de cabros chicos se tambalean siguiendo involuntariamente las fallas del camino que yo apenas percibo. Vuelvo a llenarme el buche de cerveza, ante la mirada desaprobatoria de Brenda y Catalina que han reemplazado al viejo y al niño que ahora se agitan sobre el acoplado, esperando ser llevados a una tierra prometida que no existe. Que nunca existió. Todas las prejuiciosas ideas sobre el fin del mundo no alcanzaron para adivinar lo que realmente iba a ocurrir y tengo la impresión que ni los oráculos más concupiscentes pudieron dar con la clave premonitoria a tamaño desastre. A la distancia, una sombra quiebra los colores pálidos y sinuosos que rodean la carretera. El auto, que va delante de mí, comienza a detenerse con lentitud. La sombra que se extiende sobre la carretera y que se esparce hacia oriente y occidente tiene vida. Se mueve caóticamente pero sin avanzar ni retroceder. Los escarabajos parecen prepararse para un combate a escala global y eso hace que Javier se detenga definitivamente. Nos quedamos frente a millones de coleópteros que permanecen en guardia, quitándonos toda posibilidad de avance, a excepción de un deslavado camino de tierra que se interna en dirección del valle que avizoramos tras la cercana columna de cerros erosionados y aún cubiertos por algo de vegetación.
-¿Qué hacemos?- pregunta Javier. Yo enciendo un cigarrillo.
-¿Te parecería buena idea esperar hasta que se decidan a morir o devorarnos?
Observo por algunos segundos los rostros que están en los vehículos, apenas visibles tras los vidrios empolvados. El terror ha hecho presa de ellos.
-Será mejor que tomemos ese camino- le digo, indicando la ruta casi invisible que se interna en los cerros.
-¿Estás seguro? Ni siquiera sabemos dónde nos llevará.
-Supongo que a un lugar seguro… Mira, los bicharracos nos están cerrando el camino, pero nos han dejado esta ruta libre ¿No eras tú el que creía que por alguna misteriosa y superior razón, nos habían reunido? Bueno, pues no creo que esto sea una coincidencia.
Javier quiere replicar algo a mis palabras sarcásticas, pero en vez de eso, se queda mirando los cerros chatos y frágiles como caderas de anciana desahuciada. Supongo que piensa en lo que ha ocurrido en los últimos días, en sus propias decisiones y en sus teorías conspirativas.
-¿Qué vamos a hacer?- pregunta Bárbara luego de bajar la ventanilla del auto.
-Lo que los escarabajos quieren. Ir cerro arriba- respondo, antes de regresar al camión. Bárbara me mira con extrañeza antes de volver a meter la cabeza en el auto. Sigo el lento andar de Javier que al parecer, aún teme una emboscada de escarabajos voladores que surgirá de la nada, de la misma enclítica nada que nos rodea sin prestar atención a nuestro avance cansino y agónico, como de elefantes en busca de ancestral cementerio. Alcanzo a ver la carretera por el retrovisor y el ejército de coleópteros firmemente costrificado en medio de un paisaje que me parece francamente surrealista. Vuelvo la vista hacia el frente y me encuentro con el camino enteco y sinuoso, casi vencido por el rigor del clima centenario. Los cerros parecen espejismos de redondeado perfil y se repiten a si mismos, cubiertos por algunas manchas de pasto salvaje, arbustos empolvados y piedras de curiosas formas diseminadas hasta donde alcanzan nuestros ojos avizores en busca de alguna señal humana de vida. Nos detenemos unos minutos a comer algo, cuidando de racionar nuestras provisiones aunque a simple vista, tenemos para varios días. Me preocupa saber que la lata que tengo entre mis manos es la última que saqué del minimarket. Intento recordar si me queda más trago en otra parte, pero ver a Brenda repartiendo agua entre los niños me aturde. Era imposible imaginarla así hasta hace tan solo unos días; dedicada, tierna, comprensiva, sonriente, acogedora, maternal… Trato de volver a recordarla como era antes y recrearla en el escenario del Magia Negra, cubierta por lentejuelas escasas y lánguidas, con la pintura difuminada por el sudor, con los labios golosos y rojos hipnotizando machos y la mirada fiera concentrada en la nada… Pero es imposible. Se limpia la frente delicadamente y se sacude el pantalón con cuidado, para luego apretar el nudo del pañuelo que le protege el cabello. Miro los cerros y no percibo ningún rastro de los bichos. Subo al camión y echo a andar el motor. Atardece y debemos encontrar pronto un lugar dónde acampar.
-Toma- Brenda me extiende una botella de vodka a medio tomar. La recibo, sorprendido.
-Estaba en la mochila que sacaste de tu casa. Hay más trago ahí, pero por ahora creo que eso te bastará- explica, sin mirarme. Me mando un trago que de inmediato me inflama la garganta. Me hace sentir bien. Extremadamente bien.
Luego de sobrepasar una interminable loma y con el sol cortado por el horizonte serpenteante, nos encontramos frente a un valle que, por lo menos desde la distancia, luce bastante fértil. Un riachuelo artrítico lo cruza de lado a lado e incluso se aprecian unas casuchas apiladas junto a ordenados sembradíos, al borde del lecho del rebuscado curso de agua. Los demás festejan y vitorean, pero sólo hasta que el ruido de nuestros motores comienza a hacer aparecer figuras humanas que aún no sabemos si son amistosas. Preparo el arma. Hace rato que siento deseos de darle un tiro a alguien. Quizás desde que no me atreví a dispararle a Javier en el sótano. Brazos batientes en señal de cálido saludo nos reciben, ahuyentando los temores, distendiendo la llegada, acogiendo el descanso necesario.
No me preocupo de saludar a los habitantes de aquel lugar, aunque escuchando algunas conversaciones, descubro que han llegado hasta ahí después de similar peregrinaje. Vienen de todas partes, huyendo de los escarabajos, sin darse cuenta que los mismos bichos nos han llevado hasta ahí, quizás hasta para darse un último festín. Ayudado por el anciano de la bencinera comienzo a descargar nuestras provisiones, mientras la noche cae definitivamente sobre nosotros. Algunos personajes se acercan para saludarme, pero los espanto con frialdad. En este momento, sólo hay una persona con la que quiero conversar.
Vuelvo a la cabina del camión. Bebo algo de vodka y me fumo un par de cigarros antes que Javier venga por mí.
-De verdad te quieres morir, Aníbal, ¿no es así? Pusimos en riesgo nuestras vidas para inyectarte antibióticos y mira… Sabes que así no terminarás con la infección.
-Es el momento, Javier. Además, créeme que estando borracho, el dolor realmente desaparece.
-Si estás buscando lástima, no creo que la encuentres aquí.
-No busco nada. Bueno, sí, quiero estar tranquilo. En eso me podrías ayudar dejándome solo.
-De todas maneras estaremos en esa casa. La gente que ha llegado hasta acá ha formado un comité y supongo que se reunirán para recabar información y pensar en qué haremos…
-Entonces anda…
Javier se queda mirándome por un rato antes de reprobar mis acciones con la mirada y dar media vuelta.
-Tú sabes por qué los escarabajos querían que te reunieras conmigo… Ahora lo sabes…- le digo mientras se aleja, antes de echarme un nuevo trago de vodka y bajar del camión. Apoyo mi peso sobre la pierna herida y el dolor, tan repentino como insoportable, me hace tambalear. Me sostengo de la puerta del vehículo, esperando que el fuego que quema el interior de mi extremidad se extinga, pero no lo hará a menos que el alcohol vuelva a fluir por mis venas. Me empino la botella de vodka y dejo fluir el licor hasta sentir que su fuego apaga el que consume mi muslo. Sólo entonces me detengo y bastante mareado, vuelvo a mirar el paisaje a oscuras. Brenda está de pie frente a mí. Apenas puedo descifrar su rostro, pero sé que me odia con la mirada.
-A eso me refería, Aníbal. Siempre sabes lo que es correcto, pero haces todo lo contrario ¿Tú crees que no nos duele verte así? Te vas a morir -solloza-, y nos vas a dejar aquí… solos… Me vas a dejar sola…
No acepta mis brazos, pero se queda de pie, ahí, en medio de aquel extraño fresco naturalista, rodeada por casuchas de piedra, plantaciones famélicas, cerros chatos, un charco de agua que pretende convertirse en río.
-No te vas a quedar sola. Está Javier, la Cata, Bárbara, los cabros chicos… Tienen un oasis en donde vivir mientras allá afuera las cosas se arreglan…
-¿De verdad crees que las cosas se arreglarán?
-No, pero supongo que tú aún tienes esperanzas.
-No, fíjate que después de verte a ti no me quedan muchas esperanzas. No sé por qué los escarabajos te dejaron vivo cuando deberías haber sido uno de los primeros en morir.
-Supongo que fue para salvarte. Para salvarlos a todos ustedes. Yo ya cumplí mi misión. Ahora los estoy esperando a ellos. Ya los imagino avanzando por el tierral que pasamos con el camión, buscándome ansiosos, tratando de llegar a mí para exterminarme, para no dejar ni siquiera un rastro de huesos, músculos o ropa.
-¿Por qué eres tan cruel, Aníbal?
-No se trata de ser cruel, es lo que pienso que va a ocurrir, ¿por qué no asumirlo? O mejor aún, ¿por qué no tomarlo como una fantasía? Quizás hasta simplemente me muera de gangrena y ustedes puedan sepultarme como se les de la gana…
Brenda se larga a llorar. Da media vuelta y se pierde en la tinieblas apenas rotas por algunos trazos de fuego exiguo provenientes desde el interior de la chozas. Me quedo apoyado en el camión, enciendo un cigarrillo y me quedo mirando las estrellas que aglomeran en algunos sectores, formando nubes informes que delimitan la negrura impenetrable del cielo. Pienso en morir en casa, rodeado de las mismas paredes que me llevaron a este punto. Sé que puedo seguir el camino de tierra y volver a la carretera en un par de horas, si logro hacerme de las llaves del auto. De ahí, no creo que el viaje a Santiago sea tan complicado. Debo hablar con Javier. Intento caminar, pero la pierna izquierda no me responde y caigo pesadamente al suelo.
Desde aquella incómoda posición, las sombras y las formas indecisas son las mismas. Intento levantarme, pero la borrachera y el dolor hacen de mis movimientos tristes parodias que asimilan a una tortuga tendida sobre su caparazón. De pronto, me detengo. Una decena de escarabajos esta frente a mi rostro. Me quedo mirando sus mandíbulas, sus pedicelos, sus ojos vacíos, sus labios casi invisibles y extraterrestres. Se quedan ahí, como si conversaran entre ellos, observando mi caída. Poco a poco, más escarabajos comienzan a llegar. Me rodean vigilantes, como liliputienses escrutando a un Gulliver demasiado ebrio como para liberarse de sus imaginarias ataduras.
-¿Qué quieren ahora?- pregunto, aunque sé que hablo conmigo. En ese instante, siento sus patas recorrer mis piernas con precaución. Pueden ser diez o cien o mil. No me atrevo a mirar. Supongo que mi hora ha llegado. Nunca imaginé que sería así, pero por lo menos no es tan patético como saltar de un edificio o dejar mis sesos desparramados sobre la alfombra por días, hasta que la putrefacción de mi carne alerte a los vecinos. Cierro los ojos y me preparo para el dolor que provocarán sus mascadas hambrientas y redentoras. Pero nada ocurre. Los bichos descienden en silencio y tal como aparecieron, se pierden en la bruma. Me quedo tendido con la barbilla apoyada en la tierra y un par de piedras enterrándoseme en las costillas, intentando comprender lo que acaba de ocurrir, pero José me interrumpe.
-¿Qué le pasó, caballero?- pregunta en voz baja, ayudándome a dejar el suelo.
-La oscuridad… la oscuridad…- respondo como un autómata. Ahora tengo más que claro lo que debo hacer. Apoyándome en José voy en busca de la cabaña en donde se desarrolla la reunión de sobrevivientes. Irrumpo bullicioso, no por gusto, si no que porque apenas puedo sostenerme en pie. Javier reemplaza a José y me saca del lugar. No hace caso de mis balbuceos y a poco andar, se detiene frente a la puerta de otra ruca. Bárbara, Catalina y Brenda están ahí, refugiándose junto al fuego, compartiendo vivencias a media voz, sosteniendo platos de greda que contienen una humeante sopa que por momentos, embriaga mis sentidos. Javier me deja tendido sobre un montón de sacos paperos y frazadas viejas que hacen las veces de camastro.
-Otra vez tienes fiebre- comenta en voz baja. Catalina se levanta para ir en mi auxilio, pero Bárbara la detiene con un gesto imperioso. Brenda ni siquiera levanta la cabeza. Mantiene la vista fija en el recipiente con caldo, intentando pensar en otra cosa que no sea mi forzoso y decadente estado.
-Necesito las llaves del auto, Kelly- susurro, obligándolo a estar junto a mí sosteniéndole el brazo izquierdo.
-No me vengas con eso. Déjame ver tu herida.
-Te digo que necesito el auto, huevón, tengo que irme de acá ahora.
Javier no hace caso de mi súplica. Se libera de mis manos con cierta facilidad y me baja el pantalón hasta las rodillas. No tengo muchas fuerzas para resistirme. Un sutil aroma podrido despierta mi olfato. La expresión en el rostro de Javier me dice la verdad. Lo veo realizar algunas curaciones con pedazos de paños viejos, agua tibia, algodón áspero y grisáceo. Me sube el pantalón otra vez.
-Trata de dormir. Es lo mejor que puedes hacer ahora.
-No entiendes, ¿verdad? Tu teoría de los escarabajos es cierta. Ellos han planificado todo esto- Sé que sueno como un loco afiebrado desvariando, pero debo convencerlo. -Mi presencia aquí es innecesaria e inútil. Ya cumplí mi cometido. Ahora, debo ir a morir a otra parte. Es mi derecho después de todo lo que ha pasado, ¿no crees?
-Conversemos de esto mañana, Aníbal, cuando la fiebre haya bajado y te sientas mejor.
-Tú sabes tan bien como yo que la fiebre no bajará y que si no me voy pronto moriré aquí y no quiero hacerlo.
Javier hace como que no me escucha. Me tira una sábana confeccionada con sacos harineros encima y vuelve al corro que forman las mujeres. Pretendo gritar, quejarme, llorar, pero sería un gasto inútil de energía. Cierro los ojos y me imagino otra vez en Totoralillo, esta vez en el agua, sin dolor alguno. Atardece y el mar sereno me llena de vida y energías. Allá, en la playa, Mendieta prepara unos tragos y junto a él, Alicia me entrega una última danza calenturrienta antes de que el sol se esconda definitivamente y el océano me lleve hasta el regazo maternal de sus profundidades por siempre silenciosas y sordas. Poco a poco, los susurros del otro lado de la habitación son devorados por mis sueños, hasta convertirse en el sonido de las pequeñas olas que acarician las arenas ámbar, tibias y protectoras de la playa eterna.
No sé si estoy dormido o no… Ya no lo sé… Ya ni siquiera sé si estoy vivo…
Can't you see them?
Can't you see them?
Roots can't hold them
Bugs console them
LITTLE RED ROBIN HOOD HIT THE ROAD. ROBERT WYATT
El dolor se diluye entre las caricias carnívoras de Brenda. Me dejo llevar por el calor de sus manos, por los jadeos cadenciosos y ahogados que le conmueven la garganta. Sus pechos reposan sobre mi tórax, libres, hermosos, cándidos y generosos. Siento su entrepierna depositarse sobre mi pene como una ave anidando sin ningún apuro, ajena a la fiebre que me quema por dentro, que exacerba el ritmo cardiaco marcado por el palpitar desenfrenado de mis sienes y entonces pienso que sentir sus besos de aquel modo tan intenso, que apretar sus caderas como si nunca antes hubiese usado mis manos, que convertir sus jadeos torvos en rugidos de feroz placer, no es más que efecto de la fiebre que me quema, que ha convertido la llama de la vela en un sol rojo y omnipresente y la cama, en nuestro propio y eterno universo abrasado por nuestros movimientos en perfecta armonía.
Exploto como la última bala disparada por el cañón del un heroico mártir. Exploto como una estrella intentando iluminar todo el universo. El éxtasis estremece mi cuerpo y el de ella, que refugia su cabeza transpirada en mi pecho aún agitado, paralizado por aquella sensación de pasión y placer enraizados en un solo e inexplicable sentimiento de hipnosis atemporal. Dejo que mi semen se interne en sus entrañas como si aquello fuera lo más cercano a la eternidad que he conocido. Brenda se queda abrazándome con cansada ternura por varios minutos antes de levantarse pausadamente para colocarse el pantalón. Sin quererlo, al bajar de la cama, mete el pie en la palangana con agua y trapos. Ríe como una cascada de diamantes y otra vez siento mi cuerpo estremecido por todas aquellas sensaciones que nunca pensé podía percibir. Pero disimulo. Contengo la emoción a duras penas, evitando la posibilidad insulsa de esperanzas propias o ajenas. Y mientras el remanente de la erección vencida se retira y el dolor de la pierna vuelve a convertirse en la pura y sórdida realidad, me doy cuenta que aquel incendio se ha extinguido, que los colores opacos de la habitación han vuelto a tomarse mis pupilas y que la mirada perdida de Brenda me observa otra vez en memorial silencio desde el borde de la cama. Imagino que es demasiado tarde para mí; quizás hace un par de años aquella situación hubiese bastado para hacerme dejar todas las absurdas, brutales y nefastas certidumbres que se han convertido en el capullo herrumbroso que me protege de un mundo que no quiero… Qué digo… Aquel mundo ha desaparecido y si es así, entonces ¿por qué diablos no me lanzo al vacío y me arriesgo a respirar nuevamente?... Estoy a punto de decir algo mientras Brenda coloca un paño frío en mi frente. Ella lo sabe, espera mis palabras con transparente ansiedad. El brillo de mis ojos percibe claramente aquella necesidad en el brillo de los suyos y de verdad, no sé si lo que vaya a decir es lo correcto o no, pero ya he cometido tantos errores que a estas alturas da lo mismo. Entonces, tomo aire… Pero me contengo. Escucho llegar el auto…
La mirada de Brenda se apaga. Su rostro me recuerda el de la mujer incógnita que me acogió en su departamento hace tan pocos días, tan pocas horas que sin embargo se han transformado en eras cámbricas que me es difícil recordar. Veo las bocas de Javier y Bárbara moverse, pero no los escucho. El rostro de Brenda se confunde con la oscuridad y en extraño rito se asimila con las penumbras que cobijan el sueño inquebrantable de Catalina. Kelly me inyecta lo que supongo es penicilina y siento cubos de hielo avanzando por mis venas antes de cerrar los ojos con la vaga idea de no abrirlos más.
Pero los abro. Está amaneciendo. Los demás duermen, aunque no distingo cómo se han repartido las camas. De alguna manera, la luz grisácea y tenue que se filtra por las ventanas de la cabaña me hace recordar la casa de Ñuñoa. Lo único que falta es el escozor insidioso enquistado en mis fosas nasales y el mareo agradable y cáustico que me obliga a buscar una lata muy helada de cerveza. Nada de eso hay ahora y vuelvo a desear el regreso a mi antigua vida, a esa que ahora parece un relato de reunión de alcohólicos anónimos. He recuperado la temperatura y aunque la pierna aún me duele, me levanto. Descubro que la herida ha sido cubierta por un parche que, durante la noche, ha drenado la infección, convirtiéndose en una pequeña obra surrealista de lienzo albo pintarrajeado por algunas manchas amarillentas y rosáceas.
Saco los cigarrillos del bolsillo de la camisa que reposa a los pies de la cama y parto en busca del exterior. Desde le porche diminuto y crujiente logro ver el océano cubierto por una fina capa de neblina. Las nubes se ciernen sobre mi cabeza con la calma quieta de un ejército de pandas. El humo del cigarro se confunde con ellas y por un momento, creo entender finalmente todo lo que ocurre. Percibo el silencio, la paz, la tranquilidad y el significado del paisaje que me rodea sin ninguna interrupción. Los cables del teléfono han sido cortados para siempre. Las bocinas, acalladas por tapones de élitros endurecidos como fósiles. Los aviones yacen en tierra, en indefinibles estado larvario. Los televisores y las radios son escombros de otra época. Los computadores serán derretidos por los rayos de un sol tan amable como inclemente. Y nosotros, bueno, nosotros deberemos buscar nuestro destino en alguna parte. De eso se trata todo esto. Eso es lo que ellos querían.
-¿Te sientes mejor?-. Catalina está envuelta en una frazada y en sus manos sostiene una botella de bebida.
-Sí, un poco, pero no sé si es por los medicamentos o simplemente porque hacía mucho tiempo que no estaba lúcido a esta hora.
La pequeña se empina y olisca el aire con deleite.
-Y yo, hacía muchos años que no venía a la playa- sonríe con deliciosa ternura. Brenda es la siguiente en salir. Se despereza sin vergüenza y se queda mirándome con complicidad. No puedo evitar recibirla en mis brazos y vuelvo a sentir aquella inexplicable explosión de emociones que me conmovieron la noche anterior. Desde la cabaña del frente, aparecen los ancianos. Sus rostros brillan esperanzados y nos miran como si fuéramos un ejército salvador. Yo sólo pienso que en el auto no queda espacio y que esta huida no nos ha llevado a ninguna parte.
Es Javier quien se acerca a conversar con ellos. Yo vuelvo al interior de la cabaña, a echarme un rato más antes de la probable partida. Aunque el dolor ha disminuido notablemente, aún me siento débil. Bebo algo de agua y pienso en tirarme unas rayas, para ver si eso me ayuda a regresar al mundo real, al estado corrupto en que me siento capaz de conquistar el universo, pero no es el momento, menos con Catalina siguiéndome a todos lados, sumamente preocupada de mi estado de salud. Bárbara y Brenda preparan un desayuno bastante plástico, en donde los alimentos construidos sobre base de colorantes y conservantes ocupan casi todo el plato. Javier regresa con noticias y con los viejos. Hay que ayudarlos y llevárselos con nosotros. Para eso, necesitamos otro auto. Me pregunta si estoy dispuesto a manejar. Le digo que está loco, que sólo a él se le ocurre dárselas de buen samaritano considerando la situación. Todos palidecen. No es primera vez que estoy sólo contra el mundo, pero desisto. Si el plan es buscar otro lugar en donde reposar los huesos, perfecto, habrá que seguirlo porque es lo que más necesito, así es que le digo que yo iré a buscar otro vehículo, pero necesito que Bárbara me acompañe porque es la única que sabe manejar. Javier asiente apenas convencido. Bárbara nos maldice y asegura que por ningún motivo volverá al centro de la ciudad en compañía de un imbécil próximo a ser amputado. Río antes de pedirle que no tiene otra opción que acompañarme si quiere encontrar un lugar seguro en dónde salvar su pellejo. Dejamos atrás la cabaña con olor a naftalina, nos sacudimos las imaginarias alas de polilla que se han posado sobre nuestros cuerpos y pronto, también dejamos atrás la playa, en dirección a La Serena.
Siempre que pensé en una hecatombe a escala mundial o en el apocalipsis, imaginé que todo estaría lleno de cadáveres, fuego, columnas de humo, gritos espantosos, sangre regada por las calles y gigantescos robots arrasando todo a su paso. Pero la ciudad luce tranquila. Hay algunas señales de incendios masivos, la mayor parte de las casas y edificios estén en el suelo, pero no hay sangre ni carne putrefacta en ninguna parte. No tardamos en ver a algunas personas vagando en grupos de lento avance entre los escombros y la soledad y también tropas de escarabajos moviéndose en acompasada letanía por las calles silentes. Tratamos de evitar a la gente, pero a poco andar nos damos cuenta que en su mayoría, se trata de niños y jóvenes a simple vista inofensivos, de ancianos, de algunos adultos en cuyos ojos apenas cabe la expresión de nefasto desarraigo producto de tan incongruente situación. Bárbara no se siente cómoda. Todavía teme ser víctima de los bichos o de una turba furibunda que busca sobrevivir a cualquier precio pero yo sé que aquello no ocurrirá.
Veo una camioneta doble cabina. Me parece el vehículo ideal para continuar nuestro viaje. Bajo para comprobar el buen estado que demuestra tener y no tardo en echar a andar el motor. Un grupo de jóvenes y niños se acerca tímidamente. A pesar de sentir que son inofensivos, echo mano al arma que oculto en mi espalda. Bárbara se queda en el interior del auto, comprimida por sus propios temores.
-¿Dónde va, caballero?- pregunta el joven que encabeza el grupo.
-No lo sé todavía, ¿por qué?
-Es que no sabemos qué hacer… Necesitamos que alguien nos ayude…
-Lo siento, chiquillo, pero nosotros tenemos nuestros propios problemas.
El rostro del muchacho se deforma en una mueca de tristeza y desconcierto que apenas me atrevo a atisbar.
-Miren, cabros, tienen de todo aquí. Pueden comer en los supermercados, bañarse en el mar, refugiarse en las casas que aún están en pie. Nombren a un presidente, un directorio, hagan elecciones democráticas el próximo año y arréglenselas como si fueran compañeros de curso…- El chico me observa confundido. Me quedo callado por un minuto, esperando que atine a decirme que tengo razón, que ellos pueden arreglárselas como en El Señor de las Moscas, pero sus ojos apenados se quedan mirándome en busca de una respuesta que me siento obligado a dar. Maldigo mi decisión. -A ver, dime si has visto por aquí cerca una convi o un camión. Supongo que vamos a tener que cargarlos a ustedes también.
Los chicos se deshacen en explicaciones y descripciones de lugares en dónde hallar un vehículo de mayor tamaño. Rescato las indicaciones que me parecen más fiables y enfilo rumbo al norte, acompañado por tres muchachos de no más de quince años que me preguntan por la cojera, que me cuentan lo que les ha pasado en los últimos días, que me agradecen salvarlos y yo me pregunto de qué. Sea como sea, la vida seguirá su curso, con nosotros… sin nosotros… Veo el camión tres cuartos que los chicos han anunciado y su estado no es el mejor. Además, ya no tiene combustible. Vuelvo donde Bárbara que finalmente, ha dejado de lado sus prejuicios iniciales y ha entablado una animada charla con los demás muchachos. Me doy cuenta que la cantidad de abandonados en busca de salvación ha aumentado. Debemos movernos rápido antes de llenarnos de huérfanos famélicos, así es que subo a Bárbara como copiloto y al que parece ser el líder en el asiento trasero para que me indique dónde está la bencinera más cercana.
El viejo que cuida el lugar teme de su propia sombra. Pretende cobrarnos por entrar al minimarket y por el combustible, pero lo hago desistir mostrándole la pistola. Me pregunta dónde vamos y le digo que se vaya a la mierda, que cómo puede ser tan descarado después de intentar lucrar con la desgracia ajena, pero Bárbara se apiada. Yo ya no quiero discutir. La pierna ha vuelto a dolerme insoportablemente, convirtiéndose en un ancla que consume todas mis fuerzas con el solo hecho de mantenerla en movimiento. Siento que la fiebre regresa con nuevos y sarcásticos bríos, pero saco fuerzas de flaqueza. Ni la penicilina ni los antibióticos me sacaran de esta. Sólo unas buenas rayas alejarán el dolor de una vez por todas. Sólo unos buenos tragos curarán la herida. Es por eso que no dudo en cargarme con un pack de cervezas tibias mientras el viejo y el muchacho, que dice llamarse José, echan bencina en bidones plásticos que acumulan en el maletero del auto. Algunos curiosos nos observan de lejos. Quieren acercarse, pero el temor puede sentirse a metros. Exhibo la pistola mientras engullo cerveza con deleite sacrosanto y sí funciona, el alcohol que se me mete en la sangre espanta el dolor a palos y con rapidez. Nos largamos a cierta velocidad en dirección al tres cuartos. Echamos el combustible en el estanque, mientras más curiosos aparecen en las esquinas, temerosos, pero muy atentos a nuestros movimientos. Amagan acercarse. Bárbara y los muchachos comienzan a entrar en pánico y yo, sólo quiero echarme en una cama, descansar, olvidar, tomar, jalar, involucionar. Doy un par de disparos al aire y eso desocupa inmediatamente la calle. Subo al camión, con el viejo y uno de los muchachos como copilotos, y los demás niños como pasajeros. Bárbara aborda el auto con José a su lado. Regresamos a la playa y no hago caso del asombro de Javier y de Brenda. Él quiere decirme algo, regañarme, encontrar respuestas, pero no quiero hablar. Quiero irme, irme de verdad, avanzar por la carretera, dejarlos en algún pueblucho libre de escarabajos y amenazantes entes infrahumanos y continuar mi camino hacia quizás dónde… O quizás, sólo deseo volver, reencontrarme con esa ciudad fantasma que ahora, no es tan diferente de cómo yo la veía antes de la conquista de los bichos. Las personas sólo pasaban como sombras junto a mí y el encierro mental y físico me mantenían tan aislado de todo y todos, como ahora… No, no como ahora. Tras de mí un montón de cabros chicos se tambalean siguiendo involuntariamente las fallas del camino que yo apenas percibo. Vuelvo a llenarme el buche de cerveza, ante la mirada desaprobatoria de Brenda y Catalina que han reemplazado al viejo y al niño que ahora se agitan sobre el acoplado, esperando ser llevados a una tierra prometida que no existe. Que nunca existió. Todas las prejuiciosas ideas sobre el fin del mundo no alcanzaron para adivinar lo que realmente iba a ocurrir y tengo la impresión que ni los oráculos más concupiscentes pudieron dar con la clave premonitoria a tamaño desastre. A la distancia, una sombra quiebra los colores pálidos y sinuosos que rodean la carretera. El auto, que va delante de mí, comienza a detenerse con lentitud. La sombra que se extiende sobre la carretera y que se esparce hacia oriente y occidente tiene vida. Se mueve caóticamente pero sin avanzar ni retroceder. Los escarabajos parecen prepararse para un combate a escala global y eso hace que Javier se detenga definitivamente. Nos quedamos frente a millones de coleópteros que permanecen en guardia, quitándonos toda posibilidad de avance, a excepción de un deslavado camino de tierra que se interna en dirección del valle que avizoramos tras la cercana columna de cerros erosionados y aún cubiertos por algo de vegetación.
-¿Qué hacemos?- pregunta Javier. Yo enciendo un cigarrillo.
-¿Te parecería buena idea esperar hasta que se decidan a morir o devorarnos?
Observo por algunos segundos los rostros que están en los vehículos, apenas visibles tras los vidrios empolvados. El terror ha hecho presa de ellos.
-Será mejor que tomemos ese camino- le digo, indicando la ruta casi invisible que se interna en los cerros.
-¿Estás seguro? Ni siquiera sabemos dónde nos llevará.
-Supongo que a un lugar seguro… Mira, los bicharracos nos están cerrando el camino, pero nos han dejado esta ruta libre ¿No eras tú el que creía que por alguna misteriosa y superior razón, nos habían reunido? Bueno, pues no creo que esto sea una coincidencia.
Javier quiere replicar algo a mis palabras sarcásticas, pero en vez de eso, se queda mirando los cerros chatos y frágiles como caderas de anciana desahuciada. Supongo que piensa en lo que ha ocurrido en los últimos días, en sus propias decisiones y en sus teorías conspirativas.
-¿Qué vamos a hacer?- pregunta Bárbara luego de bajar la ventanilla del auto.
-Lo que los escarabajos quieren. Ir cerro arriba- respondo, antes de regresar al camión. Bárbara me mira con extrañeza antes de volver a meter la cabeza en el auto. Sigo el lento andar de Javier que al parecer, aún teme una emboscada de escarabajos voladores que surgirá de la nada, de la misma enclítica nada que nos rodea sin prestar atención a nuestro avance cansino y agónico, como de elefantes en busca de ancestral cementerio. Alcanzo a ver la carretera por el retrovisor y el ejército de coleópteros firmemente costrificado en medio de un paisaje que me parece francamente surrealista. Vuelvo la vista hacia el frente y me encuentro con el camino enteco y sinuoso, casi vencido por el rigor del clima centenario. Los cerros parecen espejismos de redondeado perfil y se repiten a si mismos, cubiertos por algunas manchas de pasto salvaje, arbustos empolvados y piedras de curiosas formas diseminadas hasta donde alcanzan nuestros ojos avizores en busca de alguna señal humana de vida. Nos detenemos unos minutos a comer algo, cuidando de racionar nuestras provisiones aunque a simple vista, tenemos para varios días. Me preocupa saber que la lata que tengo entre mis manos es la última que saqué del minimarket. Intento recordar si me queda más trago en otra parte, pero ver a Brenda repartiendo agua entre los niños me aturde. Era imposible imaginarla así hasta hace tan solo unos días; dedicada, tierna, comprensiva, sonriente, acogedora, maternal… Trato de volver a recordarla como era antes y recrearla en el escenario del Magia Negra, cubierta por lentejuelas escasas y lánguidas, con la pintura difuminada por el sudor, con los labios golosos y rojos hipnotizando machos y la mirada fiera concentrada en la nada… Pero es imposible. Se limpia la frente delicadamente y se sacude el pantalón con cuidado, para luego apretar el nudo del pañuelo que le protege el cabello. Miro los cerros y no percibo ningún rastro de los bichos. Subo al camión y echo a andar el motor. Atardece y debemos encontrar pronto un lugar dónde acampar.
-Toma- Brenda me extiende una botella de vodka a medio tomar. La recibo, sorprendido.
-Estaba en la mochila que sacaste de tu casa. Hay más trago ahí, pero por ahora creo que eso te bastará- explica, sin mirarme. Me mando un trago que de inmediato me inflama la garganta. Me hace sentir bien. Extremadamente bien.
Luego de sobrepasar una interminable loma y con el sol cortado por el horizonte serpenteante, nos encontramos frente a un valle que, por lo menos desde la distancia, luce bastante fértil. Un riachuelo artrítico lo cruza de lado a lado e incluso se aprecian unas casuchas apiladas junto a ordenados sembradíos, al borde del lecho del rebuscado curso de agua. Los demás festejan y vitorean, pero sólo hasta que el ruido de nuestros motores comienza a hacer aparecer figuras humanas que aún no sabemos si son amistosas. Preparo el arma. Hace rato que siento deseos de darle un tiro a alguien. Quizás desde que no me atreví a dispararle a Javier en el sótano. Brazos batientes en señal de cálido saludo nos reciben, ahuyentando los temores, distendiendo la llegada, acogiendo el descanso necesario.
No me preocupo de saludar a los habitantes de aquel lugar, aunque escuchando algunas conversaciones, descubro que han llegado hasta ahí después de similar peregrinaje. Vienen de todas partes, huyendo de los escarabajos, sin darse cuenta que los mismos bichos nos han llevado hasta ahí, quizás hasta para darse un último festín. Ayudado por el anciano de la bencinera comienzo a descargar nuestras provisiones, mientras la noche cae definitivamente sobre nosotros. Algunos personajes se acercan para saludarme, pero los espanto con frialdad. En este momento, sólo hay una persona con la que quiero conversar.
Vuelvo a la cabina del camión. Bebo algo de vodka y me fumo un par de cigarros antes que Javier venga por mí.
-De verdad te quieres morir, Aníbal, ¿no es así? Pusimos en riesgo nuestras vidas para inyectarte antibióticos y mira… Sabes que así no terminarás con la infección.
-Es el momento, Javier. Además, créeme que estando borracho, el dolor realmente desaparece.
-Si estás buscando lástima, no creo que la encuentres aquí.
-No busco nada. Bueno, sí, quiero estar tranquilo. En eso me podrías ayudar dejándome solo.
-De todas maneras estaremos en esa casa. La gente que ha llegado hasta acá ha formado un comité y supongo que se reunirán para recabar información y pensar en qué haremos…
-Entonces anda…
Javier se queda mirándome por un rato antes de reprobar mis acciones con la mirada y dar media vuelta.
-Tú sabes por qué los escarabajos querían que te reunieras conmigo… Ahora lo sabes…- le digo mientras se aleja, antes de echarme un nuevo trago de vodka y bajar del camión. Apoyo mi peso sobre la pierna herida y el dolor, tan repentino como insoportable, me hace tambalear. Me sostengo de la puerta del vehículo, esperando que el fuego que quema el interior de mi extremidad se extinga, pero no lo hará a menos que el alcohol vuelva a fluir por mis venas. Me empino la botella de vodka y dejo fluir el licor hasta sentir que su fuego apaga el que consume mi muslo. Sólo entonces me detengo y bastante mareado, vuelvo a mirar el paisaje a oscuras. Brenda está de pie frente a mí. Apenas puedo descifrar su rostro, pero sé que me odia con la mirada.
-A eso me refería, Aníbal. Siempre sabes lo que es correcto, pero haces todo lo contrario ¿Tú crees que no nos duele verte así? Te vas a morir -solloza-, y nos vas a dejar aquí… solos… Me vas a dejar sola…
No acepta mis brazos, pero se queda de pie, ahí, en medio de aquel extraño fresco naturalista, rodeada por casuchas de piedra, plantaciones famélicas, cerros chatos, un charco de agua que pretende convertirse en río.
-No te vas a quedar sola. Está Javier, la Cata, Bárbara, los cabros chicos… Tienen un oasis en donde vivir mientras allá afuera las cosas se arreglan…
-¿De verdad crees que las cosas se arreglarán?
-No, pero supongo que tú aún tienes esperanzas.
-No, fíjate que después de verte a ti no me quedan muchas esperanzas. No sé por qué los escarabajos te dejaron vivo cuando deberías haber sido uno de los primeros en morir.
-Supongo que fue para salvarte. Para salvarlos a todos ustedes. Yo ya cumplí mi misión. Ahora los estoy esperando a ellos. Ya los imagino avanzando por el tierral que pasamos con el camión, buscándome ansiosos, tratando de llegar a mí para exterminarme, para no dejar ni siquiera un rastro de huesos, músculos o ropa.
-¿Por qué eres tan cruel, Aníbal?
-No se trata de ser cruel, es lo que pienso que va a ocurrir, ¿por qué no asumirlo? O mejor aún, ¿por qué no tomarlo como una fantasía? Quizás hasta simplemente me muera de gangrena y ustedes puedan sepultarme como se les de la gana…
Brenda se larga a llorar. Da media vuelta y se pierde en la tinieblas apenas rotas por algunos trazos de fuego exiguo provenientes desde el interior de la chozas. Me quedo apoyado en el camión, enciendo un cigarrillo y me quedo mirando las estrellas que aglomeran en algunos sectores, formando nubes informes que delimitan la negrura impenetrable del cielo. Pienso en morir en casa, rodeado de las mismas paredes que me llevaron a este punto. Sé que puedo seguir el camino de tierra y volver a la carretera en un par de horas, si logro hacerme de las llaves del auto. De ahí, no creo que el viaje a Santiago sea tan complicado. Debo hablar con Javier. Intento caminar, pero la pierna izquierda no me responde y caigo pesadamente al suelo.
Desde aquella incómoda posición, las sombras y las formas indecisas son las mismas. Intento levantarme, pero la borrachera y el dolor hacen de mis movimientos tristes parodias que asimilan a una tortuga tendida sobre su caparazón. De pronto, me detengo. Una decena de escarabajos esta frente a mi rostro. Me quedo mirando sus mandíbulas, sus pedicelos, sus ojos vacíos, sus labios casi invisibles y extraterrestres. Se quedan ahí, como si conversaran entre ellos, observando mi caída. Poco a poco, más escarabajos comienzan a llegar. Me rodean vigilantes, como liliputienses escrutando a un Gulliver demasiado ebrio como para liberarse de sus imaginarias ataduras.
-¿Qué quieren ahora?- pregunto, aunque sé que hablo conmigo. En ese instante, siento sus patas recorrer mis piernas con precaución. Pueden ser diez o cien o mil. No me atrevo a mirar. Supongo que mi hora ha llegado. Nunca imaginé que sería así, pero por lo menos no es tan patético como saltar de un edificio o dejar mis sesos desparramados sobre la alfombra por días, hasta que la putrefacción de mi carne alerte a los vecinos. Cierro los ojos y me preparo para el dolor que provocarán sus mascadas hambrientas y redentoras. Pero nada ocurre. Los bichos descienden en silencio y tal como aparecieron, se pierden en la bruma. Me quedo tendido con la barbilla apoyada en la tierra y un par de piedras enterrándoseme en las costillas, intentando comprender lo que acaba de ocurrir, pero José me interrumpe.
-¿Qué le pasó, caballero?- pregunta en voz baja, ayudándome a dejar el suelo.
-La oscuridad… la oscuridad…- respondo como un autómata. Ahora tengo más que claro lo que debo hacer. Apoyándome en José voy en busca de la cabaña en donde se desarrolla la reunión de sobrevivientes. Irrumpo bullicioso, no por gusto, si no que porque apenas puedo sostenerme en pie. Javier reemplaza a José y me saca del lugar. No hace caso de mis balbuceos y a poco andar, se detiene frente a la puerta de otra ruca. Bárbara, Catalina y Brenda están ahí, refugiándose junto al fuego, compartiendo vivencias a media voz, sosteniendo platos de greda que contienen una humeante sopa que por momentos, embriaga mis sentidos. Javier me deja tendido sobre un montón de sacos paperos y frazadas viejas que hacen las veces de camastro.
-Otra vez tienes fiebre- comenta en voz baja. Catalina se levanta para ir en mi auxilio, pero Bárbara la detiene con un gesto imperioso. Brenda ni siquiera levanta la cabeza. Mantiene la vista fija en el recipiente con caldo, intentando pensar en otra cosa que no sea mi forzoso y decadente estado.
-Necesito las llaves del auto, Kelly- susurro, obligándolo a estar junto a mí sosteniéndole el brazo izquierdo.
-No me vengas con eso. Déjame ver tu herida.
-Te digo que necesito el auto, huevón, tengo que irme de acá ahora.
Javier no hace caso de mi súplica. Se libera de mis manos con cierta facilidad y me baja el pantalón hasta las rodillas. No tengo muchas fuerzas para resistirme. Un sutil aroma podrido despierta mi olfato. La expresión en el rostro de Javier me dice la verdad. Lo veo realizar algunas curaciones con pedazos de paños viejos, agua tibia, algodón áspero y grisáceo. Me sube el pantalón otra vez.
-Trata de dormir. Es lo mejor que puedes hacer ahora.
-No entiendes, ¿verdad? Tu teoría de los escarabajos es cierta. Ellos han planificado todo esto- Sé que sueno como un loco afiebrado desvariando, pero debo convencerlo. -Mi presencia aquí es innecesaria e inútil. Ya cumplí mi cometido. Ahora, debo ir a morir a otra parte. Es mi derecho después de todo lo que ha pasado, ¿no crees?
-Conversemos de esto mañana, Aníbal, cuando la fiebre haya bajado y te sientas mejor.
-Tú sabes tan bien como yo que la fiebre no bajará y que si no me voy pronto moriré aquí y no quiero hacerlo.
Javier hace como que no me escucha. Me tira una sábana confeccionada con sacos harineros encima y vuelve al corro que forman las mujeres. Pretendo gritar, quejarme, llorar, pero sería un gasto inútil de energía. Cierro los ojos y me imagino otra vez en Totoralillo, esta vez en el agua, sin dolor alguno. Atardece y el mar sereno me llena de vida y energías. Allá, en la playa, Mendieta prepara unos tragos y junto a él, Alicia me entrega una última danza calenturrienta antes de que el sol se esconda definitivamente y el océano me lleve hasta el regazo maternal de sus profundidades por siempre silenciosas y sordas. Poco a poco, los susurros del otro lado de la habitación son devorados por mis sueños, hasta convertirse en el sonido de las pequeñas olas que acarician las arenas ámbar, tibias y protectoras de la playa eterna.
No sé si estoy dormido o no… Ya no lo sé… Ya ni siquiera sé si estoy vivo…
miércoles, 19 de noviembre de 2008
EL BUEN ESCARABAJO (Capítulo 5)
JUEVES
Uncut teeth
Tranquill eyes
Bite my lips - bite my lips
Under your feet
BUTTERFLY CAUGHT. MASSIVE ATTACK
Mantengo el cañón del arma dirigido a la cabeza de Javier. Percibo mi mano temblando, como si mi dedo índice, absolutamente dotado de voluntad propia, quisiera presionar el gatillo aún contra mis deseos. El entomólogo me observa con ojos vacíos, inertes, perdidos en algún momento del pasado cercano que había dejado atrás al irse antes que la catástrofe se desatara. Bajo mi brazo, no sin dificultad. Inspiro hondo antes de hablar.
-¿Me puedes explicar qué mierda está pasando?
-¿No lo has notado? Los escarabajos se han tomado el mundo… Algo lógico considerando que son una especie avanzada, superior en muchos aspectos y en constante y siempre exitosa evolución…
-No me vengas con esas huevadas, Javier, y explícame qué diablos está pasando…
-Parece que la gente de la Farmacéutica ya vino a visitarte- sentencia, observando mi rostro aún deforme, desde distintos ángulos, esbozando una sonrisa desencantada. Monto en cólera y desesperación. Lo tomo por el cuello de la camisa y azoto su cuerpo contra la puerta.
-¡Explícame qué está pasando, por la mierda!
Los ojos de Javier adquieren un brillo extraño, como si se hubiesen convertido en cristal. Creo ver lágrimas pasear por el borde sus párpados, pero vuelven a esconderse en las honduras de sus cuencas. Lo libero, pero mantengo una actitud amenazante. Ya no quiero más rodeos ni observaciones evasivas.
-No sospeché que esto iba a terminar así, te lo aseguro. Cuando me llamaron para trabajar con ellos, me explicaron que buscaban experimentar con glándulas de diversos tipos de coleópteros para fabricar nuevos medicamentos que atacaran enfermedades incurables. Pagaban bien y me ofrecían un puesto importante en la compañía una vez terminado el programa de experimentos. No me podía negar, Aníbal, era la gran oportunidad de mi vida…
-Y así terminó, pues compadre, con una cagada del porte de un buque-. No sé porque los deseos de dispararle en medio de las cejas me engrifan los dedos y me hacen transpirar.
-Ellos me encargaron tareas muy específicas y para eso iba a necesitar la ayuda de alguien. Fuiste la primera opción desde un comienzo. Sabía que te habías comprado esta casa con lo último de plata que te quedaba y también sabía que no tenías amigos, que no ibas a contarle de esto a nadie y es más, que probablemente murieras un día cualquiera y me dejaras solo con mis escarabajos…
-Eran míos, huevón. Yo los mantuve vivos todo este tiempo. Tú les metías drogas, los torturabas, los seccionabas, los matabas, los esterilizabas, los disecabas…
-Eso fue lo que no supuse, que fueras a encariñarte con ellos, que fueran a convertirse en una razón para vivir. De todas formas, daba lo mismo mientras no abrieras la boca. Y créeme que ellos también estaban pendientes de eso, a cada momento. Cuando los descubrí vigilándonos fue que me di cuenta que algo andaba mal, que las buenas intenciones altruistas plasmadas en el contrato no eran más que una mascarada. Sus solicitudes de discreción y los resguardos en cada envío se tornaron amenazantes. Descubrí que no era el único trabajando en el mismo tema. Otros entomólogos de otras partes del mundo estaban haciendo lo mismo. Algunos experimentos se cruzaban y eran parte de programas comunes. Otros, eran particulares. Traté de unir cabos, pero tarde me di cuenta de lo que realmente buscaban…
Javier hace una pausa. Se queda mirando el piso por segundos que me parecen infinitos antes de proseguir aquella historia que me parecía una burla, un mal best seller de algún fatalista autor gringo…
-Querían liberar escarabajos mutantes por todo el mundo. La idea era sembrar algo de descontrol y luego, lanzar al mercado el insecticida preciso para cada especie invasora y así, llenarse los bolsillos de dinero. Pero no contaron con la inteligencia de los escarabajos… Ellos evolucionaron, Aníbal, tras cada experimento, tras cada prueba, tras cada muestra extraída, ellos comenzaron a comprender lo que estaba ocurriendo y a avizorar lo que venía. De alguna manera, se comunicaron con los escarabajos silvestres, probablemente más de alguno escapó y todo lo que aprendieron y evolucionaron se convirtió en parte de su desarrollo en estos últimos años. Y se nos adelantaron. Dieron el primer golpe y no hubo insecticida inventado capaz de detenerlos… Me imagino que eso no estaba en sus planes. En los míos tampoco…
-Por eso huiste. Por eso te buscaban.
-A lo mejor sólo era para matarme. No lo sé. No iba a esperarlos. Al principio huí de la gente de la Farmacéutica, pero después huía de ellos, de los escarabajos… Quise ir a un lugar en la cordillera. Es muy difícil que lleguen hasta ahí. Se adaptan a todos los climas, pero el frío es complicado para ellos… Pero me obligaron a volver…
-¿Cómo que te obligaron?
-Estoy convencido que la telekinesis es parte de su evolución. Pueden controlarnos, no me cabe duda. Manejaron mi mente para hacerme volver acá. Aún no sé con qué motivo, pero quieren que esté acá. Querían que nos encontráramos o ¿de qué otra forma te explicas estar aquí también?
-Vine a buscar unas cosas, nada más…
-No mientas, Aníbal. La opción más lógica es irse lo más lejos posible y tú no lo has hecho todavía ¿Me podrías decir por qué? ¿Me podrías explicar qué viniste a hacer acá la otra noche?
-Simplemente porque no quiero irme. No tengo una gran expectativa de vida y si no fuera por las personas que me esperan arriba, no estaría haciendo todo esto. Y si estuve acá la otra noche, es sencillamente porque esta es mi casa- respondo, tratando de encontrar en mis recuerdos, alguna de las razones que Javier exige.
-Fueron ellos, Aníbal. Ellos querían que nos volviéramos a juntar. Ahora falta descubrir para qué.
-No quiero seguir escuchando esto, Javier. Me parece que pasar tanto tiempo encerrado en el laboratorio te soltó los tornillos. Mejor subamos que no están esperando- concluyo, pues no me interesa continuar escuchando las teorías esquizofrénicas de Javier ni menos, que una parte de mí me indique que es probable que tenga razón.
-¿Alicia?
Lo miro con furia, haciéndole saber que no es ella y que mejor no pregunte huevadas. Iniciamos el regreso al primer piso, pero al levantar la pierna izquierda para abordar el primer peldaño, un dolor inconmensurable se apodera de la piel y los músculos de mi extremidad. Pierdo el equilibrio, pero la balaustrada de fierro y los brazos de Javier evitan la caída. La sensación de mil diminutas flechas clavándose en mi pierna es insoportable, como si cada una de ellas me rasgase huesos y músculos desde adentro, dejando huellas de ácido sulfúrico en cada centímetro de la dermis. Recuerdo el accidente. Ahogo el grito de sufrimiento espasmódico. Oculto mi lividez repentina en las sombras y acelero el ascenso, obviando la herida que imagino a rajo abierto, sangrante, viva, como la boca de un esturión hambriento.
Javier parece no sorprenderse de ver a Brenda, Bárbara y Catalina. Al contrario, entre dientes murmura “todo está ocurriendo tal como ellos quieren”, pero ninguno de nosotros tiene deseos de entenderle.
-Ahora sí es tiempo de irnos- sentencio. Javier me mira con una sonrisa resignada y desgastada.
-¿Ahora? ¿Por qué? ¿Antes no era el momento?
-Es un decir, Javier, nada más- espeto, ya un tanto hastiado de sus delirios paranoicos. -Lo importante es que tenemos que movernos y salir de la ciudad.
Sinceramente, mis reales deseos no corresponden a mis palabras. Iría a echarme a la cama, acompañado por unas latas de cerveza, un par de botellas de vodka y agua tónica, cigarrillos y unos buenos gramos de coca. Me quedaría ahí, con las luces apagadas, en silencio, esperando que de una vez por todas lleguen estos condenados bichos a devorarme la piel, los huesos, las tripas, los sueños, los deseos no cumplidos, las esperanzas muertas, las ideas estúpidas que cruzan por mi cabeza como balas de cañón disparadas al azar por un artillero astigmático. Pero ya es tarde para egoísmos y necesidades superlativas. Debí haber pensado en eso cuando Catalina llegó a la puerta de mi casa.
-Nos iremos al amanecer. Todos estamos cansados y la verdad es que es demasiado peligroso andar en auto de noche.
Bárbara me mira con rabia. Evito que abra la boca con un par de gestos difusos que se diluyen en la noche, entre la luz exigua de las velas y de un par de linternas que seguramente, Bárbara cargaba consigo.
-Iré a ver las habitaciones. Brenda y Catalina pueden dormir en la de Javier y Bárbara en la mía. Kelly y yo nos arreglaremos bien acá abajo.
Subo seguido por Catalina.
-No nos va a pasar nada, ¿verdad?- pregunta ella, susurrando.
-Si los bichos hubieran querido hacernos algo, lo hubieran hecho hace rato, ¿no crees?- Le sonrío, tratando de animarla, buscando despejar las dudas que aún rondan su cabecita. Se abraza de mi cintura y avanzamos casi a oscuras por el pasillo, iluminando las habitaciones. No hay ningún rastro de escarabajos, zancudos, polillas o mariposas nocturnas que interrumpa el encierro monástico de cada cuarto, lo que me recuerda mucho las noches de verano que pasaba en Las Cruces, con mi familia, en la cabaña milenaria que poseíamos a un par de cuadras de la playa. Luego de jugar cartas acompañados de varias garrafas de pipeño, íbamos a acostarnos a oscuras, envueltos por el aroma azumagado de las paredes y de la ropa de cama. Y si bien aquí no percibo ningún olor extraño, ni siquiera el del pipeño vomitado por mis tíos, la sensación de claustrofobia luctuosa y fúnebre es la misma.
-Yo debo volver al laboratorio- me dice Javier, una vez que los demás están en el segundo piso.
-¿Para qué?
-No lo sé… Me siento mucho más cómodo allá abajo, buscando alguna pista que me permita encontrar el momento exacto en que esto comenzó a ocurrir. Leo mis anotaciones, recreo algunos experimentos, reformulo mis análisis, a veces hasta abrazo alguna religión con la esperanza de encontrar respuestas…
-¿Estás haciendo tiempo?
-Es muy probable que las cosas que están pasando sean una simple consecuencia de todo lo que hemos hecho por siglos y no de lo que precisamente tú y otros imbéciles hicieron para la Farmacéutica. A lo mejor, aceleraron el proceso, no lo sé... Pero no creo que los escarabajos tengan tanto poder como para controlar nuestros pasos. Y si es así, lo vienen haciendo desde hace mucho tiempo, quizás desde la época en que el primer hombre se irguió sobre sus patas traseras. Simplemente, ahora encontraron la oportunidad de tomar el toro por las astas.
-Creo que sí… Cada vez estoy más seguro que ellos querían reunirnos nuevamente.
-Pensé que con todo lo que pasó, ese fatalismo nihilista se te había quitado.
Me quedo mirándolo. Me parece que nada puede romper el silencio abrupto que nos obliga a concentrarnos en nuestros pensamientos. Javier tiene razón, es casi imposible explicar permanecer tanto tiempo en la ciudad sólo porque tengo un millón de excusas para morirme, para no interesarme por absolutamente nada de lo que me rodea. La lógica me indicaba huir, esconderme, dejarme llevar por los ríos de escarabajos que corrían bajo mis pies, pero no lo hice. Y cada una de mis acciones parecía estar férreamente guiada por una mente muy por encima de la mía. Todo. Desde la llegada de Catalina, la aparición de Alzamora, la despedida de Alicia, volver por Brenda, ir a casa de Bárbara… Todo parecía un guión perfecto con un final aún en ciernes y desconocido.
-Sí- digo finalmente. -A lo mejor querían que nos encontráramos, puede ser que hasta para vernos pelear en una lucha a muerte… O simplemente porque todavía tienen algo que mostrarnos.
Javier sólo sonríe. De pronto, me convenzo que tal como yo, fue una simple víctima de circunstancias superiores, incontrolables, un ciego en un laberinto, observado por reyes deificados en oro que rieron mientras se daba de cabezazos una y otra vez, contra los muros ásperos y modulares de la casa de Asterión.
Voy en busca de una cerveza. Me quedo a oscuras en la cocina mientras bebo. Enciendo un cigarrillo. Escucho el crepitar constante de los bichos en el exterior, recorriendo las ramas de los árboles, corroyendo a sus anchas lo que encuentran a su paso, natural o artificial. No hay sonidos humanos en el ambiente. Ninguno. Como si la casa se hubiera convertido en una cabaña solitaria en medio de un bosque antediluviano. Hasta creo reconocer a qué especie de escarabajo corresponde cada movimiento de mandíbulas, cada carrera, cada pisada informe que se deja escuchar al otro lado de la ventana. Algunas explosiones rompen la calma. Los escarabajos parecen celebrar con inaudibles chillidos un nuevo triunfo. No me preocupa. Yo también celebraría con ellos si la situación fuera distinta, si la pierna no me doliera tanto, si no tuviera tantas dudas que aunque sé no vale la pena aclarar, sin embargo me acosan y me estrujan el cerebro como tratando de volverme finalmente demente… Quizás eso es todo lo que quieren, que los que quedamos vivos nos convirtamos en sus propios conejillos de indias, en entes desequilibrados que terminarán por devorarse unos a otros en una orgía sin precedentes de sexo divergente, empalamientos y una última cena de tripas y epidermis sangrante, fresca y cruda…
-Será mejor que descanses, Aníbal.
-Sí, lo necesito. La cabeza está a punto de explotarme con tanta huevada. Debo olvidarme de todo lo que está pasando y actuar no más, sin pensarlo demasiado… Como siempre.
-No escarmientas, ¿verdad?
-No se trata de eso. El problema es que nunca antes las cosas me habían parecido tan inciertas. Cuando me llené los bolsillos de dinero trabajando, sabía lo que quería y lo hice. Alcancé cada una de las pequeñas y grandes metas que me propuse, satisfice todos mis vicios y deseos, hasta los más oscuros y pervertidos. Pero sabía lo que hacía, tenía completo control de la situación. Cuando opté por comprar esta casa, por ayudarte con los escarabajos, por convertirme en un ermitaño, por pensare seriamente en el suicidio, sabía muy bien lo que estaba haciendo, lo que quería. No soy un borracho que culpe de su desgracia al resto de la humanidad o a la sociedad. Eso era lo que quería, desaparecer lentamente, convertirme en polvo día tras día… Pero ahora, ya no sé qué esperar de mañana. Y esa incertidumbre me incomoda, porque es primera vez en mi vida que no tengo control sobre lo que hago, ni siquiera sobre lo que siento. Es una sensación muy desagradable.
-Quizás eso te sirva, quizás así vuelvas a encontrar el equilibrio en tu vida. Quizás nos sirva a todos para saber de una vez por todas por qué estamos acá, cuál es nuestra misión…
-Esas son huevadas, Javier, por lo menos para mí. Hace unos días lo único que quería era matarme y ahora, lo único que tengo claro es que no quiero dejar solas ni a Catalina ni a Brenda. Pero una vez que todo se vuelva relativamente normal, no te quepa duda que regresaré a esta casa, me llenaré de cerveza y coca y criaré lombrices o arañas…
-Por lo menos te estás preocupando por alguien. Eso me parece un gran avance, Aníbal.
-Eso es una mierda. Son simples deseos de sobrevivir, de no ver morir a las pocas personas que aprecio o por las que siento un poco de cariño. Y yo no soy… yo no era así… No quiero ser así…
-Simplemente no te lo permites. Nunca te lo has permitido.
No quiero pensar más. No quiero pasar la noche en vela buscando razones, causas, motivos, enseñanzas, moralejas… Quiero volver a mi vida. Quizás con Brenda y Catalina, ¿por qué no?, pero quiero mi repulsiva vida de vuelta. Es por eso que recuerdo a Mendieta y el Magia Negra. Algo me dice que lo voy a encontrar ahí todavía. Mi primer impulso es tomar el auto y partir hacia el boliche para respirar un poco de aire viciado, tomarme unos tragos, escuchar esas viejas baladas calentonas de los ochenta mientras una mina de culo grotesco y tetas como mongolfieras baila sobre el escenario del fin del mundo, aplaudida por viejos desdentados, de ojos vítreos y manos esqueléticas, los últimos especimenes de una raza en inevitable y festiva extinción. La idea es tentadora.
-Voy a buscar cigarrillos. Diles a las chicas que no se preocupen, vuelvo en seguida.
Antes que Bárbara o Brenda bajen a decirme algo, ya voy llegando a la esquina para doblar y dirigirme al norte. La oscuridad no es impedimento para mi avance lento y doloroso. Quiero pensar que son los escarabajos de nuevo obligándome a hacer cosas que no quiero, pero sé que son mis ansias de autocomplacencia, el deseo inenarrable de mantener algo de realidad en una situación que no me pertenece, que no me agrada ni tengo muchas ganas de vivir. Es la última vez, lo sé. Es la última vez que tendré la posibilidad de ver el Magia Negra y empaparme de la atmósfera turbulenta, rancia, apestosa, tétrica, inmoral e infernal del boliche de Mendieta que sin embargo, acogió mis angustias, mis penas, mis escasas alegrías y sobre todo, lo poco que me queda de humanidad.
Estaciono frente al local. La puerta está entreabierta. Siento la pierna darme una señal de atención punzante. Enciendo la lamparilla que está sobre el retrovisor y por primera vez, le echo una mirada a la herida. La tela del pantalón tiene una abertura de cuatro centímetros, que con la oscuridad y el alboroto ni yo ni nadie había visto. Eso me hace imaginar una laceración pequeña y sin importancia, pero cuando observo a través del agujero, me llevó una preocupante sorpresa. La profundidad del corte es alarmante. Seguramente sangré por mucho rato después del choque, pero el pantalón absorbió el líquido y a la vez, lo camufló, convirtiéndolo en una delgada costra adherida a las paredes internas de la tela. Alrededor de la pequeña laceración con forma de vulva, la piel se haya hinchada y enrojecida, a excepción de los bordes de la herida que se han vuelto blancos, como si estuviesen pintados con tempera. Me imagino que eso debe ser grave, pero a estas alturas, da lo mismo. Acomodo el pantalón lo mejor posible para disimular el agujero en la tela y dejo atrás la calidez nebulosa del auto.
Me deslizo por el corto aunque abrasador pasillo que lleva al salón. Una vez que traspaso las gruesas cortinas de raso, descubro el local casi vacío, apenas iluminado por velas aromáticas. Avanzo con seguridad hacia la barra, donde los ojos enrojecidos y las sonrisas nostálgicas de Mendieta, el Humanoide, el Chupete y Alicia, me reciben.
-¿Lo de siempre?- ofrece Mendieta. Asiento. Él no demora en preparar un vodka tónica más cargado al licor que a la soda. Bajo la mitad del contenido de un único envión y me siento en casa otra vez, aunque sé que es un ilusión.
-¿Vas a esperar la decadencia del imperio de los hombres con nosotros?- susurra el Humanoide, encendiendo un cigarrillo.
-No. Tengo otras cosas que hacer.
Alicia se me acerca, felina. Por un momento creo que me va a abrazar, pero simplemente apoya sus brazos sobre la barra, junto a mí. El aroma de su piel me hipnotiza, pero sé que también es parte de la fantasía.
-Gracias- murmura, sin despegar la vista de la madera sucia del mesón. -Gracias por avisarme. No lo entendí en el momento, pero gracias de todas maneras.
No le digo nada. La observo a través del espejo en donde Mendieta acumula las botellas y su imagen parece desvanecerse, dejando aquel espacio convertido en sombras inquebrantables.
Termino mi trago. Saco unos billetes para pagarle a Mendieta, pero él no acepta el dinero. Sólo sonríe y mudo, me desea suerte. Definitivamente, lo perdí todo. Demoro mis pasos al salir, pero antes de traspasar la barrera de las cortinas que me separan del exterior, escucho la voz de Alicia llamarme.
-Aníbal… Un último baile…
En el mismo momento en que me doy vuelta, Alicia presiona “play” en la radio que tiene a un costado del escenario. David Coverdale se escucha un tanto añejo a través de los parlantes, pero eso no impide que Alicia se deslice sobre el entablado con la misma gracia ofidia de siempre… de antes… La observo danzar en elásticos movimientos que la llevan a quitarse la ropa con la misma sensualidad que me conquistó hace tanto tiempo, dejándose llevar por el ritmo cadencioso, llenando de vida el local. Creo ver los focos encendidos y escuchar las palmas batientes de cientos de clientes excitados, poseídos por los movimientos sinuosos de Alicia que termina por quitarse toda la ropa para apropiarse del caño endulzado por su propio sudor. La canción termina y ella se queda tendida en el piso, exhibiendo la hermosura sublime de su cuerpo. Los focos se apagan, los aplausos se desvanecen, la vida es carcomida otra vez por las dentelladas de los escarabajos que me esperan más allá de los muros del Magia Negra.
Me dejo caer sobre el sillón. Me cubro con la chaqueta que llevo puesta y apago la vela que Javier ha dejado encendida. Apenas puedo distinguir su silueta en la oscuridad segundos antes de cerrar los ojos por la fuerza pues parece que ellos no quieren hacerlo por cuenta propia. Utilizo el sonido de los insectos en el exterior como arrullo para dejarme llevar por el agotamiento hacia el descanso tan necesario pero tan inútil. No hago caso de la picazón constante y molesta de mi pierna, ni del dolor de la herida que probablemente se esté pudriendo. Mañana hablaré con Javier y veré que puedo hacer para curarla… Abro los ojos. Ha amanecido. Siento que no he dormido absolutamente nada. Me acerco a Javier para despertarlo. Quito la frazada que lo cubre para descubrir que su rostro ha sido devorado por los escarabajos que se refocilan entre las sobras aún sangrantes y refulgentes de su cráneo destrozado por millones de pequeñas mordidas.
-Despierta, Aníbal-. Es Catalina que me acaricia el rostro. Estoy transpirando. Javier está un poco más allá, echando comida en un bolso junto a Bárbara. Brenda no deja de traer cosas desde la cocina: galletas, jugos en sobre, tallarines, arroz, conservas… me levanto con adolorida lentitud. El sol ha salido hace rato. Se ve más brillante y grande que de costumbre y el cielo, más azul y prístino. Me cambio de ropa y engullo una lata de cerveza casi al seco antes de salir para guardar las maletas, seguido de Javier que ha dejado a Bárbara y Brenda preparando nuestras reservas de alimento. Me quedo sentado tras el volante, tratando de apagar el dolor que hace palpitar los músculos de mi pierna. Los demás suben e iniciamos el viaje hacia el norte, con cierta parsimonia, buscando quizás un sobreviviente entre tanto desastre relativamente ordenado, pues a pesar de los vehículos desparramados, la ausencia de gente y sonidos hace que el paisaje luzca como una fotografía. Extrañamente, no hay basura, ni cadáveres bubónicos y todo lo que nos rodea parece una escenografía. Me dejo llevar por la calma superficial del diaporama renovado por aires frescos y aromáticos que se deslizan por los árboles que parecen respirar aliviados, observando a los perros y los gatos correr libremente por las calles, a la las aves dueñas del cielo y de cada parque y plaza con que nos cruzamos, a los mismos escarabajos que se pasean por calles veredas y ruinas de casas y edificios con mucha más calma y premeditada lentitud, sabiéndose vencedores, amos y señores de la tierra que vuelve a nacer bajo sus pies, purificada por el caos.
El sol continúa su andar gordo sobre nuestras cabezas. Nos detenemos en una bencinera. Javier y yo bajamos. Él se queda echándole combustible al auto y yo voy en busca de lo que haya en el minimarket abandonado. Saco chicles, dulces, bebidas, cigarrillos, algunos emparedados que acumulo en la parte inferior de mi polera convertida en una diminuta bolsa… Regreso al auto.
-Podrías haber hecho eso ayer en la noche, cuando saliste- replica Brenda. La observo por el retrovisor. Sé que desea recriminarme porque sospecha cuál fue el real destino de mis pasos hace unas horas, pero rechazo la invitación a discutir con una sonrisa cansada.
Echo a andar el motor.
La Panamericana se ha convertido en un cementerio de vehículos desperdigados en las bermas y a veces, en medio de las pistas. Avanzamos a una velocidad razonable para no encontrarnos con ninguna sorpresa y con mayor precaución aún al descubrir vacas, cabras y conejos atravesando la vía sin ningún cuidado. No tienen porque hacerlo. No nos cruzamos con caminantes ni con otros vehículos en varias horas. No vemos ni un alma en Llay Llay ni tampoco en Calera. Sólo a algunos kilómetros de Los Vilos, obra el milagro. En dirección contraria, diviso otro automóvil, avanzando a toda velocidad. Me detengo en la berma y bajo para hacerles señas, con la esperanza de detenerlos. Javier y Brenda me siguen.
La camioneta se detiene a la misma altura nuestra, pero en la pista contraria. El conductor es un tipo de cuarenta años, transfigurado por la situación caótica que seguramente vivió en alguna ciudad de más al norte. Su mujer no luce mejor. Despeinada y con los ojos enrojecidos, parece agradecer haberse encontrado con otro ser humano después de quizás cuánto tiempo. Sus hijos duermen en el asiento de atrás, vencidos por el cansancio de la huida.
-Si va para Santiago, amigo, le recomiendo que tenga cuidado- sentencio.
-¿Por qué? ¿Qué pasó allá?- pregunta él, con voz quebrada.
-Me imagino que lo mismo que en otros lugares.
El tipo comienza a llorar y es poco lo que entiendo de su malograda aventura durante los últimos días. Vienen de Copiapó, en donde todo es un desastre. No se han encontrado con mucha gente en el camino, y los que han encontrado van al norte, y hay momentos en los que la psicosis obligada les hace pensar que son los últimos sobre el planeta…
-… y ahora vamos a Santiago a buscar a mi mamá… Por favor dígame que allá hay gente, que encontraron la forma de acabar con los escarabajos, por favor…
-No le puedo mentir, amigo. No es mucha la gente que queda viva allá, pero hay personas. De todas maneras, déjeme decirle que si a estas alturas del partido no están muertos, es porque los escarabajos ya les han perdonado la vida. Traten de no hacerles ningún daño a los bichos y les aseguro que pase lo que pase, no los tocarán.
Ella y él se quedan mirándome con los rostros convertidos en signos de interrogación.
-Créanlo. Lo peor ya pasó. Sólo tengan cuidado- interviene Javier. Ellos susurran un tibio “gracias” antes de echar a andar el auto de nuevo.
No puedo evitar un quejido ahogado al momento de subir. Javier me mira con el ceño fruncido, buscando una explicación. Ahogo el dolor encendiendo un cigarrillo, el filtro me permite mentir de mejor manera.
-Estoy agotado, nada más.
Abordamos la carretera otra vez, en silencio, apenas sintiéndonos vivos gracias al viento que rasga nuestra piel. El sol continúa su ciclo imperceptible y eterno, mientras Catalina es vencida por el agotamiento, el calor, la aburridora travesía signada por el asfalto y la ausencia de otros seres humanos.
A media tarde, llegamos a las cercanías de Totoralillo. El sol se refleja sobre el mar calmo, haciéndolo demasiado tentador, realzando la hendidura que da forma a la playa. No lo pienso demasiado y saco el auto de la carretera.
-¿Qué estás haciendo, huevón?- se queja Bárbara. Catalina despierta sobresaltada.
-Descansemos un poco, por lo menos a mí me hace falta.
-¿Cómo se te ocurre parar? ¿No ves que nos puede pasar algo?
-¿Qué nos va a pasar, Bárbara? No hay gente, con suerte hay animales y los escarabajos no nos han hecho nada… Ni siquiera sabemos a dónde vamos, ¿cuál es tu problema?
Bárbara se larga a llorar. Detengo el auto en el camino de tierra de colinda con la playa de aguas azules y tranquilas. Brenda la acoge en sus brazos, con el mismo instinto naturalmente maternal con que sus miradas y palabras me cobijaron. Javier baja. Busco palabras para consolar a Bárbara, pero no las encuentro.
-No sé qué vamos a hacer… Tengo tanto miedo, tantas dudas… Ahora ni siquiera estoy segura si salir de Santiago fue lo mejor… ¿Y si los escarabajos de otras partes no son amigos de Aníbal?... Por favor, prométanme que vamos a estar bien, que esto se acabará, que podremos volver a hacer una vida normal… Por favor…
Bárbara estalla otra vez en sollozos incontrolables. Brenda le acaricia la cabeza. Catalina, afectada por la situación, también desata el llanto. Mientras, Javier pasea cerca del mar, ajeno a lo que ocurre en el asiento trasero del carro. También quiero salir, dejar atrás esos maullidos atroces aunque justificados. No tengo respuestas. Probablemente los escarabajos las tengan. Quizás ellos son los que desean este viaje al norte, en busca de un nuevo Eldorado donde reposar nuestros huesos y dejar atrás el infierno, la muerte sin rastros y las fauces abiertas de la guerra perdida. Sin importar lo que diga, Bárbara no se sentirá mejor, así es que prefiero dejar que se desahogue y voy en busca de Javier.
-¿Qué te pasa, Aníbal?
-Nada, ¿por qué?
-Tu no estás bien…
-He pasado una semana bastante intranquila, compadre. No me pidas que tenga una mejor cara porque además, esta cara que tengo ahora es tu culpa. No me sigas jodiendo porque si no me veré obligado a matarte aquí mismo, mira que ganas no me faltan.
Javier sonríe y se queda mirando el océano. Yo también. Hacía muchos años que no visitaba la playa. Quizás desde mis tiempos en la agencia. En esa época, los negocios, simposios y encuentros me obligaban a viajar a Asia, Europa, Norteamérica… Las costas de Grecia eran mis favoritas, seguidas por las de México y Tailandia. Me encantaba quedarme tendido sobre la arena, bebiendo algo, preferentemente ron, durante largas horas, antes de sumergirme en las aguas que recuerdo pintadas de un profundo azul en Birmania, de color turquesa en Belice y relajantemente celestes en Francia.
El mar aquí en Chile es diferente. O lo era. Siempre me parecía rabioso, como si luchara consigo mismo para contener sus deseos de llegar hasta las faldas de la cordillera y arrasar con todo a su paso. A diferencia de lo que tengo frente a mis ojos en este momento, lo recuerdo encabritado, en constante movimiento, revuelto, ansioso. La brisa me hiela los brazos y las piernas, atenuando el dolor de la herida que todavía no quiero volver a mirar. Quizás un buen baño acabe con el dolor. Nadar unos minutos en dirección del horizonte, perderme buscando los resplandores áureos del sol en el fondo del mar que, más que nunca antes, luce tan pasivo y acogedor.
-Se nos va a hacer tarde y debemos encontrar un lugar dónde quedarnos- aconseja Javier, iniciando el regreso. Demoro un minuto en seguir sus pasos. Quiero… deseo quedarme tendido sobre la arena, esperar a que las estrellas aparezcan en el cielo y por fin, dormir, como hace años no lo hago. Pero regreso. Otra vez me pongo tras el volante y al poco rato, ya estamos otra vez en la ruta 5, enfilando rumbo hacia Coquimbo.
Llegamos a la ciudad cuando todavía queda algo de luz natural. No hay muchas casas en pie y el panorama de los vehículos desperdigados en todas partes se repite. Necesitamos encontrar un lugar seguro, tanto para esconder el carro como para nosotros. Doy varias vueltas por el centro de la ciudad, encontrándome sólo con escombros y tropas de escarabajos que deambulan buscando más alimento, más presas, más víctimas.
-¿Por qué mejor no seguimos de largo? Yo puedo manejar…- comenta Bárbara, con el temor esbozado en cada una de sus palabras.
-Sí, maneja tú. Vamos a ver cómo reaccionas si los bichos se cruzan por tu camino.
-Piensa en cómo reaccionarás tú si Bárbara tiene razón y los que se cruzan en tu camino no son tan amistosos como los que tenías en el sótano- recrimina Brenda.
Detengo el auto de improviso. A pesar de la perorata conciliadora de Javier, desciendo, ahogando nuevamente un grito de dolor atroz. Es en ese instante que siento la pierna ardiendo, como si estuviera sobre una parrilla dieciochera. Avanzo a duras penas por la calle hasta que una tropa de coleópteros de las más diversas especies, se cruza en mi camino. Disminuyen su marcha indómita y esquivan mis pies con elegancia, para continuar su recorrido.
-¿Eso aclara tus dudas?- le digo a Brenda, una vez de vuelta en el carro.
-¿Cómo sabías que no te harían nada?- pregunta, intrigada, Catalina.
-No lo sabía. Simplemente a Aníbal le da lo mismo si los escarabajos no lo cotizan o si lo devoran en medio de la noche- interviene Javier.
Enciendo un cigarrillo, mientras continúo mi avance hacia La Serena. Una cabañitas solariegas cerca del mar desvían mi atención. Me parece que es el lugar perfecto para pasar la noche y quizás, hasta para quedarnos unos días.
Llegamos con ruidoso escándalo. Si hay alguien ahí, será mejor saberlo de inmediato. Estacionamos el auto en medio de dos de las casas cuya techumbre artificial imita las construcciones de la Polinesia. Apuntamos las linternas en todas direcciones, buscando bichos (aún no sé por qué las mujeres insisten en eso) y cuando nos hallamos a nuestras anchas, bajamos. No bien hemos puesto nuestros pies en la arena, una pareja de ancianos asoma en el porche de una de las cabañas.
-Mira, Mariluz, todavía hay gente…
El anciano se emociona hasta las lágrimas. La mujer también. Brenda corre a abrazarlos, como si así fuese a consolarlos o a demostrarles que somos reales, que no están alucinando, que los milagros existen y que ya no están solos. Hasta a mí me parece una escena tierna, sin embargo, prefiero no encontrarme con sorpresas e irrumpo en la cabaña más cercana, justo en frente de la que cobija a los ancianos. La habitación parece libre de escarabajos, luce limpia y con camas suficientes para todos. Pretendo volver al exterior, pero me detengo. El calor infernal que atrofia mi pierna se me ha esparcido por todo el cuerpo. Doy un paso en falso. No alcanzo a ver el suelo con que mi cabeza se estrella.
Abro los ojos. La luz de una vela ilumina el rostro triste de Brenda, sentada a un costado de la cama, sosteniendo un paño frío sobre mi frente. Sus ojos denotan llanto desconsolado y sus manos tiemblan infantiles.
-Nos asustaste- susurra.
Catalina me abraza fuertemente. A los pies de la cama veo a Bárbara y Javier. Sus rostros han caído en una extraña y oscura expresión de marcha fúnebre.
-Vamos a ir a La Serena a buscar medicamentos- dice Javier mientras se acerca.
-Un par de aspirinas bastará, compadre- río.
-No esta vez. La herida en tu pierna… está infectada. Tienes gangrena, Aníbal, y si no la tratamos pronto con antibióticos, corres el riesgo de morir.
-Por qué eso no me sorprende- respondo, sintiendo otra vez el fuego de la infección escarbando los músculos de mi extremidad.
-¿Por qué no dijiste nada, huevón?
-Qué se yo… Quizás por lo mismo que no me avisaste que te ibas a Argentina para arrancar de los matones de la Farmacéutica…
-No despertaste de buen humor, al parecer.
-Hagan lo que deban hacer. Yo no me moveré de aquí. Quizás esto me sirva para descansar de una vez por todas.
-No sé si pueda conducir, Javier- solloza Bárbara.
-Lamentablemente, no nos queda otra opción.
Bárbara se muerde los labios con nerviosismo. Me mira. Mira a Javier. Mira a Brenda y a Catalina, buscando una respuesta, alguna señal de la cual aferrarse para tomar una decisión que se acomode a sus miedos. Me parece que soy el único que no quiere obligarla a partir, pero ella no hace caso de mis mensajes subliminales. Toma una chaqueta y parte, seguida de Javier
Catalina me acaricia la cabeza, mientras da vuelta el paño húmedo. Me levanto un par de centímetros para apoyarme sobre la cabecera y no parecer desahuciado. A los pies de la cama, junto a Brenda, hay una palangana con agua y paños que luego identifico como pedazos de alguna polera. Quiero evitar su mirada, pero me es imposible.
-Eres un imbécil, Aníbal. Sabes cuáles son las decisiones correctas, siempre has sabido qué hacer en cada momento y siempre, invariablemente, haces lo incorrecto… ¿Por qué mierda eres así, Aníbal?
-No lo sé. Si tuviera respuestas, de seguro no estaría aquí. No pensé que el dolor de la pierna fuera tan grave. Tuvimos un accidente, uno queda adolorido, medio muerto. Qué podía saber…
-No me refiero a eso solamente, me refiero a toda tu vida, huevón. Has hecho todo lo posible por convertirla en una mierda… Y no te das cuenta que hay gente que te quiere y te necesita…
Se queda mirándome con maternal emoción. Catalina continúa acariciándome levemente. No puedo evitar pensar en que formo parte de una familia y la idea me hace hervir la cabeza. Cierro los ojos sólo para excavar en el dolor de la pierna.
-Es una herida horrible- comenta Brenda, soterradamente antes de cambiar el paño. Percibo que las caricias de Catalina se hacen cada vez más espaciadas. Brenda también, así es que le ordena ocupar otra de las camas de la habitación para dormir.
-… No sabemos cuán largo será el viaje mañana, hija- le dice con ternura. La pequeña asiente con los ojos apenas abiertos. A los pocos minutos, duerme profundamente. Brenda reemplaza el paño húmedo.
-Si te llega a pasar algo, te voy a patear, Aníbal Gaete- amenaza Brenda. Sonrío. Hace mucho tiempo que una mujer no me llama por mi nombre y apellido. Mi madre hacía eso cuando alguna de mis aventuras la sacaba de quicio. Ni siquiera sé si está muerta o no. Quizás los escarabajos acabaron con ella, como tantos otros. La vista se me nubla. Espero que no sean lágrimas de cocodrilo arrepentido. Brenda se acerca lentamente y posa sus labios sobre los míos con ternura, como si aquello fuese una despedida. Respondo con pasión, rodeándola con mis brazos y en ese momento, en ese preciso momento, siento que un millón de emociones y sentimientos rompen las cadenas oxidadas que los habían relegado a los rincones más olvidados, lúgubres y pantanosos de mi ser.
Uncut teeth
Tranquill eyes
Bite my lips - bite my lips
Under your feet
BUTTERFLY CAUGHT. MASSIVE ATTACK
Mantengo el cañón del arma dirigido a la cabeza de Javier. Percibo mi mano temblando, como si mi dedo índice, absolutamente dotado de voluntad propia, quisiera presionar el gatillo aún contra mis deseos. El entomólogo me observa con ojos vacíos, inertes, perdidos en algún momento del pasado cercano que había dejado atrás al irse antes que la catástrofe se desatara. Bajo mi brazo, no sin dificultad. Inspiro hondo antes de hablar.
-¿Me puedes explicar qué mierda está pasando?
-¿No lo has notado? Los escarabajos se han tomado el mundo… Algo lógico considerando que son una especie avanzada, superior en muchos aspectos y en constante y siempre exitosa evolución…
-No me vengas con esas huevadas, Javier, y explícame qué diablos está pasando…
-Parece que la gente de la Farmacéutica ya vino a visitarte- sentencia, observando mi rostro aún deforme, desde distintos ángulos, esbozando una sonrisa desencantada. Monto en cólera y desesperación. Lo tomo por el cuello de la camisa y azoto su cuerpo contra la puerta.
-¡Explícame qué está pasando, por la mierda!
Los ojos de Javier adquieren un brillo extraño, como si se hubiesen convertido en cristal. Creo ver lágrimas pasear por el borde sus párpados, pero vuelven a esconderse en las honduras de sus cuencas. Lo libero, pero mantengo una actitud amenazante. Ya no quiero más rodeos ni observaciones evasivas.
-No sospeché que esto iba a terminar así, te lo aseguro. Cuando me llamaron para trabajar con ellos, me explicaron que buscaban experimentar con glándulas de diversos tipos de coleópteros para fabricar nuevos medicamentos que atacaran enfermedades incurables. Pagaban bien y me ofrecían un puesto importante en la compañía una vez terminado el programa de experimentos. No me podía negar, Aníbal, era la gran oportunidad de mi vida…
-Y así terminó, pues compadre, con una cagada del porte de un buque-. No sé porque los deseos de dispararle en medio de las cejas me engrifan los dedos y me hacen transpirar.
-Ellos me encargaron tareas muy específicas y para eso iba a necesitar la ayuda de alguien. Fuiste la primera opción desde un comienzo. Sabía que te habías comprado esta casa con lo último de plata que te quedaba y también sabía que no tenías amigos, que no ibas a contarle de esto a nadie y es más, que probablemente murieras un día cualquiera y me dejaras solo con mis escarabajos…
-Eran míos, huevón. Yo los mantuve vivos todo este tiempo. Tú les metías drogas, los torturabas, los seccionabas, los matabas, los esterilizabas, los disecabas…
-Eso fue lo que no supuse, que fueras a encariñarte con ellos, que fueran a convertirse en una razón para vivir. De todas formas, daba lo mismo mientras no abrieras la boca. Y créeme que ellos también estaban pendientes de eso, a cada momento. Cuando los descubrí vigilándonos fue que me di cuenta que algo andaba mal, que las buenas intenciones altruistas plasmadas en el contrato no eran más que una mascarada. Sus solicitudes de discreción y los resguardos en cada envío se tornaron amenazantes. Descubrí que no era el único trabajando en el mismo tema. Otros entomólogos de otras partes del mundo estaban haciendo lo mismo. Algunos experimentos se cruzaban y eran parte de programas comunes. Otros, eran particulares. Traté de unir cabos, pero tarde me di cuenta de lo que realmente buscaban…
Javier hace una pausa. Se queda mirando el piso por segundos que me parecen infinitos antes de proseguir aquella historia que me parecía una burla, un mal best seller de algún fatalista autor gringo…
-Querían liberar escarabajos mutantes por todo el mundo. La idea era sembrar algo de descontrol y luego, lanzar al mercado el insecticida preciso para cada especie invasora y así, llenarse los bolsillos de dinero. Pero no contaron con la inteligencia de los escarabajos… Ellos evolucionaron, Aníbal, tras cada experimento, tras cada prueba, tras cada muestra extraída, ellos comenzaron a comprender lo que estaba ocurriendo y a avizorar lo que venía. De alguna manera, se comunicaron con los escarabajos silvestres, probablemente más de alguno escapó y todo lo que aprendieron y evolucionaron se convirtió en parte de su desarrollo en estos últimos años. Y se nos adelantaron. Dieron el primer golpe y no hubo insecticida inventado capaz de detenerlos… Me imagino que eso no estaba en sus planes. En los míos tampoco…
-Por eso huiste. Por eso te buscaban.
-A lo mejor sólo era para matarme. No lo sé. No iba a esperarlos. Al principio huí de la gente de la Farmacéutica, pero después huía de ellos, de los escarabajos… Quise ir a un lugar en la cordillera. Es muy difícil que lleguen hasta ahí. Se adaptan a todos los climas, pero el frío es complicado para ellos… Pero me obligaron a volver…
-¿Cómo que te obligaron?
-Estoy convencido que la telekinesis es parte de su evolución. Pueden controlarnos, no me cabe duda. Manejaron mi mente para hacerme volver acá. Aún no sé con qué motivo, pero quieren que esté acá. Querían que nos encontráramos o ¿de qué otra forma te explicas estar aquí también?
-Vine a buscar unas cosas, nada más…
-No mientas, Aníbal. La opción más lógica es irse lo más lejos posible y tú no lo has hecho todavía ¿Me podrías decir por qué? ¿Me podrías explicar qué viniste a hacer acá la otra noche?
-Simplemente porque no quiero irme. No tengo una gran expectativa de vida y si no fuera por las personas que me esperan arriba, no estaría haciendo todo esto. Y si estuve acá la otra noche, es sencillamente porque esta es mi casa- respondo, tratando de encontrar en mis recuerdos, alguna de las razones que Javier exige.
-Fueron ellos, Aníbal. Ellos querían que nos volviéramos a juntar. Ahora falta descubrir para qué.
-No quiero seguir escuchando esto, Javier. Me parece que pasar tanto tiempo encerrado en el laboratorio te soltó los tornillos. Mejor subamos que no están esperando- concluyo, pues no me interesa continuar escuchando las teorías esquizofrénicas de Javier ni menos, que una parte de mí me indique que es probable que tenga razón.
-¿Alicia?
Lo miro con furia, haciéndole saber que no es ella y que mejor no pregunte huevadas. Iniciamos el regreso al primer piso, pero al levantar la pierna izquierda para abordar el primer peldaño, un dolor inconmensurable se apodera de la piel y los músculos de mi extremidad. Pierdo el equilibrio, pero la balaustrada de fierro y los brazos de Javier evitan la caída. La sensación de mil diminutas flechas clavándose en mi pierna es insoportable, como si cada una de ellas me rasgase huesos y músculos desde adentro, dejando huellas de ácido sulfúrico en cada centímetro de la dermis. Recuerdo el accidente. Ahogo el grito de sufrimiento espasmódico. Oculto mi lividez repentina en las sombras y acelero el ascenso, obviando la herida que imagino a rajo abierto, sangrante, viva, como la boca de un esturión hambriento.
Javier parece no sorprenderse de ver a Brenda, Bárbara y Catalina. Al contrario, entre dientes murmura “todo está ocurriendo tal como ellos quieren”, pero ninguno de nosotros tiene deseos de entenderle.
-Ahora sí es tiempo de irnos- sentencio. Javier me mira con una sonrisa resignada y desgastada.
-¿Ahora? ¿Por qué? ¿Antes no era el momento?
-Es un decir, Javier, nada más- espeto, ya un tanto hastiado de sus delirios paranoicos. -Lo importante es que tenemos que movernos y salir de la ciudad.
Sinceramente, mis reales deseos no corresponden a mis palabras. Iría a echarme a la cama, acompañado por unas latas de cerveza, un par de botellas de vodka y agua tónica, cigarrillos y unos buenos gramos de coca. Me quedaría ahí, con las luces apagadas, en silencio, esperando que de una vez por todas lleguen estos condenados bichos a devorarme la piel, los huesos, las tripas, los sueños, los deseos no cumplidos, las esperanzas muertas, las ideas estúpidas que cruzan por mi cabeza como balas de cañón disparadas al azar por un artillero astigmático. Pero ya es tarde para egoísmos y necesidades superlativas. Debí haber pensado en eso cuando Catalina llegó a la puerta de mi casa.
-Nos iremos al amanecer. Todos estamos cansados y la verdad es que es demasiado peligroso andar en auto de noche.
Bárbara me mira con rabia. Evito que abra la boca con un par de gestos difusos que se diluyen en la noche, entre la luz exigua de las velas y de un par de linternas que seguramente, Bárbara cargaba consigo.
-Iré a ver las habitaciones. Brenda y Catalina pueden dormir en la de Javier y Bárbara en la mía. Kelly y yo nos arreglaremos bien acá abajo.
Subo seguido por Catalina.
-No nos va a pasar nada, ¿verdad?- pregunta ella, susurrando.
-Si los bichos hubieran querido hacernos algo, lo hubieran hecho hace rato, ¿no crees?- Le sonrío, tratando de animarla, buscando despejar las dudas que aún rondan su cabecita. Se abraza de mi cintura y avanzamos casi a oscuras por el pasillo, iluminando las habitaciones. No hay ningún rastro de escarabajos, zancudos, polillas o mariposas nocturnas que interrumpa el encierro monástico de cada cuarto, lo que me recuerda mucho las noches de verano que pasaba en Las Cruces, con mi familia, en la cabaña milenaria que poseíamos a un par de cuadras de la playa. Luego de jugar cartas acompañados de varias garrafas de pipeño, íbamos a acostarnos a oscuras, envueltos por el aroma azumagado de las paredes y de la ropa de cama. Y si bien aquí no percibo ningún olor extraño, ni siquiera el del pipeño vomitado por mis tíos, la sensación de claustrofobia luctuosa y fúnebre es la misma.
-Yo debo volver al laboratorio- me dice Javier, una vez que los demás están en el segundo piso.
-¿Para qué?
-No lo sé… Me siento mucho más cómodo allá abajo, buscando alguna pista que me permita encontrar el momento exacto en que esto comenzó a ocurrir. Leo mis anotaciones, recreo algunos experimentos, reformulo mis análisis, a veces hasta abrazo alguna religión con la esperanza de encontrar respuestas…
-¿Estás haciendo tiempo?
-Es muy probable que las cosas que están pasando sean una simple consecuencia de todo lo que hemos hecho por siglos y no de lo que precisamente tú y otros imbéciles hicieron para la Farmacéutica. A lo mejor, aceleraron el proceso, no lo sé... Pero no creo que los escarabajos tengan tanto poder como para controlar nuestros pasos. Y si es así, lo vienen haciendo desde hace mucho tiempo, quizás desde la época en que el primer hombre se irguió sobre sus patas traseras. Simplemente, ahora encontraron la oportunidad de tomar el toro por las astas.
-Creo que sí… Cada vez estoy más seguro que ellos querían reunirnos nuevamente.
-Pensé que con todo lo que pasó, ese fatalismo nihilista se te había quitado.
Me quedo mirándolo. Me parece que nada puede romper el silencio abrupto que nos obliga a concentrarnos en nuestros pensamientos. Javier tiene razón, es casi imposible explicar permanecer tanto tiempo en la ciudad sólo porque tengo un millón de excusas para morirme, para no interesarme por absolutamente nada de lo que me rodea. La lógica me indicaba huir, esconderme, dejarme llevar por los ríos de escarabajos que corrían bajo mis pies, pero no lo hice. Y cada una de mis acciones parecía estar férreamente guiada por una mente muy por encima de la mía. Todo. Desde la llegada de Catalina, la aparición de Alzamora, la despedida de Alicia, volver por Brenda, ir a casa de Bárbara… Todo parecía un guión perfecto con un final aún en ciernes y desconocido.
-Sí- digo finalmente. -A lo mejor querían que nos encontráramos, puede ser que hasta para vernos pelear en una lucha a muerte… O simplemente porque todavía tienen algo que mostrarnos.
Javier sólo sonríe. De pronto, me convenzo que tal como yo, fue una simple víctima de circunstancias superiores, incontrolables, un ciego en un laberinto, observado por reyes deificados en oro que rieron mientras se daba de cabezazos una y otra vez, contra los muros ásperos y modulares de la casa de Asterión.
Voy en busca de una cerveza. Me quedo a oscuras en la cocina mientras bebo. Enciendo un cigarrillo. Escucho el crepitar constante de los bichos en el exterior, recorriendo las ramas de los árboles, corroyendo a sus anchas lo que encuentran a su paso, natural o artificial. No hay sonidos humanos en el ambiente. Ninguno. Como si la casa se hubiera convertido en una cabaña solitaria en medio de un bosque antediluviano. Hasta creo reconocer a qué especie de escarabajo corresponde cada movimiento de mandíbulas, cada carrera, cada pisada informe que se deja escuchar al otro lado de la ventana. Algunas explosiones rompen la calma. Los escarabajos parecen celebrar con inaudibles chillidos un nuevo triunfo. No me preocupa. Yo también celebraría con ellos si la situación fuera distinta, si la pierna no me doliera tanto, si no tuviera tantas dudas que aunque sé no vale la pena aclarar, sin embargo me acosan y me estrujan el cerebro como tratando de volverme finalmente demente… Quizás eso es todo lo que quieren, que los que quedamos vivos nos convirtamos en sus propios conejillos de indias, en entes desequilibrados que terminarán por devorarse unos a otros en una orgía sin precedentes de sexo divergente, empalamientos y una última cena de tripas y epidermis sangrante, fresca y cruda…
-Será mejor que descanses, Aníbal.
-Sí, lo necesito. La cabeza está a punto de explotarme con tanta huevada. Debo olvidarme de todo lo que está pasando y actuar no más, sin pensarlo demasiado… Como siempre.
-No escarmientas, ¿verdad?
-No se trata de eso. El problema es que nunca antes las cosas me habían parecido tan inciertas. Cuando me llené los bolsillos de dinero trabajando, sabía lo que quería y lo hice. Alcancé cada una de las pequeñas y grandes metas que me propuse, satisfice todos mis vicios y deseos, hasta los más oscuros y pervertidos. Pero sabía lo que hacía, tenía completo control de la situación. Cuando opté por comprar esta casa, por ayudarte con los escarabajos, por convertirme en un ermitaño, por pensare seriamente en el suicidio, sabía muy bien lo que estaba haciendo, lo que quería. No soy un borracho que culpe de su desgracia al resto de la humanidad o a la sociedad. Eso era lo que quería, desaparecer lentamente, convertirme en polvo día tras día… Pero ahora, ya no sé qué esperar de mañana. Y esa incertidumbre me incomoda, porque es primera vez en mi vida que no tengo control sobre lo que hago, ni siquiera sobre lo que siento. Es una sensación muy desagradable.
-Quizás eso te sirva, quizás así vuelvas a encontrar el equilibrio en tu vida. Quizás nos sirva a todos para saber de una vez por todas por qué estamos acá, cuál es nuestra misión…
-Esas son huevadas, Javier, por lo menos para mí. Hace unos días lo único que quería era matarme y ahora, lo único que tengo claro es que no quiero dejar solas ni a Catalina ni a Brenda. Pero una vez que todo se vuelva relativamente normal, no te quepa duda que regresaré a esta casa, me llenaré de cerveza y coca y criaré lombrices o arañas…
-Por lo menos te estás preocupando por alguien. Eso me parece un gran avance, Aníbal.
-Eso es una mierda. Son simples deseos de sobrevivir, de no ver morir a las pocas personas que aprecio o por las que siento un poco de cariño. Y yo no soy… yo no era así… No quiero ser así…
-Simplemente no te lo permites. Nunca te lo has permitido.
No quiero pensar más. No quiero pasar la noche en vela buscando razones, causas, motivos, enseñanzas, moralejas… Quiero volver a mi vida. Quizás con Brenda y Catalina, ¿por qué no?, pero quiero mi repulsiva vida de vuelta. Es por eso que recuerdo a Mendieta y el Magia Negra. Algo me dice que lo voy a encontrar ahí todavía. Mi primer impulso es tomar el auto y partir hacia el boliche para respirar un poco de aire viciado, tomarme unos tragos, escuchar esas viejas baladas calentonas de los ochenta mientras una mina de culo grotesco y tetas como mongolfieras baila sobre el escenario del fin del mundo, aplaudida por viejos desdentados, de ojos vítreos y manos esqueléticas, los últimos especimenes de una raza en inevitable y festiva extinción. La idea es tentadora.
-Voy a buscar cigarrillos. Diles a las chicas que no se preocupen, vuelvo en seguida.
Antes que Bárbara o Brenda bajen a decirme algo, ya voy llegando a la esquina para doblar y dirigirme al norte. La oscuridad no es impedimento para mi avance lento y doloroso. Quiero pensar que son los escarabajos de nuevo obligándome a hacer cosas que no quiero, pero sé que son mis ansias de autocomplacencia, el deseo inenarrable de mantener algo de realidad en una situación que no me pertenece, que no me agrada ni tengo muchas ganas de vivir. Es la última vez, lo sé. Es la última vez que tendré la posibilidad de ver el Magia Negra y empaparme de la atmósfera turbulenta, rancia, apestosa, tétrica, inmoral e infernal del boliche de Mendieta que sin embargo, acogió mis angustias, mis penas, mis escasas alegrías y sobre todo, lo poco que me queda de humanidad.
Estaciono frente al local. La puerta está entreabierta. Siento la pierna darme una señal de atención punzante. Enciendo la lamparilla que está sobre el retrovisor y por primera vez, le echo una mirada a la herida. La tela del pantalón tiene una abertura de cuatro centímetros, que con la oscuridad y el alboroto ni yo ni nadie había visto. Eso me hace imaginar una laceración pequeña y sin importancia, pero cuando observo a través del agujero, me llevó una preocupante sorpresa. La profundidad del corte es alarmante. Seguramente sangré por mucho rato después del choque, pero el pantalón absorbió el líquido y a la vez, lo camufló, convirtiéndolo en una delgada costra adherida a las paredes internas de la tela. Alrededor de la pequeña laceración con forma de vulva, la piel se haya hinchada y enrojecida, a excepción de los bordes de la herida que se han vuelto blancos, como si estuviesen pintados con tempera. Me imagino que eso debe ser grave, pero a estas alturas, da lo mismo. Acomodo el pantalón lo mejor posible para disimular el agujero en la tela y dejo atrás la calidez nebulosa del auto.
Me deslizo por el corto aunque abrasador pasillo que lleva al salón. Una vez que traspaso las gruesas cortinas de raso, descubro el local casi vacío, apenas iluminado por velas aromáticas. Avanzo con seguridad hacia la barra, donde los ojos enrojecidos y las sonrisas nostálgicas de Mendieta, el Humanoide, el Chupete y Alicia, me reciben.
-¿Lo de siempre?- ofrece Mendieta. Asiento. Él no demora en preparar un vodka tónica más cargado al licor que a la soda. Bajo la mitad del contenido de un único envión y me siento en casa otra vez, aunque sé que es un ilusión.
-¿Vas a esperar la decadencia del imperio de los hombres con nosotros?- susurra el Humanoide, encendiendo un cigarrillo.
-No. Tengo otras cosas que hacer.
Alicia se me acerca, felina. Por un momento creo que me va a abrazar, pero simplemente apoya sus brazos sobre la barra, junto a mí. El aroma de su piel me hipnotiza, pero sé que también es parte de la fantasía.
-Gracias- murmura, sin despegar la vista de la madera sucia del mesón. -Gracias por avisarme. No lo entendí en el momento, pero gracias de todas maneras.
No le digo nada. La observo a través del espejo en donde Mendieta acumula las botellas y su imagen parece desvanecerse, dejando aquel espacio convertido en sombras inquebrantables.
Termino mi trago. Saco unos billetes para pagarle a Mendieta, pero él no acepta el dinero. Sólo sonríe y mudo, me desea suerte. Definitivamente, lo perdí todo. Demoro mis pasos al salir, pero antes de traspasar la barrera de las cortinas que me separan del exterior, escucho la voz de Alicia llamarme.
-Aníbal… Un último baile…
En el mismo momento en que me doy vuelta, Alicia presiona “play” en la radio que tiene a un costado del escenario. David Coverdale se escucha un tanto añejo a través de los parlantes, pero eso no impide que Alicia se deslice sobre el entablado con la misma gracia ofidia de siempre… de antes… La observo danzar en elásticos movimientos que la llevan a quitarse la ropa con la misma sensualidad que me conquistó hace tanto tiempo, dejándose llevar por el ritmo cadencioso, llenando de vida el local. Creo ver los focos encendidos y escuchar las palmas batientes de cientos de clientes excitados, poseídos por los movimientos sinuosos de Alicia que termina por quitarse toda la ropa para apropiarse del caño endulzado por su propio sudor. La canción termina y ella se queda tendida en el piso, exhibiendo la hermosura sublime de su cuerpo. Los focos se apagan, los aplausos se desvanecen, la vida es carcomida otra vez por las dentelladas de los escarabajos que me esperan más allá de los muros del Magia Negra.
Me dejo caer sobre el sillón. Me cubro con la chaqueta que llevo puesta y apago la vela que Javier ha dejado encendida. Apenas puedo distinguir su silueta en la oscuridad segundos antes de cerrar los ojos por la fuerza pues parece que ellos no quieren hacerlo por cuenta propia. Utilizo el sonido de los insectos en el exterior como arrullo para dejarme llevar por el agotamiento hacia el descanso tan necesario pero tan inútil. No hago caso de la picazón constante y molesta de mi pierna, ni del dolor de la herida que probablemente se esté pudriendo. Mañana hablaré con Javier y veré que puedo hacer para curarla… Abro los ojos. Ha amanecido. Siento que no he dormido absolutamente nada. Me acerco a Javier para despertarlo. Quito la frazada que lo cubre para descubrir que su rostro ha sido devorado por los escarabajos que se refocilan entre las sobras aún sangrantes y refulgentes de su cráneo destrozado por millones de pequeñas mordidas.
-Despierta, Aníbal-. Es Catalina que me acaricia el rostro. Estoy transpirando. Javier está un poco más allá, echando comida en un bolso junto a Bárbara. Brenda no deja de traer cosas desde la cocina: galletas, jugos en sobre, tallarines, arroz, conservas… me levanto con adolorida lentitud. El sol ha salido hace rato. Se ve más brillante y grande que de costumbre y el cielo, más azul y prístino. Me cambio de ropa y engullo una lata de cerveza casi al seco antes de salir para guardar las maletas, seguido de Javier que ha dejado a Bárbara y Brenda preparando nuestras reservas de alimento. Me quedo sentado tras el volante, tratando de apagar el dolor que hace palpitar los músculos de mi pierna. Los demás suben e iniciamos el viaje hacia el norte, con cierta parsimonia, buscando quizás un sobreviviente entre tanto desastre relativamente ordenado, pues a pesar de los vehículos desparramados, la ausencia de gente y sonidos hace que el paisaje luzca como una fotografía. Extrañamente, no hay basura, ni cadáveres bubónicos y todo lo que nos rodea parece una escenografía. Me dejo llevar por la calma superficial del diaporama renovado por aires frescos y aromáticos que se deslizan por los árboles que parecen respirar aliviados, observando a los perros y los gatos correr libremente por las calles, a la las aves dueñas del cielo y de cada parque y plaza con que nos cruzamos, a los mismos escarabajos que se pasean por calles veredas y ruinas de casas y edificios con mucha más calma y premeditada lentitud, sabiéndose vencedores, amos y señores de la tierra que vuelve a nacer bajo sus pies, purificada por el caos.
El sol continúa su andar gordo sobre nuestras cabezas. Nos detenemos en una bencinera. Javier y yo bajamos. Él se queda echándole combustible al auto y yo voy en busca de lo que haya en el minimarket abandonado. Saco chicles, dulces, bebidas, cigarrillos, algunos emparedados que acumulo en la parte inferior de mi polera convertida en una diminuta bolsa… Regreso al auto.
-Podrías haber hecho eso ayer en la noche, cuando saliste- replica Brenda. La observo por el retrovisor. Sé que desea recriminarme porque sospecha cuál fue el real destino de mis pasos hace unas horas, pero rechazo la invitación a discutir con una sonrisa cansada.
Echo a andar el motor.
La Panamericana se ha convertido en un cementerio de vehículos desperdigados en las bermas y a veces, en medio de las pistas. Avanzamos a una velocidad razonable para no encontrarnos con ninguna sorpresa y con mayor precaución aún al descubrir vacas, cabras y conejos atravesando la vía sin ningún cuidado. No tienen porque hacerlo. No nos cruzamos con caminantes ni con otros vehículos en varias horas. No vemos ni un alma en Llay Llay ni tampoco en Calera. Sólo a algunos kilómetros de Los Vilos, obra el milagro. En dirección contraria, diviso otro automóvil, avanzando a toda velocidad. Me detengo en la berma y bajo para hacerles señas, con la esperanza de detenerlos. Javier y Brenda me siguen.
La camioneta se detiene a la misma altura nuestra, pero en la pista contraria. El conductor es un tipo de cuarenta años, transfigurado por la situación caótica que seguramente vivió en alguna ciudad de más al norte. Su mujer no luce mejor. Despeinada y con los ojos enrojecidos, parece agradecer haberse encontrado con otro ser humano después de quizás cuánto tiempo. Sus hijos duermen en el asiento de atrás, vencidos por el cansancio de la huida.
-Si va para Santiago, amigo, le recomiendo que tenga cuidado- sentencio.
-¿Por qué? ¿Qué pasó allá?- pregunta él, con voz quebrada.
-Me imagino que lo mismo que en otros lugares.
El tipo comienza a llorar y es poco lo que entiendo de su malograda aventura durante los últimos días. Vienen de Copiapó, en donde todo es un desastre. No se han encontrado con mucha gente en el camino, y los que han encontrado van al norte, y hay momentos en los que la psicosis obligada les hace pensar que son los últimos sobre el planeta…
-… y ahora vamos a Santiago a buscar a mi mamá… Por favor dígame que allá hay gente, que encontraron la forma de acabar con los escarabajos, por favor…
-No le puedo mentir, amigo. No es mucha la gente que queda viva allá, pero hay personas. De todas maneras, déjeme decirle que si a estas alturas del partido no están muertos, es porque los escarabajos ya les han perdonado la vida. Traten de no hacerles ningún daño a los bichos y les aseguro que pase lo que pase, no los tocarán.
Ella y él se quedan mirándome con los rostros convertidos en signos de interrogación.
-Créanlo. Lo peor ya pasó. Sólo tengan cuidado- interviene Javier. Ellos susurran un tibio “gracias” antes de echar a andar el auto de nuevo.
No puedo evitar un quejido ahogado al momento de subir. Javier me mira con el ceño fruncido, buscando una explicación. Ahogo el dolor encendiendo un cigarrillo, el filtro me permite mentir de mejor manera.
-Estoy agotado, nada más.
Abordamos la carretera otra vez, en silencio, apenas sintiéndonos vivos gracias al viento que rasga nuestra piel. El sol continúa su ciclo imperceptible y eterno, mientras Catalina es vencida por el agotamiento, el calor, la aburridora travesía signada por el asfalto y la ausencia de otros seres humanos.
A media tarde, llegamos a las cercanías de Totoralillo. El sol se refleja sobre el mar calmo, haciéndolo demasiado tentador, realzando la hendidura que da forma a la playa. No lo pienso demasiado y saco el auto de la carretera.
-¿Qué estás haciendo, huevón?- se queja Bárbara. Catalina despierta sobresaltada.
-Descansemos un poco, por lo menos a mí me hace falta.
-¿Cómo se te ocurre parar? ¿No ves que nos puede pasar algo?
-¿Qué nos va a pasar, Bárbara? No hay gente, con suerte hay animales y los escarabajos no nos han hecho nada… Ni siquiera sabemos a dónde vamos, ¿cuál es tu problema?
Bárbara se larga a llorar. Detengo el auto en el camino de tierra de colinda con la playa de aguas azules y tranquilas. Brenda la acoge en sus brazos, con el mismo instinto naturalmente maternal con que sus miradas y palabras me cobijaron. Javier baja. Busco palabras para consolar a Bárbara, pero no las encuentro.
-No sé qué vamos a hacer… Tengo tanto miedo, tantas dudas… Ahora ni siquiera estoy segura si salir de Santiago fue lo mejor… ¿Y si los escarabajos de otras partes no son amigos de Aníbal?... Por favor, prométanme que vamos a estar bien, que esto se acabará, que podremos volver a hacer una vida normal… Por favor…
Bárbara estalla otra vez en sollozos incontrolables. Brenda le acaricia la cabeza. Catalina, afectada por la situación, también desata el llanto. Mientras, Javier pasea cerca del mar, ajeno a lo que ocurre en el asiento trasero del carro. También quiero salir, dejar atrás esos maullidos atroces aunque justificados. No tengo respuestas. Probablemente los escarabajos las tengan. Quizás ellos son los que desean este viaje al norte, en busca de un nuevo Eldorado donde reposar nuestros huesos y dejar atrás el infierno, la muerte sin rastros y las fauces abiertas de la guerra perdida. Sin importar lo que diga, Bárbara no se sentirá mejor, así es que prefiero dejar que se desahogue y voy en busca de Javier.
-¿Qué te pasa, Aníbal?
-Nada, ¿por qué?
-Tu no estás bien…
-He pasado una semana bastante intranquila, compadre. No me pidas que tenga una mejor cara porque además, esta cara que tengo ahora es tu culpa. No me sigas jodiendo porque si no me veré obligado a matarte aquí mismo, mira que ganas no me faltan.
Javier sonríe y se queda mirando el océano. Yo también. Hacía muchos años que no visitaba la playa. Quizás desde mis tiempos en la agencia. En esa época, los negocios, simposios y encuentros me obligaban a viajar a Asia, Europa, Norteamérica… Las costas de Grecia eran mis favoritas, seguidas por las de México y Tailandia. Me encantaba quedarme tendido sobre la arena, bebiendo algo, preferentemente ron, durante largas horas, antes de sumergirme en las aguas que recuerdo pintadas de un profundo azul en Birmania, de color turquesa en Belice y relajantemente celestes en Francia.
El mar aquí en Chile es diferente. O lo era. Siempre me parecía rabioso, como si luchara consigo mismo para contener sus deseos de llegar hasta las faldas de la cordillera y arrasar con todo a su paso. A diferencia de lo que tengo frente a mis ojos en este momento, lo recuerdo encabritado, en constante movimiento, revuelto, ansioso. La brisa me hiela los brazos y las piernas, atenuando el dolor de la herida que todavía no quiero volver a mirar. Quizás un buen baño acabe con el dolor. Nadar unos minutos en dirección del horizonte, perderme buscando los resplandores áureos del sol en el fondo del mar que, más que nunca antes, luce tan pasivo y acogedor.
-Se nos va a hacer tarde y debemos encontrar un lugar dónde quedarnos- aconseja Javier, iniciando el regreso. Demoro un minuto en seguir sus pasos. Quiero… deseo quedarme tendido sobre la arena, esperar a que las estrellas aparezcan en el cielo y por fin, dormir, como hace años no lo hago. Pero regreso. Otra vez me pongo tras el volante y al poco rato, ya estamos otra vez en la ruta 5, enfilando rumbo hacia Coquimbo.
Llegamos a la ciudad cuando todavía queda algo de luz natural. No hay muchas casas en pie y el panorama de los vehículos desperdigados en todas partes se repite. Necesitamos encontrar un lugar seguro, tanto para esconder el carro como para nosotros. Doy varias vueltas por el centro de la ciudad, encontrándome sólo con escombros y tropas de escarabajos que deambulan buscando más alimento, más presas, más víctimas.
-¿Por qué mejor no seguimos de largo? Yo puedo manejar…- comenta Bárbara, con el temor esbozado en cada una de sus palabras.
-Sí, maneja tú. Vamos a ver cómo reaccionas si los bichos se cruzan por tu camino.
-Piensa en cómo reaccionarás tú si Bárbara tiene razón y los que se cruzan en tu camino no son tan amistosos como los que tenías en el sótano- recrimina Brenda.
Detengo el auto de improviso. A pesar de la perorata conciliadora de Javier, desciendo, ahogando nuevamente un grito de dolor atroz. Es en ese instante que siento la pierna ardiendo, como si estuviera sobre una parrilla dieciochera. Avanzo a duras penas por la calle hasta que una tropa de coleópteros de las más diversas especies, se cruza en mi camino. Disminuyen su marcha indómita y esquivan mis pies con elegancia, para continuar su recorrido.
-¿Eso aclara tus dudas?- le digo a Brenda, una vez de vuelta en el carro.
-¿Cómo sabías que no te harían nada?- pregunta, intrigada, Catalina.
-No lo sabía. Simplemente a Aníbal le da lo mismo si los escarabajos no lo cotizan o si lo devoran en medio de la noche- interviene Javier.
Enciendo un cigarrillo, mientras continúo mi avance hacia La Serena. Una cabañitas solariegas cerca del mar desvían mi atención. Me parece que es el lugar perfecto para pasar la noche y quizás, hasta para quedarnos unos días.
Llegamos con ruidoso escándalo. Si hay alguien ahí, será mejor saberlo de inmediato. Estacionamos el auto en medio de dos de las casas cuya techumbre artificial imita las construcciones de la Polinesia. Apuntamos las linternas en todas direcciones, buscando bichos (aún no sé por qué las mujeres insisten en eso) y cuando nos hallamos a nuestras anchas, bajamos. No bien hemos puesto nuestros pies en la arena, una pareja de ancianos asoma en el porche de una de las cabañas.
-Mira, Mariluz, todavía hay gente…
El anciano se emociona hasta las lágrimas. La mujer también. Brenda corre a abrazarlos, como si así fuese a consolarlos o a demostrarles que somos reales, que no están alucinando, que los milagros existen y que ya no están solos. Hasta a mí me parece una escena tierna, sin embargo, prefiero no encontrarme con sorpresas e irrumpo en la cabaña más cercana, justo en frente de la que cobija a los ancianos. La habitación parece libre de escarabajos, luce limpia y con camas suficientes para todos. Pretendo volver al exterior, pero me detengo. El calor infernal que atrofia mi pierna se me ha esparcido por todo el cuerpo. Doy un paso en falso. No alcanzo a ver el suelo con que mi cabeza se estrella.
Abro los ojos. La luz de una vela ilumina el rostro triste de Brenda, sentada a un costado de la cama, sosteniendo un paño frío sobre mi frente. Sus ojos denotan llanto desconsolado y sus manos tiemblan infantiles.
-Nos asustaste- susurra.
Catalina me abraza fuertemente. A los pies de la cama veo a Bárbara y Javier. Sus rostros han caído en una extraña y oscura expresión de marcha fúnebre.
-Vamos a ir a La Serena a buscar medicamentos- dice Javier mientras se acerca.
-Un par de aspirinas bastará, compadre- río.
-No esta vez. La herida en tu pierna… está infectada. Tienes gangrena, Aníbal, y si no la tratamos pronto con antibióticos, corres el riesgo de morir.
-Por qué eso no me sorprende- respondo, sintiendo otra vez el fuego de la infección escarbando los músculos de mi extremidad.
-¿Por qué no dijiste nada, huevón?
-Qué se yo… Quizás por lo mismo que no me avisaste que te ibas a Argentina para arrancar de los matones de la Farmacéutica…
-No despertaste de buen humor, al parecer.
-Hagan lo que deban hacer. Yo no me moveré de aquí. Quizás esto me sirva para descansar de una vez por todas.
-No sé si pueda conducir, Javier- solloza Bárbara.
-Lamentablemente, no nos queda otra opción.
Bárbara se muerde los labios con nerviosismo. Me mira. Mira a Javier. Mira a Brenda y a Catalina, buscando una respuesta, alguna señal de la cual aferrarse para tomar una decisión que se acomode a sus miedos. Me parece que soy el único que no quiere obligarla a partir, pero ella no hace caso de mis mensajes subliminales. Toma una chaqueta y parte, seguida de Javier
Catalina me acaricia la cabeza, mientras da vuelta el paño húmedo. Me levanto un par de centímetros para apoyarme sobre la cabecera y no parecer desahuciado. A los pies de la cama, junto a Brenda, hay una palangana con agua y paños que luego identifico como pedazos de alguna polera. Quiero evitar su mirada, pero me es imposible.
-Eres un imbécil, Aníbal. Sabes cuáles son las decisiones correctas, siempre has sabido qué hacer en cada momento y siempre, invariablemente, haces lo incorrecto… ¿Por qué mierda eres así, Aníbal?
-No lo sé. Si tuviera respuestas, de seguro no estaría aquí. No pensé que el dolor de la pierna fuera tan grave. Tuvimos un accidente, uno queda adolorido, medio muerto. Qué podía saber…
-No me refiero a eso solamente, me refiero a toda tu vida, huevón. Has hecho todo lo posible por convertirla en una mierda… Y no te das cuenta que hay gente que te quiere y te necesita…
Se queda mirándome con maternal emoción. Catalina continúa acariciándome levemente. No puedo evitar pensar en que formo parte de una familia y la idea me hace hervir la cabeza. Cierro los ojos sólo para excavar en el dolor de la pierna.
-Es una herida horrible- comenta Brenda, soterradamente antes de cambiar el paño. Percibo que las caricias de Catalina se hacen cada vez más espaciadas. Brenda también, así es que le ordena ocupar otra de las camas de la habitación para dormir.
-… No sabemos cuán largo será el viaje mañana, hija- le dice con ternura. La pequeña asiente con los ojos apenas abiertos. A los pocos minutos, duerme profundamente. Brenda reemplaza el paño húmedo.
-Si te llega a pasar algo, te voy a patear, Aníbal Gaete- amenaza Brenda. Sonrío. Hace mucho tiempo que una mujer no me llama por mi nombre y apellido. Mi madre hacía eso cuando alguna de mis aventuras la sacaba de quicio. Ni siquiera sé si está muerta o no. Quizás los escarabajos acabaron con ella, como tantos otros. La vista se me nubla. Espero que no sean lágrimas de cocodrilo arrepentido. Brenda se acerca lentamente y posa sus labios sobre los míos con ternura, como si aquello fuese una despedida. Respondo con pasión, rodeándola con mis brazos y en ese momento, en ese preciso momento, siento que un millón de emociones y sentimientos rompen las cadenas oxidadas que los habían relegado a los rincones más olvidados, lúgubres y pantanosos de mi ser.
Etiquetas:
El Buen Escarabajo
lunes, 3 de noviembre de 2008
EL BUEN ESCARABAJO (Capítulo 4)
MIERCOLES
Triste despertar de una agonía
Con lágrimas saludo el nuevo día
Y un dolor naciendo en lo profundo
Me empuja hacia el abismo en que me hundo
SERENATA EXTRAVAGANTE. LOS CANARIOS
-¿Qué haces aquí?- me pregunta Alicia, con una sonrisa malvada plasmada en el rostro transpirado y cubierto de brillo artificial, al verme al pie de la escalinata que la lleva otra vez al nivel de los mortales.
-Necesito conversar contigo.
-No estoy para huevadas a esta hora, Aníbal, y menos contigo. Si quieres llámame más tarde y conversamos.
-No, Alicia. Tiene que ser ahora y créeme que no se trata de nada de lo que ha pasado entre nosotros.
Alicia que queda mirando mi rostro machacado y la expresión que ni siquiera yo puedo adivinar dibujada en él. Me toma de una mano y me lleva a uno de los privados. De hecho, al privado que ella casi siempre utiliza, el mismo donde tuvimos sexo por primera vez. El mismo donde muchos otros tuvieron sexo por primera vez con ella.
-Te doy cinco minutos, Aníbal- replica con energía, luego de cerrar la puerta corredera.
-Por lo que veo, será un día muy ocupado, así es que no tengo tiempo qué perder.
-Está bien- mascullo, encendiendo un cigarrillo. -Lo único que quiero decirte es que tienes que dejar Santiago, tienes que irte a un lugar lejos de cualquier ciudad grande, en lo posible, en medio del desierto, aunque supongo que ellos también llegarán allá, pero no importa. Debes irte lo antes posible. Por favor, prométeme que lo harás.
-¿De qué estás hablando, imbécil? ¿Crees que me voy a ir por culpa de otra de tus crisis de droga? Por favor, Aníbal, ya hemos pasado por esto y sabes que no voy a dejar mi trabajo… ¿Eso era lo que tenías que decirme?...
-No, Alicia, no entiendes. Los escarabajos van a arrasar con todo, incluyéndonos a nosotros. Tienes que cuidarte y para eso, lo mejor será que te vayas de aquí.
-Yo sabía que la coca iba a terminar por joderte la mente. Me da mucha pena porque eres un buen hombre, Aníbal…
-No son las drogas, Alicia. Es la verdad, es lo que está pasando. No te puedo contar con detalles todo lo que hacía en la casa con Javier y sus experimentos, pero tienes que creerme. Esto va más allá de lo que puedo comprender o controlar y si alguna vez lo que tuvimos juntos te importó, por favor, hazme caso y ándate de la ciudad.
-Lo que alguna vez tuvimos si me importó, Aníbal, pero no por eso voy a hacer caso de tus locuras. Te pido por favor que me dejes tranquila y que no vuelvas a dirigirte a mí. Esto tiene que terminar.
-Está bien. Estoy de acuerdo- le digo, acercándome a la puerta corredera. -Por lo menos cumplí con advertírtelo…
Antes de irme volteo por última vez, para verla de pie en el privado todo alfombrado de azul y gris, tan altiva como siempre, iluminada por coloridas luces de bajo voltaje que me recuerdan mucho las de los terrarios. No puedo partir sin una despedida.
-Creo que te amé. En algún momento te amé y hubiera sido fantástico que ese instante se hubiese prolongado por más tiempo y más aún, que hubieras sentido lo mismo. De todas maneras, fue muy bueno mientras duró.
Me sumerjo una vez más en la atmósfera sugerente e irreal del Magia Negra. Busco a Brenda. Ella también me busca. Nos encontramos a un costado de la barra.
-Ven conmigo- le digo, tomándole la mano. Ella me rechaza y como respuesta, me abofetea con inusual fuerza. En su rostro veo rabia y dos lágrimas que corren paralelas, casi como estalactitas sobre sus mejillas enrojecidas. Creo saber el origen de su furia, pero no tengo tiempo ni deseos de discutir en ese instante. La dejo envuelta en sus propias dudas e inseguridades, sabiendo que puedo regresar más tarde por ella y explicarle lo ocurrido. Por ahora, tomo el auto y parto en dirección a mi casa o por lo menos a la que era mi casa hasta que los escarabajos se la tomaron por la fuerza.
Una rápida mirada me basta para saber que ya se han apoderado de la sala. Están sobre los sillones y dentro de ellos, se pasean a sus anchas por la alfombra sucia y sobre las baldosas ennegrecidas por la suciedad y mis propios e infinitos pasos. Me detengo en el umbral y me quedo observándolos por unos momentos. Varios xilófagos preparan sus nidos en la madera de los muebles y estoy seguro que si observo sus acciones con mayor detención y en detalle, podré descubrir sus larvas en las entrañas de cada sillón y de la mesa de centro. Su trajín es apenas interrumpido por mi presencia que parecen saludar al voltear sus pequeñas cabezas y agitar las mandíbulas portentosas. Como parecen no tener intención de atacarme, avanzo cuidando no hacerles daño y lentamente me dirijo al subterráneo. Ya no quedan restos de los cadáveres de los matones. Sólo sus armas y los cargadores. Tomo una de las pistolas y las peinetas que encuentro esparcidas en el piso antes de dirigirme a la cocina en busca de algunas latas de cerveza. En seguida, me dirijo al segundo piso. Cojo algo de ropa y mis documentos. Meto todo, incluyendo las cervezas, en una mochila vieja que encuentro en el fondo del armario. No sé por qué, pero también voy en busca de los cuadernos con las anotaciones de Javier. Quizás ahí haya algunas respuestas a todo lo que está ocurriendo.
Nunca ha dejado de impresionarme el orden sacerdotal de la habitación de Javier. La cama perfectamente estirada y limpia, la alfombra sin una sola pelusa o mancha que macule sus patrones curvos en diferentes tonos de café. Las paredes absolutamente blancas y los estantes de su armario en perfecto orden, su ropa, sus cuadernillos, sus zapatos, sus libros de medicina y entomología… Sólo algunos escarabajos paseándose indecisos sobre las cortinas o el piso convierten el lugar en una bizarra simulación de sepulcro egipcio y me hacen recordar que aquella situación está lejos de la normalidad o por lo menos, de la rutina a la que estaba borrachamente acostumbrado. La cantidad de librillos es tan grande que opto por buscar los más recientes, pero no los encuentro. Confundido, reviso los volúmenes que tengo frente a mí para descubrir que a pesar de superficial orden en que se encuentran, hay varios tomos que han desaparecido, algunos de hace seis años, otros más recientes, al azar, como si alguien los hubiera sacado jugando una extraña ruleta o bien, sabiendo claramente lo que buscaba y en qué volumen se encontraba la información que necesitaba.
Dejo el bolso a un lado. Amartillo el arma y silenciosamente desciendo una vez más al subterráneo. Trato de no pisar ninguno de los escarabajos que invaden el suelo frío, pero hasta ellos mismos parecen abrirme paso mientras avanzo hacia el laboratorio, empuñando el arma, dispuesto a enfrentar cualquier sorpresa, pero la puerta permanece cerrada. No muy convencido, trato de forzarla con el peso de mi cuerpo. Pienso en buscar una copia de la llave (Javier debe tener una en su habitación), pero desisto casi de inmediato. Debo volver donde Bárbara y pensar dónde diablos podemos refugiarnos para dejar atrás este pequeño infierno condenado por élitros rígidos como rocas y tarsos en infinito, veloz y febril movimiento.
Mientras avanzo por las calles de la ciudad, cada vez más oscura y extrañamente silenciosa, me pregunto si la Corporación habrá buscado respuestas en las anotaciones de Javier, si en su constante y concentrado seguimiento de cada experimento, los espías y matones de Kingdom Pharmaceuticals darán con una solución a la invasión desatada de los coleópteros que parecen haberse tomado el reino de los humanos que, desprevenidos, no tuvieron otra opción que replegarse en el interior de sus modernas cavernas, indefensos y atemorizados, cercados por bichos que hasta unas horas no eran más que una molesta plaga de jardín.
Irarrázabal está convertida en un caos de vehículos que pugnan desesperados por llegar a una salida. Sé que por ahí no llegaré a ninguna parte, así es que vuelvo sobre mis ruedas y enfilo rumbo al sur por calles menos concurridas, buscando llegar pronto a casa de Bárbara, allá, en medio de un barrio bravo que probablemente se ha tornado mucho más peligroso y anárquico de los que comúnmente es con esto del ataque de los escarabajos. Quedan pocos sectores iluminados, por lo que debo andar con mucho cuidado, a pesar de mi prisa. Personas cruzan corriendo las calles sorpresivamente, no sé si huyendo de los escarabajos convertidos en horribles monstruos o si se trata de simples saqueadores. Los autos ya no respetan las señales de tránsito y emergen de improviso por calles perpendiculares, para perderse a toda velocidad en el otro extremo. Creo escuchar gritos de dolor y pánico provenientes de las casas a oscuras, pero acelero el motor del Chevette para que la imaginación o peor aún, la realidad, no me saquen de la escasa cordura sobre la que me equilibro con algunos tragos de cerveza.
De pronto pienso en Brenda. Debería ir a buscarla, sacarla a al fuerza del Magia Negra y llevármela a la casa de Bárbara, pero ya es muy tarde para dar media vuelta. La idea sigue aplastándome la cabeza, así es que detengo el auto. No es una decisión cualquiera. Me echo un par de rayas a la nariz y continúo pensándolo con suma detención. Pretendo no comprender qué razones me obligan a regresar por ella, así es que las anulo de mis cavilaciones mientras la noche se me hace más oscura que nunca antes en mi vida. Sé que la lógica me indica seguir el camino, refugiarme en la fortaleza de Bárbara y esperar que la catástrofe se diluya en el tiempo o la llegada de los escarabajos hambrientos contra los que no podré combatir. Pero la idea de dejar a Brenda a su suerte, consumida por una probable tormenta de bichos que se resarcirán con la carne lechosa de su cuerpo bendecido, me asquea terriblemente. Entonces, echo a andar el motor nuevamente y enfilo rumbo al norte, en busca del boliche de Mendieta.
Aún me sorprende el ambiente del Magia Negra. Nada interrumpe la música, el baile descarnado, las corridas de trago, el juego triste de luces que deforman el escenario y el cuerpo de la chica que enseña sin mediación su culo pálido y redondo. Me deslizo entre las mesas en busca de Brenda, buscándola en cada rostro, en cada par de piernas con que mis ojos un tanto confundidos, se cruzan al azar. No la encuentro. Debe estar con algún cliente en los privados. Inquieto y angustiado, me quedo cerca del acceso a las pequeñas habitaciones apostadas tras el escenario. Me fumo un par de cigarrillos antes que Brenda aparezca, un tanto despeinada y con el maquillaje algo derretido, acompañada por un tipo de escasa estatura, fornido, cejijunto y de labios como bananas. La tomo de un brazo, pero ella se resiste. Me mira con rabia y rechazo. Entonces, el tipo que viene con ella interviene, plantándose en el medio, empujándome con ambas manos.
-¿Qué te pasa con la mina, huevón?- espeta con voz oscura.
-Nada. Sólo necesito hablar con ella- atino a responder, intentando ser conciliatorio.
-Parece que ya te sacaron la cresta por gil- ríe en mi cara, burlándose de las laceraciones que la decoran como árbol navideño.
-Mira, lo único que quiero es hablar con ella un minuto, nada más-. Percibo movimiento a mi alrededor. Cinco hombres me han rodeado subrepticiamente, en silencio monacal, aunque se mantienen observantes. Brenda percibe la situación incómoda en que me encuentro y me toma un brazo para llevarme a otro sector del boliche, no sin antes pedirle al pigmeo molesto que la espere.
-¿Qué pasa ahora, Aníbal?
-Tenemos que irnos ahora, Brenda. Ni siquiera te imaginas lo que está ocurriendo y de verdad necesitaré tiempo para explicártelo. Pero para eso, tienes que irte conmigo ahora, por favor.
Entre mis ojos y labios hinchados, los hematomas y las laceraciones, Brenda parece advertir mi sincera preocupación. La expresión de su rostro cambia totalmente antes de volver a hablar, con aquel tono de voz afable y confidente de nuestras conversaciones en su departamento.
-Voy a buscar mis cosas… Le diré a Mendieta que me vas a pagar por una hora en tu casa, ¿está bien?
Asiento con alivio. La veo dirigirse al pequeño camerino que está tras la barra, conversar con Mendieta y luego, regresar a mí, pero el enano aniñado la detiene con brusquedad. Alertado y antes que sus cinco amigotes reaccionen, doy un par de zancadas atléticas para arrancarle a Brenda de los brazos mientras con la otra mano, lo golpeo en el rostro antes de iniciar la fuga veloz, entre sombras y gritos de alarma. Miro hacia atrás para asegurarme que Brenda siga mi ritmo, y es ahí cuando veo al Chupete arrojar hábilmente la pesada bandeja que utiliza todas las noches como si fuera un frisbee que golpea la cabeza del primer matón que está a punto de alcanzar a Brenda, derribándolo, haciendo que los hombres que vienen tras él también tropiecen y caigan en cadena.
Salimos del Magia Negra a toda velocidad, sin volver a mirar atrás y aunque Brenda trastabilla varias veces, logramos llegar al auto. Abro la puerta del conductor y prácticamente arrojo a Brenda al interior como si fuera un bulto, para luego sentarme y echar a andar el motor tan rápido como mis manos temblorosas lo permiten. Enfilamos rumbo al oeste y doblamos hacia el sur por la primera calle que encontramos.
-¿Qué mierda te pasa, Aníbal?- grita ella, sin dejar de golpearme el brazo derecho. Casi no siento su voz ni sus débiles puñetazos. Estoy más preocupado por realizar un circuito complejo, pero sin perder el rumbo, para evitar una posible persecución y llegar lo antes posible a la casa de Bárbara. Ya habrá tiempo para explicarle a Brenda lo que ocurre.
-¡Contéstame, huevón!- aúlla ella y siento sus uñas hundirse en la piel de mi mano. Detengo el auto y la encaro.
-Te lo voy a contar todo, Brenda, pero por ahora lo único que quiero es llegar a casa de Bárbara. La ciudad es un caos y no quiero darme el lujo de perder más tiempo. Confía en mí.
Me mira con lágrimas en los ojos y luego, se cruza de brazos, con la vista fija en el parabrisas. Echo a andar el auto de nuevo y continúo mi avance hacia el sur. A poco andar, el rostro de Brenda comienza a transformarse. Las calles a oscuras, carreras distantes de autos, sombras temerosas corriendo por las calles, la alertan.
-¿Qué pasa, Aníbal?
No respondo. Me concentro en el camino, en el asfalto que apenas puedo distinguir, en las sombras que me acechan flagrantemente vivas y burlescas, en los peatones huidizos que se deslizan como ofidios por las veredas o con las espaldas pegadas a los muros de las casas cuyas ventanas se han convertido en muertas cuencas vacías.
-Son los escarabajos- susurro, por fin, como si hubiese luchado por tragarme las palabras.
-¿Tus escarabajos?
-No lo sé… No sé si son mis escarabajos o todos los escarabajos del mundo confabulados, pero sí sé que de un modo u otro tengo algo que ver en todo esto.
Avenida Grecia es un caos de automóviles que se mueven en todas direcciones, sin respetar señalizaciones ni el tránsito establecido. Mi escasa pericia como conductor al enfrentarme a este tipo de situación, muy inusual por lo demás, me deja estancado en la boca de la calle por largos minutos hasta que por fin, logro superar el escollo signado por vehículos de todos los tipos que se deslizan en desorden, pero aún así, a toda carrera. Regresamos a las calles oscuras y estrechas de Macul, esperando evitar la mayor cantidad de tacos y contratiempos posibles. Nada es seguro afuera y nada me da seguridad aquí adentro, en instantes en que no dejo de pensar en la aparición de algún monstruoso vehículo híbrido de ruedas inmensas como montañas y bramador rugiente, que pasara sobre nosotros, aplastándonos como insectos. Las fachadas de las casas se hacen más estrechas y difusas; sus ventanas, más monstruosas e infames. Nuestro avance, imaginariamente lento, como si el asfalto estuviese derritiendo nuestros neumáticos. Sé que es la angustia la que me está jugando una mala pasada. También sé que me quedan varias calles concurridas por superar, aunque mi preocupación se centra en Departamental. El caos ahí debe ser igual o mayor que en Avenida Grecia. De pronto, casi al llegar a una esquina, otro auto dobla sorpresivamente. No puedo evitarlo y el choque frontal lo veo en cámara lenta, como en una mala película de acción. Incluso, veo la cabeza del otro chofer chocar pausadamente con el parabrisas y a su familia ir hacia delante y atrás en coreográfica contorsión. Escucho los fierros retorcerse como si se tratara de una breve sinfonía concreta y cuando aquella extraordinaria representación parece llegar a su gran final, todo desemboca en silencio y quietud fúnebre.
Brenda está bien. Un tanto confundida, pero no veo señales de heridas superficiales en sus brazos, piernas y cabeza. Trato de abrir la puerta. Es en ese momento que percibo un paralizante dolor en mi pierna derecha. Aún así, contengo el quejido. Con bastante esfuerzo, logro salir y voy en busca de Brenda que si bien no ha sufrido heridas, está en estado de shock, y no deja de mirar al tipo que conducía el otro vehículo, inconciente aún detrás del volante, con la cabeza ensangrentada, remecido por los brazos y las lágrimas desesperadas de su esposa. No me detengo a mirar. Mi objetivo es otro y aunque el llanto y los alaridos de los niños aún en el interior del vehículo, testigos anulados del desangramiento paterno, me llama por algunos segundos, continúo tironeando a Brenda para que avance tan rápido como pueda.
Arribamos a Quilín, casi desfallecientes. Sé que ella necesita un descanso y yo, descubrir qué diablos me pasó en la pierna, pero tengo miedo de detenerme, más aún cuando tropas uniformes de escarabajos de diversas especies comienzan a cruzarse en nuestro camino, asimilando veloces y fugaces cauces en feroz movimiento que espantan a cualquier otro ser vivo que se atraviesa en sus caminos. Atemorizados, nos detenemos para observar su silencioso paso y aunque me niego a creerlo, estoy seguro que algunos de ellos se detienen, me observan brevemente y continúan su camino acelerado. Quizás es el efecto de la abstinencia o la oscuridad reinante que me está jugando una mala pasada, pero percibo en Brenda similar asombro. De todas formas, no es mi mayor preocupación por el momento. Busco desesperadamente un auto que pueda robar para continuar nuestro camino y por supuesto, para protegernos pues el ambiente se torna cada vez más temible e inseguro. A la distancia, veo turbas que combaten el pánico armándose con palos, armas y antorchas, vagando por las calles, buscando culpables donde no los hay. Algunos autos pasan a toda velocidad por la calle, buscando una salida inexistente de la ciudad sitiada por coleópteros y temores antes ocultos, ahora a flor de piel. Intentando pasar inadvertidos, nos deslizamos por la vereda norte, buscando refugio en las sombras de fachadas inermes y árboles crujientes, devorados rápidamente por los escarabajos que nos acechan. Ya puedo ver Vicuña Mackenna, atiborrada de autos en eterno estancamiento, entre bocinazos parasomnes, gritos desquiciados, gemidos inconsolables. Traspasamos las sucesivas barreras de vehículos, sin responder a preguntas ni hacer caso de advertencias, buscando llegar pronto a Valdovinos y de ahí, a calles y pasajes donde espero dar con un carro que nos lleve rápidamente al único lugar que nos va quedando, la casa de Bárbara. Unos muchachos armados con palos, teas y cuchillos se cruzan en nuestro camino. Nos piden dinero, nos piden que paguemos por su inútil protección. No respondemos. Nos siguen con actitud amenazante, alterados por la locura que nos rodea, que se ha apoderado de ellos en lo que imagino, es la oportunidad perfecta de sacar algo de provecho mientras el caos reina. No soporto más la situación y volteo, amenazándolos con la pistola, a pesar de la súplica lacrimosa de Brenda que pugna por arrastrarme hacia las tinieblas en donde cree, nos perderemos. Sé que esa no será solución. Sé que sus ojos hambrientos ven más allá de la oscuridad. Lo veo en sus rostros. Veo las ansias apócrifas de lucha, de sangre, de miedo y de catarsis angustiada. Veo en sus manos engrifadas la sed de cualquier placebo que extermine el pánico y a los escarabajos criminales que han asolado sus territorios absueltos de extremaunción. El temor al negro acerado de mi arma no los contiene, pues continúan acercándose amenazantes, empuñado sus armas paleolíticas, enjaezados por un muchacho moreno y alto cuyo valor choro les sirve como estandarte para seguir avanzando, mientras con mi otro brazo, protejo a Brenda tras mi espalda congelada, seca, engrifada. No hay tiempo para dudar. Disparo dos veces seguidas, dando en medio del pecho del líder antes que caiga al suelo, despaturrado como una marioneta arrojada al interior del armario. Los otros corren entre insultos creativos, coa ininteligible y promesas de una muerte pronta y segura. Tomo a Brenda de la mano y la arrastro calle abajo, sin fijarme en que el asombro, el asco y la inseguridad se han apoderado de ella.
Un brazo que surge entre las rejas de un jardín, intenta detenerme. Me vuelvo furioso, empuñando una vez más la pistola.
-Venga, venga- susurra una voz desgastada, gangrenosa, ultraterrena. Entre las ramas secas de los arbustos y el hierro oxidado de la reja, logro divisar a un anciano de aspecto descuidado, extremadamente delgado, con la espalda convertida en un arco tísico y los brazos largos y canijos, como los del esqueleto de un orangután. Con su mano huesuda nos invita a seguirlo al interior de la casa, pero permanezco inmóvil, conteniendo así también a Brenda.
-Venga, hijo, que ellos van a volver y la pistola no le servirá de nada.
El viejo cierra la puerta tras nosotros. La atmósfera mezcla un profundo e hiriente aroma a naftalina con el de la muerte cercana, como si algo muy dulce estuviese pudriéndose con premeditada lentitud y delicadeza señorial. No tarda en encender una vela que instala en una palmatoria de bronce sobre una mesa que, me imagino, debe hacer las veces de comedor cuando el anciano almuerza o cena en absoluta y monástica soledad.
-Hay que quedarse calladitos, para que no nos escuchen cuando pasen por aquí.
-No creo que los pendejos sepan que estamos aquí- acoto.
-No me refiero a los muchachos. Hablo de los escarabajos. Ellos escuchan hasta nuestra respiración y así saben dónde estamos, qué estamos haciendo, cuántas personas hay en una pieza… y cuándo atacar…
Le creo, simplemente porque ya no sé qué pensar de los escarabajos. Observo a Brenda, mientras el anciano nos sirve dos vasos de agua. Sus ojos están perdidos en la llama queda de la vela distante ¿Cómo explicarle que lo que hice era necesario?...
Escuchamos gritos de inconcebible dolor. Provienen de cerca, quizás unas casas más al sur. Son alaridos espantosos y casi inhumanos que se expanden por la calle, por los hogares vecinos, que se convierten en alfileres aguzados clavándose en nuestros oídos. Brenda colapsa y comienza a gemir. Me acerco a ella con la intención de consolarla.
-No te acerques a mí, Aníbal- ordena, entre sollozos. Vuelvo al sillón. Al poco rato, los gritos se apagan secamente.
-Señorita, si el caballero no hubiera disparado, los chiquillos esos ya los hubiesen matado. Se lo digo, porque ya los he visto hacerlo.
Brenda parece no escuchar al anciano. Permanece con la vista fija en la sinuosa e insegura llama del cirio enteco, buscando respuestas, motivos, causas… a todo lo que está ocurriendo y que nos ha llevado a este punto incómodo, infértil, casi inanimado e incierto, absurdamente incierto… Escucho nuevos gritos y carreras que pasan por la vereda. Creo reconocer la voz de uno de los cumas que quiso atacarnos hace un par de horas, aunque dudo de todos mis sentidos. Incluso, es muy probable que esto sea parte del sueño que tuve en la casa de Bárbara, un sueño que aún no termina, que sigue su curso para mostrarme un futuro alternativo y oscuro, donde puedo verme reflejado en el esqueleto informe que es este viejo que, silencioso y demasiado seguro de sí mismo, nos observa con inexpugnable detención.
-Es hora de irnos- asevero, levantándome de improviso, antes de ser devorado por las pupilas vítreas del anciano.
-No, m’ijo, todavía no. Espere a que amanezca. Es un mucho más seguro.
-Así como están las cosas, dudo que se más seguro de día o de noche- repongo.
-Yo quiero quedarme. Necesito descansar- interviene Brenda, despertando de su nebulosa ensoñación.
-Le presto mi pieza, señorita- recomienda el viejo.
-No, gracias. Preferiría dormir aquí. Tengo demasiado miedo como para estar sola.
El anciano sonríe medio desdentado antes de internarse en las tinieblas de la casa, en busca de una cubierta para Brenda. Aprovecho la ocasión para echar una mirada a mi alrededor y descubrir la tradicional colección de recuerdos de anciano solitario: fotos en sepia ampliadas de sus antecesores, enmarcadas en rigurosa imitación de bronce bruñido, pequeños marcos plásticos de promoción de revelado atiborrados sobre cada mueble, con instantáneas de los hijos, nietos, sobrinos y parientes varios que ya no van a visitarlo; muebles hechizos sostenidos por la fuerza inconmensurable de la trabajólicas polillas, chichería barata en estantes a mal traer, incontables cajas y frascos de medicamentos apiladas en un estante que alguna vez fue elegante, muebles desgastados, abrasados por el fuego del tiempo que quema todo tan invisible como inevitablemente. Y sobre la mesa, junto a la vela, un marco finamente labrado, conteniendo la foto de una mujer de singular belleza, elegantemente retratada en blanco y negro por un fotógrafo que ya tiene que estar muerto…
Me quedo mirando a la mujer. Sus bellos aunque desilusionados ojos me recuerdan los de Alicia. Vago a través de ellos buscando saber qué estará haciendo en este preciso instante…
-Es… Era mi esposa- susurra el viejo, indicándome a Brenda que se ha quedado dormida en el sillón.
-Era hermosa- repongo también en voz baja.
-Una gran compañera y una gran madre. Lamentablemente, el Señor se la llevó de mi lado hace quince años.
-Así es la vida… Así es la muerte…
-Sí. Así es. Todos tenemos nuestro tiempo y las dos cosas, caballero, no van por separado. La muerte es parte de la vida desde el momento en que nacemos y es sólo una cuestión de cómo vamos a morir, el cuándo no importa. Lo que sí importa, es lo que hacemos mientras estamos aquí.
-Eso también da lo mismo, señor. Todos quienes creen en algún dios optan por pensar que la próxima vida será mejor que esta, así es que no creo que la diferencia sea demasiada.
-No se trata de eso. Ni siquiera se trata de Dios o de todas las manifestaciones que queramos darle para nuestro beneficio. Se trata de uno mismo. Es una cuestión de esperanza, no de religión.
-No voy a discutir eso a esta hora, anciano. Lo único que quiero ahora es que amanezca pronto e irme de acá.
-Lo sé. Usted no es de los que aceptan tan fácilmente un cambio en la vida. Yo tampoco lo soy. El tiempo a uno lo vuelve rígido y porfiado y se niega a aceptar la flexibilidad de los nuevos tiempos. Pero, vaya, cuando ocurre algo como esto, pucha que uno se cuestiona todo lo que cree, todo lo que es, todo lo que ha hecho y todo lo que pretendía hacer más adelante.
Ni siquiera lo miro. Cierro mis oídos forzadamente tratando de evitar sus palabras, pero no puedo. Quedan dando vueltas en mi cabeza mientras voy en busca de la mochila por una lata de cerveza y algo de coca. Me da lo mismo lo que el viejo piensa o diga. Le paso una lata que acepta con elegancia discreta y luego, tomo una de las fotos. Hago un par de rayas sobre el vidrio poroso y me las tiro en cosa de segundos para luego limpiarla con la manga de mi chaqueta y dejar el marco donde estaba. El viejo no dice nada. Me mira con una sonrisa resignada y le da un par de tragos a la cerveza segundos antes que una tropa de Scarabaeinae, de inusual tamaño, se cuelen por debajo de la puerta de calle. Ambos, azorados, nos quedamos mirando su avance un tanto inseguro por la piso de la sala. Parecen oliscar el aire, levantando sus mandíbulas demasiado desarrolladas, dirigiéndolas en todas direcciones. Deben ser una centena realizando el mismo gesto explorador. Luego, se concentran en el viejo y en mí, como si quisieran reconocernos y en seguida, se retiran en ordenado batallón por la misma ranura escueta por la cual han arribado. Capto en el anciano cierta desilusión lastimera por aquella partida, pero no digo nada. Me siento en el sillón que he ocupado durante ese pedazo de noche y enciendo un cigarrillo. El anciano le da un par de sorbos más a la cerveza antes de quedarse mirando la foto de su esposa con fijación nostálgica, un tanto amarga, pero aún así, comprometida y enternecida por las circunstancias surrealistas que nos envuelven como una interminable carcajada demoniaca.
-Ya está amaneciendo- murmura el viejo, luego de un rato, quizás minutos, quizás horas. Me acerco a Brenda y trato de despertarla con ternura. Ella comienza a desperezarse lentamente hasta quedarse mirándome con una indefinida expresión que mezcla el odio, la compasión y la ternura maternal.
-Muchas gracias por todo, don…
-Mi nombre no importa, caballero. Vayan con Dios y tengan la esperanza que todo esto ya va a pasar- me responde el anciano mientras Brenda lo abraza con sincero cariño.
-Venga con nosotros- invita ella, sin dejar de mirarme, buscando una afirmación que no puedo darle.
-No, hija. A estas alturas sólo quiero esperar. Pase lo que pase, voy a estar bien. No se preocupe.
Ella busca la insistencia en mí, pero no se la doy. No por egoísmo. Veo en el rostro del viejo la necesidad irrenunciable de esperar lo inevitable. Le echo una mirada a las fotos que tiene repartidas por todos los rincones de la sala y sólo tiendo a imaginar que ha llegado a la última encrucijada de su vida, aquella en la que no tomas decisiones, si no que simplemente esperas que algún poder superior te indique cuál es el próximo paso. Tomo a Brenda de la mano y la llevo suavemente hacia la calle. Ella no dice nada. Parece que ha percibido en el anciano aquella necesidad de enfrentare solo a la muerte… o a lo que venga. Bajamos por los pasajes que se desprenden de Valdovinos hacia el sur. Casi al llegar a Pedro Alarcón, encuentro un Toyota Yaris que al parecer está en buen estado, aunque su conductor no cuidó para nada la forma de estacionarse, dejando sobre la vereda la mitad anterior del auto y la otra, mirando aculatada hacia la calle. Rompo el vidrio con una piedra y no pierdo tiempo en limpiar las diminutas astillas que han quedado en asiento. Descerrajo la chapa con la cacha de mi arma y no tardo en dar con los cables de contacto que echan a andar el motor. Las cortinas de la casa que está frente a mí se mueven constantemente, pero nadie aparece por la ventana ni por la puerta principal. Un ejército de escarabajos marcha rápidamente en dirección norte y se pierde en la esquina siguiente antes que saque el auto de su inusual estacionamiento. Lo llevo lentamente calle abajo, hasta dar con avenida Las Industrias. El panorama es desolador. No hay un alma en las calles y tropas de escarabajos se deslizan constantemente en todas direcciones, en militar orden, pero desprendiendo de sus marchas una extraña algarabía. Avanzo entre los autos desperdigados por la avenida, tratando de evitar las masas informes de coleópteros que van y viene a su regalado gusto, más que amenazantes, jubilosos y juguetones. Santiago nunca lució tan deprimente, tan oscuro, tan muerto. Los frontis de las casas parecen signados por marcas destinadas a conjurar una peste bíblica y las pocas personas que vemos vagando por las calles parecen más zombies de mala película Z que los soberbios habitantes de la urbe que estaba acostumbrado a ver día a día. Brenda no ha vuelto a abrir la boca. Tomamos Departamental en busca de Santa Rosa, pero debemos desviarnos por las estrechas calles laterales, pues los autos abandonados clausuraron el paso en ambas direcciones. Es entonces que, en una de las esquinas, veo a un grupo de perros jugando alegremente, ladrándole al sol, involucrados en persecuciones circulares que terminan en mordiscos suaves y despreocupados. Me quedo mirándolos por un rato antes de seguir mi camino.
-¿No te habías dado cuenta?- inquiere Brenda.
-¿De qué?
-De los animales. Hace rato que los veo. Gatos, ratones, perros, pájaros… Son los únicos que parecen no preocuparse por lo que ocurre.
Probablemente tenga razón. La verdad es que no me he fijado. Durante todo el trayecto me he concentrado en buscar algún ser humano que parezca estar medianamente en sus cabales y no lo he encontrado. Quizás debí insistirle al viejo que viniera con nosotros, pero es muy probable que hubiera rechazado una y otra vez la oferta, convencido de esperar a los escarabajos que en algún momento, terminarían con su miseria.
Nos es difícil avanzar por Santa Rosa hasta llegar a Observatorio, a pesar de enfrentarnos constantemente a vehículos esparcidos en desorden histérico por toda la avenida. Nos detenemos frente a la casona de Bárbara, pero antes de bajar, Brenda me toma del brazo.
-¿Te das cuenta de lo que hiciste?
-Sí, maté a una persona, un tipo que no conocía, que nos amenazaba y que nos hubiera asesinado a nosotros de tener la oportunidad ¿Algún problema con eso?
-¿No tienes ningún remordimiento, ningún nube oscura en tu conciencia?
-No acostumbro a arrepentirme de las cosas que hago… si es que las recuerdo. Y estoy seguro que si no pensamos en algo pronto, no me quedarán muchos días para acordarme.
Golpeamos las rejas reiteradas veces. Por momentos, por mi cabeza cruza la imagen certera de Bárbara y Catalina siendo devoradas por espantosos y gigantescos escarabajos que están haciendo un ampuloso festín con sus vísceras. Quizás sea lo mejor para ambas… La puerta de calle se abre. El rostro de Bárbara ha perdido su exagerada femineidad producto de las ojeras y la barba incipiente que le adorna la barbilla temblorosa. Me maldice con la mirada antes de abrir.
El cansancio de todas esas horas se abate sobre mí una ve que puedo reposar mi cuerpo sobre el amplio diván de la sala.
-¿Me puedes decir quién es ella y qué vamos a hacer ahora?
-Ella es Brenda, trabajaba en el boliche de Mendieta… Tenía que ir a buscarla… No me preguntes por qué, pero tenía que sacarla de ahí… Y primero necesito descansar antes de hacer cualquier cosa, porque no he dormido nada y no fue una noche muy tranquila que digamos-. Abro una de las cervezas algo tibias que quedan en la mochila y me lleno la garganta de bilis amarga. Bárbara le indica a Brenda dónde hay un poco de agua para lavarse y en seguida, dónde hay una habitación para que descanse un par de horas.
-¿Un par de horas?- replico.
-Sí, Aníbal, un par de horas. Ni yo ni Catalina soportamos un minuto más encerradas acá. Si crees que tu noche fue mala, la nuestra fue peor, así es que trata de dormir mientras nosotras terminamos de preparar nuestras cosas para irnos, ¿okey?
-No vas a estar más segura allá afuera que acá a dentro. Ya he visto suficiente como para saberlo.
-Eso lo voy a decidir yo- espeta Bárbara, con total seguridad antes de dar media vuelta.
Me quedo solo en la sala, recostado sobre el diván, con la cerveza en una mano y cigarrillo recién encendido en la otra. Estoy seguro que salir de aquí no será mejor ni peor que quedarnos. Hasta ahora, los escarabajos no nos han hecho nada y no creo que lo hagan, quizás porque existe la posibilidad que todos los escarabajos del mundo sepan que los que yo cuidaba, prácticamente vivían en terrarios cinco estrellas y su matadero era de lo más pulcro y aséptico. Es una probabilidad. No creo que su indiferencia por nosotros sea casual. Javier, yo, los bichos, todo tiene una relación aunque estoy muy lejos de saber cuál. Por eso es que hasta ahora, aún estamos vivos. Por eso es que aún estoy aquí, retozando y pensando estupideces mientras dejo que el agotamiento me impulse muy lentamente a cerrar los ojos y dormir…
-¿Cómo estás?-. Es la voz ínfima de Catalina la que me despierta. Me quedo mirándola. A pesar de todo lo ocurrido, se ve hermosa. Ha recuperado el rostro y la postura desvalida de la edad que tiene, dejando atrás aquella actitud un tanto putanesca que tenía cuando llegó a casa. No sé cuántas horas han pasado, pero a través del ventanal que da a la calle, percibo el sol iniciando su retirada, imperturbable y ajeno a todo lo que ocurre en la faz de este asqueroso planeta arrasado por una especie… inferior… Sonrío y pienso en todas las veces a lo largo de la triste historia de la humanidad, en que nuestra soberbia nos ha llevado al borde del abismo de la exterminación y hoy, más que nunca, nos encontramos en el aire, en medio del fatal vuelo sin regreso que pensamos sería con paracaídas o montados sobre una máquina davinciana que nos llevaría con seguridad estólida a un nuevo suelo. Pero no fue así y cualquier pronóstico científico o ficcionado está lejos de todo lo que está pasando a nuestro alrededor. Le acarició la cabeza, sintiendo por fin algo de real ternura por la pequeña. Tras ella, al borde la sala, percibo la presencia de Brenda. No puedo definir la expresión de su rostro, pero supongo que todavía me recrimina por lo ocurrido durante la noche. En fin, algún día se le olvidará… si es que todavía nos quedan días por delante…
-Es hora de partir- dice, en voz baja, acercándose a paso lento.
-No sé si sea la mejor decisión- sentencio, sintiendo que no soy quien ha movido mis propias cuerdas vocales.
-Sería lo más lógico. Bárbara está preparando sus cosas desde hace rato para partir y creo que todos necesitamos un lugar donde estar tranquilos lejos de todo… esto…
-Ni siquiera sabemos lo que está ocurriendo fuera de la ciudad- replico. En ese instante, un sonido atronador remece las paredes de la casa. Nos miramos, buscando alguna explicación certera en los ojos ajenos, pero no la hay. Subo atropelladamente al segundo piso y desde la ventana de una de las habitaciones que mira hacia el norte, veo una naciente pero oscura columna de humo que se levanta aterradora, recortándose sobre el atardecer. No quiero imaginar ni deducir razones para aquel desastre que de inmediato, temo se esparza por el resto de la ciudad. Quizás es un motivo más y uno muy poderoso para dejar la ciudad atrás de una vez por todas, pero mientras Bárbara, Brenda y Catalina entran en medido pánico, un pequeño carabus auratus de brillantes élitros verdes, más parecidos a esmeraldas pulidas, me observa desde el otro lado del vidrio, moviendo rítmicamente sus patas delanteras. Me quedo observándolo mientras las primeras llamas de fantasmal altura se asoman sobre los techos chatos de las casas ubicadas a un par de manzanas. Sentimientos que no puedo controlar me ordenan imperiosamente volver a la casa de Ñuñoa, asegurándome a gritos y de rodillas que las respuestas que necesito están ahí, ahora… Pero yo no necesito respuestas, necesito que todo esto termine de una vez por todos, necesito volver a la vida que conocía, con sus defectos y virtudes, necesito ansiosamente recuperar el equilibrio absurdo de mis borracheras, de mi labor como cuidador de escarabajos, del silencio y la inmovilidad mental al que estaba acostumbrado… No necesito respuestas, necesito mi vida de vuelta… Pero aún así, les digo a las mujeres y a Bárbara que preparen sus cosas, que nos vamos a ir, pero que es absolutamente importante que pasemos primero por mi casa. Antes de recibir sus reclamos en mi rostro, invento que es probable que la salida norte de Santiago esté más despejada, que es mejor ir a la playa, a un clima en el que pocos coleópteros puedan vivir. Sé que es mentira, que ellos llegarán a cualquier parte, que ya no importa el fuego, ni el agua, ni los insecticidas, ni la temperatura, ni las oraciones. Ellos son indestructibles. Pero debo intentar tranquilizarlas y regresar a la casa. No sé por qué, pero debo regresar.
No demoramos mucho en preparar el auto para el viaje. Bolsos llenos de alimentos, maletas que apenas contienen ropa en desorden, y carteras componen nuestro equipaje. Yo me conformo con llevar una ración de alcohol desmedida y que Bárbara cargue entre sus cosas una buena dosis de cocaína. La convenzo diciéndole que no sólo será para uso personal, si no que también puede servir como moneda de cambio. De todas formas, siento un nudo en el estómago, porque aún no puedo explicar racionalmente esta decisión que a cada momento, me parece de lo más absurda. Iniciamos nuestro viaje lentamente, evitando las tropas de escarabajos que se han multiplicado en voracidad y cantidad. Muchas casas yacen en el suelo, socavadas por el hambre de los bichos que parecen festejar su hazaña desde las veredas, corriendo rápidamente hacia la siguiente vivienda. A lo lejos, avizoramos nuevas columnas de humo espeso. Ni una persona en las calles, ni en las ventanas de las casas que aún permanecen en pie. Algunas bandadas pasan por sobre nuestras cabezas, quizás buscando nuevos lugares dónde instalar sus nidos. Perros y gatos se pasean en libertad, conquistando los terrenos vedados a sus especies por tantos siglos. No quiero arriesgarme a suponer que los visionarios más catastróficos tenían razón y que ha llegado el momento en que la naturaleza, aburrida de tantas advertencias, ha decidido tomar el toro por las astas y poner las cosas en orden, retornar al equilibrio que ella y nosotros necesitamos. Me sorprende estar pensando en estas pavadas. Lo más probable es que se trate simplemente de un mal guión de ciencia ficción, en el que escarabajos mutantes acabarán con toda la humanidad y regirán el planeta a su regalado gusto, convirtiendo nuestras ciudades en gigantescos menhires y los túneles del metro, en nidos subterráneos.
Anochece. El avance se hace más complicado. La oscuridad es absoluta. Ellas permanecen en silencio. Bárbara también. Observan el entorno con monstruoso respeto, buscando alguna señal de vida que no llega. Al fin, arribamos a la casa que aún se mantiene en pie. Una cohorte se escarabajos nos recibe. Ellas no quieren bajar del auto, pero las abro la ruta con confianza, avanzando entre los bichos, cargando algunas maletas, esperando que tomen una decisión fatal, o bien, que simplemente permanezcan atentos a mis movimientos como lo han hecho hasta ahora. Abro la puerta y desde ahí, les grito para que bajen. La primera en hacerlo es Catalina. Entre las tinieblas logro divisar el terror cincelado en su rostro, pero aún así, camina entre las masas informes de escarabajos que se mantienen a cierta distancia, permitiendo la aparición de un sendero difuso pero seguro, que parece moverse como un endeble puente de cuerdas y tablas. Brenda y Bárbara no tardan en seguirla, más atemorizadas que la pequeña, que se refugia a mis espaldas, atenta a lo que ocurre afuera.
Busco algunas velas en la cocina. Ilumino escasamente la sala y les pido que me esperen mientras voy en busca de los cuadernos de Javier que desprecié en mi anterior visita. Quizás sean el único asidero que tenga para explicar lo que pasó. No a mí, pero si a los probables sobrevivientes de este caos. Aunque hay escarabajos corriendo en todas direcciones, la tranquilidad parece haberse apoderado de ellas y, con las piernas recogidas sobre los sillones, esperan mi regreso.
No hay señales de bichos en la planta alta. La habitación de Javier permanece inmaculada y pulcra. Dejo la vela que me acompaña al borde de la gaveta superior del armario, iluminando los lomos de las investigaciones de Kelly. Antes de comenzar a arrojar los libros sobre la cama, percibo ciertos cambios en su orden y que algunos de ellos, que no vi anteriormente, han vuelto a aparecer y otros, que pude revisar, no están. Entonces sé que las respuestas que necesito, están en el subterráneo, escondidas tras una puerta blanca.
Amartillo el arma y voy en busca de Javier. Ellas se mantienen en silencio al verme con el arma. Con gestos certeros, les pido calma. Continúo mi camino hacia el sótano. Avanzo mudo y felino entre los terrarios vacíos, apenas iluminados por la vela que sostengo con asfixiante angustia. Siento que cientos de escarabajos me vigilan, pero no puedo verlos entre las sombras que me rodean. La puerta blanca del laboratorio de Javier aparece frente a mis ojos como una interrogante solidificada en pintura descascarada y madera podrida.
-Sé que estás ahí. Abre la puerta.
Apunto hacia delante, a la altura de mi cabeza, que es la altura de la cabeza de Javier.
-Sabía que ellos te harían volver.
Su rostro luce pálido. El brillo de sus ojos ha sido devorado por la luz del cirio que ilumina el laboratorio. Sus manos tiemblan. Pero su voz es exactamente la misma.
Triste despertar de una agonía
Con lágrimas saludo el nuevo día
Y un dolor naciendo en lo profundo
Me empuja hacia el abismo en que me hundo
SERENATA EXTRAVAGANTE. LOS CANARIOS
-¿Qué haces aquí?- me pregunta Alicia, con una sonrisa malvada plasmada en el rostro transpirado y cubierto de brillo artificial, al verme al pie de la escalinata que la lleva otra vez al nivel de los mortales.
-Necesito conversar contigo.
-No estoy para huevadas a esta hora, Aníbal, y menos contigo. Si quieres llámame más tarde y conversamos.
-No, Alicia. Tiene que ser ahora y créeme que no se trata de nada de lo que ha pasado entre nosotros.
Alicia que queda mirando mi rostro machacado y la expresión que ni siquiera yo puedo adivinar dibujada en él. Me toma de una mano y me lleva a uno de los privados. De hecho, al privado que ella casi siempre utiliza, el mismo donde tuvimos sexo por primera vez. El mismo donde muchos otros tuvieron sexo por primera vez con ella.
-Te doy cinco minutos, Aníbal- replica con energía, luego de cerrar la puerta corredera.
-Por lo que veo, será un día muy ocupado, así es que no tengo tiempo qué perder.
-Está bien- mascullo, encendiendo un cigarrillo. -Lo único que quiero decirte es que tienes que dejar Santiago, tienes que irte a un lugar lejos de cualquier ciudad grande, en lo posible, en medio del desierto, aunque supongo que ellos también llegarán allá, pero no importa. Debes irte lo antes posible. Por favor, prométeme que lo harás.
-¿De qué estás hablando, imbécil? ¿Crees que me voy a ir por culpa de otra de tus crisis de droga? Por favor, Aníbal, ya hemos pasado por esto y sabes que no voy a dejar mi trabajo… ¿Eso era lo que tenías que decirme?...
-No, Alicia, no entiendes. Los escarabajos van a arrasar con todo, incluyéndonos a nosotros. Tienes que cuidarte y para eso, lo mejor será que te vayas de aquí.
-Yo sabía que la coca iba a terminar por joderte la mente. Me da mucha pena porque eres un buen hombre, Aníbal…
-No son las drogas, Alicia. Es la verdad, es lo que está pasando. No te puedo contar con detalles todo lo que hacía en la casa con Javier y sus experimentos, pero tienes que creerme. Esto va más allá de lo que puedo comprender o controlar y si alguna vez lo que tuvimos juntos te importó, por favor, hazme caso y ándate de la ciudad.
-Lo que alguna vez tuvimos si me importó, Aníbal, pero no por eso voy a hacer caso de tus locuras. Te pido por favor que me dejes tranquila y que no vuelvas a dirigirte a mí. Esto tiene que terminar.
-Está bien. Estoy de acuerdo- le digo, acercándome a la puerta corredera. -Por lo menos cumplí con advertírtelo…
Antes de irme volteo por última vez, para verla de pie en el privado todo alfombrado de azul y gris, tan altiva como siempre, iluminada por coloridas luces de bajo voltaje que me recuerdan mucho las de los terrarios. No puedo partir sin una despedida.
-Creo que te amé. En algún momento te amé y hubiera sido fantástico que ese instante se hubiese prolongado por más tiempo y más aún, que hubieras sentido lo mismo. De todas maneras, fue muy bueno mientras duró.
Me sumerjo una vez más en la atmósfera sugerente e irreal del Magia Negra. Busco a Brenda. Ella también me busca. Nos encontramos a un costado de la barra.
-Ven conmigo- le digo, tomándole la mano. Ella me rechaza y como respuesta, me abofetea con inusual fuerza. En su rostro veo rabia y dos lágrimas que corren paralelas, casi como estalactitas sobre sus mejillas enrojecidas. Creo saber el origen de su furia, pero no tengo tiempo ni deseos de discutir en ese instante. La dejo envuelta en sus propias dudas e inseguridades, sabiendo que puedo regresar más tarde por ella y explicarle lo ocurrido. Por ahora, tomo el auto y parto en dirección a mi casa o por lo menos a la que era mi casa hasta que los escarabajos se la tomaron por la fuerza.
Una rápida mirada me basta para saber que ya se han apoderado de la sala. Están sobre los sillones y dentro de ellos, se pasean a sus anchas por la alfombra sucia y sobre las baldosas ennegrecidas por la suciedad y mis propios e infinitos pasos. Me detengo en el umbral y me quedo observándolos por unos momentos. Varios xilófagos preparan sus nidos en la madera de los muebles y estoy seguro que si observo sus acciones con mayor detención y en detalle, podré descubrir sus larvas en las entrañas de cada sillón y de la mesa de centro. Su trajín es apenas interrumpido por mi presencia que parecen saludar al voltear sus pequeñas cabezas y agitar las mandíbulas portentosas. Como parecen no tener intención de atacarme, avanzo cuidando no hacerles daño y lentamente me dirijo al subterráneo. Ya no quedan restos de los cadáveres de los matones. Sólo sus armas y los cargadores. Tomo una de las pistolas y las peinetas que encuentro esparcidas en el piso antes de dirigirme a la cocina en busca de algunas latas de cerveza. En seguida, me dirijo al segundo piso. Cojo algo de ropa y mis documentos. Meto todo, incluyendo las cervezas, en una mochila vieja que encuentro en el fondo del armario. No sé por qué, pero también voy en busca de los cuadernos con las anotaciones de Javier. Quizás ahí haya algunas respuestas a todo lo que está ocurriendo.
Nunca ha dejado de impresionarme el orden sacerdotal de la habitación de Javier. La cama perfectamente estirada y limpia, la alfombra sin una sola pelusa o mancha que macule sus patrones curvos en diferentes tonos de café. Las paredes absolutamente blancas y los estantes de su armario en perfecto orden, su ropa, sus cuadernillos, sus zapatos, sus libros de medicina y entomología… Sólo algunos escarabajos paseándose indecisos sobre las cortinas o el piso convierten el lugar en una bizarra simulación de sepulcro egipcio y me hacen recordar que aquella situación está lejos de la normalidad o por lo menos, de la rutina a la que estaba borrachamente acostumbrado. La cantidad de librillos es tan grande que opto por buscar los más recientes, pero no los encuentro. Confundido, reviso los volúmenes que tengo frente a mí para descubrir que a pesar de superficial orden en que se encuentran, hay varios tomos que han desaparecido, algunos de hace seis años, otros más recientes, al azar, como si alguien los hubiera sacado jugando una extraña ruleta o bien, sabiendo claramente lo que buscaba y en qué volumen se encontraba la información que necesitaba.
Dejo el bolso a un lado. Amartillo el arma y silenciosamente desciendo una vez más al subterráneo. Trato de no pisar ninguno de los escarabajos que invaden el suelo frío, pero hasta ellos mismos parecen abrirme paso mientras avanzo hacia el laboratorio, empuñando el arma, dispuesto a enfrentar cualquier sorpresa, pero la puerta permanece cerrada. No muy convencido, trato de forzarla con el peso de mi cuerpo. Pienso en buscar una copia de la llave (Javier debe tener una en su habitación), pero desisto casi de inmediato. Debo volver donde Bárbara y pensar dónde diablos podemos refugiarnos para dejar atrás este pequeño infierno condenado por élitros rígidos como rocas y tarsos en infinito, veloz y febril movimiento.
Mientras avanzo por las calles de la ciudad, cada vez más oscura y extrañamente silenciosa, me pregunto si la Corporación habrá buscado respuestas en las anotaciones de Javier, si en su constante y concentrado seguimiento de cada experimento, los espías y matones de Kingdom Pharmaceuticals darán con una solución a la invasión desatada de los coleópteros que parecen haberse tomado el reino de los humanos que, desprevenidos, no tuvieron otra opción que replegarse en el interior de sus modernas cavernas, indefensos y atemorizados, cercados por bichos que hasta unas horas no eran más que una molesta plaga de jardín.
Irarrázabal está convertida en un caos de vehículos que pugnan desesperados por llegar a una salida. Sé que por ahí no llegaré a ninguna parte, así es que vuelvo sobre mis ruedas y enfilo rumbo al sur por calles menos concurridas, buscando llegar pronto a casa de Bárbara, allá, en medio de un barrio bravo que probablemente se ha tornado mucho más peligroso y anárquico de los que comúnmente es con esto del ataque de los escarabajos. Quedan pocos sectores iluminados, por lo que debo andar con mucho cuidado, a pesar de mi prisa. Personas cruzan corriendo las calles sorpresivamente, no sé si huyendo de los escarabajos convertidos en horribles monstruos o si se trata de simples saqueadores. Los autos ya no respetan las señales de tránsito y emergen de improviso por calles perpendiculares, para perderse a toda velocidad en el otro extremo. Creo escuchar gritos de dolor y pánico provenientes de las casas a oscuras, pero acelero el motor del Chevette para que la imaginación o peor aún, la realidad, no me saquen de la escasa cordura sobre la que me equilibro con algunos tragos de cerveza.
De pronto pienso en Brenda. Debería ir a buscarla, sacarla a al fuerza del Magia Negra y llevármela a la casa de Bárbara, pero ya es muy tarde para dar media vuelta. La idea sigue aplastándome la cabeza, así es que detengo el auto. No es una decisión cualquiera. Me echo un par de rayas a la nariz y continúo pensándolo con suma detención. Pretendo no comprender qué razones me obligan a regresar por ella, así es que las anulo de mis cavilaciones mientras la noche se me hace más oscura que nunca antes en mi vida. Sé que la lógica me indica seguir el camino, refugiarme en la fortaleza de Bárbara y esperar que la catástrofe se diluya en el tiempo o la llegada de los escarabajos hambrientos contra los que no podré combatir. Pero la idea de dejar a Brenda a su suerte, consumida por una probable tormenta de bichos que se resarcirán con la carne lechosa de su cuerpo bendecido, me asquea terriblemente. Entonces, echo a andar el motor nuevamente y enfilo rumbo al norte, en busca del boliche de Mendieta.
Aún me sorprende el ambiente del Magia Negra. Nada interrumpe la música, el baile descarnado, las corridas de trago, el juego triste de luces que deforman el escenario y el cuerpo de la chica que enseña sin mediación su culo pálido y redondo. Me deslizo entre las mesas en busca de Brenda, buscándola en cada rostro, en cada par de piernas con que mis ojos un tanto confundidos, se cruzan al azar. No la encuentro. Debe estar con algún cliente en los privados. Inquieto y angustiado, me quedo cerca del acceso a las pequeñas habitaciones apostadas tras el escenario. Me fumo un par de cigarrillos antes que Brenda aparezca, un tanto despeinada y con el maquillaje algo derretido, acompañada por un tipo de escasa estatura, fornido, cejijunto y de labios como bananas. La tomo de un brazo, pero ella se resiste. Me mira con rabia y rechazo. Entonces, el tipo que viene con ella interviene, plantándose en el medio, empujándome con ambas manos.
-¿Qué te pasa con la mina, huevón?- espeta con voz oscura.
-Nada. Sólo necesito hablar con ella- atino a responder, intentando ser conciliatorio.
-Parece que ya te sacaron la cresta por gil- ríe en mi cara, burlándose de las laceraciones que la decoran como árbol navideño.
-Mira, lo único que quiero es hablar con ella un minuto, nada más-. Percibo movimiento a mi alrededor. Cinco hombres me han rodeado subrepticiamente, en silencio monacal, aunque se mantienen observantes. Brenda percibe la situación incómoda en que me encuentro y me toma un brazo para llevarme a otro sector del boliche, no sin antes pedirle al pigmeo molesto que la espere.
-¿Qué pasa ahora, Aníbal?
-Tenemos que irnos ahora, Brenda. Ni siquiera te imaginas lo que está ocurriendo y de verdad necesitaré tiempo para explicártelo. Pero para eso, tienes que irte conmigo ahora, por favor.
Entre mis ojos y labios hinchados, los hematomas y las laceraciones, Brenda parece advertir mi sincera preocupación. La expresión de su rostro cambia totalmente antes de volver a hablar, con aquel tono de voz afable y confidente de nuestras conversaciones en su departamento.
-Voy a buscar mis cosas… Le diré a Mendieta que me vas a pagar por una hora en tu casa, ¿está bien?
Asiento con alivio. La veo dirigirse al pequeño camerino que está tras la barra, conversar con Mendieta y luego, regresar a mí, pero el enano aniñado la detiene con brusquedad. Alertado y antes que sus cinco amigotes reaccionen, doy un par de zancadas atléticas para arrancarle a Brenda de los brazos mientras con la otra mano, lo golpeo en el rostro antes de iniciar la fuga veloz, entre sombras y gritos de alarma. Miro hacia atrás para asegurarme que Brenda siga mi ritmo, y es ahí cuando veo al Chupete arrojar hábilmente la pesada bandeja que utiliza todas las noches como si fuera un frisbee que golpea la cabeza del primer matón que está a punto de alcanzar a Brenda, derribándolo, haciendo que los hombres que vienen tras él también tropiecen y caigan en cadena.
Salimos del Magia Negra a toda velocidad, sin volver a mirar atrás y aunque Brenda trastabilla varias veces, logramos llegar al auto. Abro la puerta del conductor y prácticamente arrojo a Brenda al interior como si fuera un bulto, para luego sentarme y echar a andar el motor tan rápido como mis manos temblorosas lo permiten. Enfilamos rumbo al oeste y doblamos hacia el sur por la primera calle que encontramos.
-¿Qué mierda te pasa, Aníbal?- grita ella, sin dejar de golpearme el brazo derecho. Casi no siento su voz ni sus débiles puñetazos. Estoy más preocupado por realizar un circuito complejo, pero sin perder el rumbo, para evitar una posible persecución y llegar lo antes posible a la casa de Bárbara. Ya habrá tiempo para explicarle a Brenda lo que ocurre.
-¡Contéstame, huevón!- aúlla ella y siento sus uñas hundirse en la piel de mi mano. Detengo el auto y la encaro.
-Te lo voy a contar todo, Brenda, pero por ahora lo único que quiero es llegar a casa de Bárbara. La ciudad es un caos y no quiero darme el lujo de perder más tiempo. Confía en mí.
Me mira con lágrimas en los ojos y luego, se cruza de brazos, con la vista fija en el parabrisas. Echo a andar el auto de nuevo y continúo mi avance hacia el sur. A poco andar, el rostro de Brenda comienza a transformarse. Las calles a oscuras, carreras distantes de autos, sombras temerosas corriendo por las calles, la alertan.
-¿Qué pasa, Aníbal?
No respondo. Me concentro en el camino, en el asfalto que apenas puedo distinguir, en las sombras que me acechan flagrantemente vivas y burlescas, en los peatones huidizos que se deslizan como ofidios por las veredas o con las espaldas pegadas a los muros de las casas cuyas ventanas se han convertido en muertas cuencas vacías.
-Son los escarabajos- susurro, por fin, como si hubiese luchado por tragarme las palabras.
-¿Tus escarabajos?
-No lo sé… No sé si son mis escarabajos o todos los escarabajos del mundo confabulados, pero sí sé que de un modo u otro tengo algo que ver en todo esto.
Avenida Grecia es un caos de automóviles que se mueven en todas direcciones, sin respetar señalizaciones ni el tránsito establecido. Mi escasa pericia como conductor al enfrentarme a este tipo de situación, muy inusual por lo demás, me deja estancado en la boca de la calle por largos minutos hasta que por fin, logro superar el escollo signado por vehículos de todos los tipos que se deslizan en desorden, pero aún así, a toda carrera. Regresamos a las calles oscuras y estrechas de Macul, esperando evitar la mayor cantidad de tacos y contratiempos posibles. Nada es seguro afuera y nada me da seguridad aquí adentro, en instantes en que no dejo de pensar en la aparición de algún monstruoso vehículo híbrido de ruedas inmensas como montañas y bramador rugiente, que pasara sobre nosotros, aplastándonos como insectos. Las fachadas de las casas se hacen más estrechas y difusas; sus ventanas, más monstruosas e infames. Nuestro avance, imaginariamente lento, como si el asfalto estuviese derritiendo nuestros neumáticos. Sé que es la angustia la que me está jugando una mala pasada. También sé que me quedan varias calles concurridas por superar, aunque mi preocupación se centra en Departamental. El caos ahí debe ser igual o mayor que en Avenida Grecia. De pronto, casi al llegar a una esquina, otro auto dobla sorpresivamente. No puedo evitarlo y el choque frontal lo veo en cámara lenta, como en una mala película de acción. Incluso, veo la cabeza del otro chofer chocar pausadamente con el parabrisas y a su familia ir hacia delante y atrás en coreográfica contorsión. Escucho los fierros retorcerse como si se tratara de una breve sinfonía concreta y cuando aquella extraordinaria representación parece llegar a su gran final, todo desemboca en silencio y quietud fúnebre.
Brenda está bien. Un tanto confundida, pero no veo señales de heridas superficiales en sus brazos, piernas y cabeza. Trato de abrir la puerta. Es en ese momento que percibo un paralizante dolor en mi pierna derecha. Aún así, contengo el quejido. Con bastante esfuerzo, logro salir y voy en busca de Brenda que si bien no ha sufrido heridas, está en estado de shock, y no deja de mirar al tipo que conducía el otro vehículo, inconciente aún detrás del volante, con la cabeza ensangrentada, remecido por los brazos y las lágrimas desesperadas de su esposa. No me detengo a mirar. Mi objetivo es otro y aunque el llanto y los alaridos de los niños aún en el interior del vehículo, testigos anulados del desangramiento paterno, me llama por algunos segundos, continúo tironeando a Brenda para que avance tan rápido como pueda.
Arribamos a Quilín, casi desfallecientes. Sé que ella necesita un descanso y yo, descubrir qué diablos me pasó en la pierna, pero tengo miedo de detenerme, más aún cuando tropas uniformes de escarabajos de diversas especies comienzan a cruzarse en nuestro camino, asimilando veloces y fugaces cauces en feroz movimiento que espantan a cualquier otro ser vivo que se atraviesa en sus caminos. Atemorizados, nos detenemos para observar su silencioso paso y aunque me niego a creerlo, estoy seguro que algunos de ellos se detienen, me observan brevemente y continúan su camino acelerado. Quizás es el efecto de la abstinencia o la oscuridad reinante que me está jugando una mala pasada, pero percibo en Brenda similar asombro. De todas formas, no es mi mayor preocupación por el momento. Busco desesperadamente un auto que pueda robar para continuar nuestro camino y por supuesto, para protegernos pues el ambiente se torna cada vez más temible e inseguro. A la distancia, veo turbas que combaten el pánico armándose con palos, armas y antorchas, vagando por las calles, buscando culpables donde no los hay. Algunos autos pasan a toda velocidad por la calle, buscando una salida inexistente de la ciudad sitiada por coleópteros y temores antes ocultos, ahora a flor de piel. Intentando pasar inadvertidos, nos deslizamos por la vereda norte, buscando refugio en las sombras de fachadas inermes y árboles crujientes, devorados rápidamente por los escarabajos que nos acechan. Ya puedo ver Vicuña Mackenna, atiborrada de autos en eterno estancamiento, entre bocinazos parasomnes, gritos desquiciados, gemidos inconsolables. Traspasamos las sucesivas barreras de vehículos, sin responder a preguntas ni hacer caso de advertencias, buscando llegar pronto a Valdovinos y de ahí, a calles y pasajes donde espero dar con un carro que nos lleve rápidamente al único lugar que nos va quedando, la casa de Bárbara. Unos muchachos armados con palos, teas y cuchillos se cruzan en nuestro camino. Nos piden dinero, nos piden que paguemos por su inútil protección. No respondemos. Nos siguen con actitud amenazante, alterados por la locura que nos rodea, que se ha apoderado de ellos en lo que imagino, es la oportunidad perfecta de sacar algo de provecho mientras el caos reina. No soporto más la situación y volteo, amenazándolos con la pistola, a pesar de la súplica lacrimosa de Brenda que pugna por arrastrarme hacia las tinieblas en donde cree, nos perderemos. Sé que esa no será solución. Sé que sus ojos hambrientos ven más allá de la oscuridad. Lo veo en sus rostros. Veo las ansias apócrifas de lucha, de sangre, de miedo y de catarsis angustiada. Veo en sus manos engrifadas la sed de cualquier placebo que extermine el pánico y a los escarabajos criminales que han asolado sus territorios absueltos de extremaunción. El temor al negro acerado de mi arma no los contiene, pues continúan acercándose amenazantes, empuñado sus armas paleolíticas, enjaezados por un muchacho moreno y alto cuyo valor choro les sirve como estandarte para seguir avanzando, mientras con mi otro brazo, protejo a Brenda tras mi espalda congelada, seca, engrifada. No hay tiempo para dudar. Disparo dos veces seguidas, dando en medio del pecho del líder antes que caiga al suelo, despaturrado como una marioneta arrojada al interior del armario. Los otros corren entre insultos creativos, coa ininteligible y promesas de una muerte pronta y segura. Tomo a Brenda de la mano y la arrastro calle abajo, sin fijarme en que el asombro, el asco y la inseguridad se han apoderado de ella.
Un brazo que surge entre las rejas de un jardín, intenta detenerme. Me vuelvo furioso, empuñando una vez más la pistola.
-Venga, venga- susurra una voz desgastada, gangrenosa, ultraterrena. Entre las ramas secas de los arbustos y el hierro oxidado de la reja, logro divisar a un anciano de aspecto descuidado, extremadamente delgado, con la espalda convertida en un arco tísico y los brazos largos y canijos, como los del esqueleto de un orangután. Con su mano huesuda nos invita a seguirlo al interior de la casa, pero permanezco inmóvil, conteniendo así también a Brenda.
-Venga, hijo, que ellos van a volver y la pistola no le servirá de nada.
El viejo cierra la puerta tras nosotros. La atmósfera mezcla un profundo e hiriente aroma a naftalina con el de la muerte cercana, como si algo muy dulce estuviese pudriéndose con premeditada lentitud y delicadeza señorial. No tarda en encender una vela que instala en una palmatoria de bronce sobre una mesa que, me imagino, debe hacer las veces de comedor cuando el anciano almuerza o cena en absoluta y monástica soledad.
-Hay que quedarse calladitos, para que no nos escuchen cuando pasen por aquí.
-No creo que los pendejos sepan que estamos aquí- acoto.
-No me refiero a los muchachos. Hablo de los escarabajos. Ellos escuchan hasta nuestra respiración y así saben dónde estamos, qué estamos haciendo, cuántas personas hay en una pieza… y cuándo atacar…
Le creo, simplemente porque ya no sé qué pensar de los escarabajos. Observo a Brenda, mientras el anciano nos sirve dos vasos de agua. Sus ojos están perdidos en la llama queda de la vela distante ¿Cómo explicarle que lo que hice era necesario?...
Escuchamos gritos de inconcebible dolor. Provienen de cerca, quizás unas casas más al sur. Son alaridos espantosos y casi inhumanos que se expanden por la calle, por los hogares vecinos, que se convierten en alfileres aguzados clavándose en nuestros oídos. Brenda colapsa y comienza a gemir. Me acerco a ella con la intención de consolarla.
-No te acerques a mí, Aníbal- ordena, entre sollozos. Vuelvo al sillón. Al poco rato, los gritos se apagan secamente.
-Señorita, si el caballero no hubiera disparado, los chiquillos esos ya los hubiesen matado. Se lo digo, porque ya los he visto hacerlo.
Brenda parece no escuchar al anciano. Permanece con la vista fija en la sinuosa e insegura llama del cirio enteco, buscando respuestas, motivos, causas… a todo lo que está ocurriendo y que nos ha llevado a este punto incómodo, infértil, casi inanimado e incierto, absurdamente incierto… Escucho nuevos gritos y carreras que pasan por la vereda. Creo reconocer la voz de uno de los cumas que quiso atacarnos hace un par de horas, aunque dudo de todos mis sentidos. Incluso, es muy probable que esto sea parte del sueño que tuve en la casa de Bárbara, un sueño que aún no termina, que sigue su curso para mostrarme un futuro alternativo y oscuro, donde puedo verme reflejado en el esqueleto informe que es este viejo que, silencioso y demasiado seguro de sí mismo, nos observa con inexpugnable detención.
-Es hora de irnos- asevero, levantándome de improviso, antes de ser devorado por las pupilas vítreas del anciano.
-No, m’ijo, todavía no. Espere a que amanezca. Es un mucho más seguro.
-Así como están las cosas, dudo que se más seguro de día o de noche- repongo.
-Yo quiero quedarme. Necesito descansar- interviene Brenda, despertando de su nebulosa ensoñación.
-Le presto mi pieza, señorita- recomienda el viejo.
-No, gracias. Preferiría dormir aquí. Tengo demasiado miedo como para estar sola.
El anciano sonríe medio desdentado antes de internarse en las tinieblas de la casa, en busca de una cubierta para Brenda. Aprovecho la ocasión para echar una mirada a mi alrededor y descubrir la tradicional colección de recuerdos de anciano solitario: fotos en sepia ampliadas de sus antecesores, enmarcadas en rigurosa imitación de bronce bruñido, pequeños marcos plásticos de promoción de revelado atiborrados sobre cada mueble, con instantáneas de los hijos, nietos, sobrinos y parientes varios que ya no van a visitarlo; muebles hechizos sostenidos por la fuerza inconmensurable de la trabajólicas polillas, chichería barata en estantes a mal traer, incontables cajas y frascos de medicamentos apiladas en un estante que alguna vez fue elegante, muebles desgastados, abrasados por el fuego del tiempo que quema todo tan invisible como inevitablemente. Y sobre la mesa, junto a la vela, un marco finamente labrado, conteniendo la foto de una mujer de singular belleza, elegantemente retratada en blanco y negro por un fotógrafo que ya tiene que estar muerto…
Me quedo mirando a la mujer. Sus bellos aunque desilusionados ojos me recuerdan los de Alicia. Vago a través de ellos buscando saber qué estará haciendo en este preciso instante…
-Es… Era mi esposa- susurra el viejo, indicándome a Brenda que se ha quedado dormida en el sillón.
-Era hermosa- repongo también en voz baja.
-Una gran compañera y una gran madre. Lamentablemente, el Señor se la llevó de mi lado hace quince años.
-Así es la vida… Así es la muerte…
-Sí. Así es. Todos tenemos nuestro tiempo y las dos cosas, caballero, no van por separado. La muerte es parte de la vida desde el momento en que nacemos y es sólo una cuestión de cómo vamos a morir, el cuándo no importa. Lo que sí importa, es lo que hacemos mientras estamos aquí.
-Eso también da lo mismo, señor. Todos quienes creen en algún dios optan por pensar que la próxima vida será mejor que esta, así es que no creo que la diferencia sea demasiada.
-No se trata de eso. Ni siquiera se trata de Dios o de todas las manifestaciones que queramos darle para nuestro beneficio. Se trata de uno mismo. Es una cuestión de esperanza, no de religión.
-No voy a discutir eso a esta hora, anciano. Lo único que quiero ahora es que amanezca pronto e irme de acá.
-Lo sé. Usted no es de los que aceptan tan fácilmente un cambio en la vida. Yo tampoco lo soy. El tiempo a uno lo vuelve rígido y porfiado y se niega a aceptar la flexibilidad de los nuevos tiempos. Pero, vaya, cuando ocurre algo como esto, pucha que uno se cuestiona todo lo que cree, todo lo que es, todo lo que ha hecho y todo lo que pretendía hacer más adelante.
Ni siquiera lo miro. Cierro mis oídos forzadamente tratando de evitar sus palabras, pero no puedo. Quedan dando vueltas en mi cabeza mientras voy en busca de la mochila por una lata de cerveza y algo de coca. Me da lo mismo lo que el viejo piensa o diga. Le paso una lata que acepta con elegancia discreta y luego, tomo una de las fotos. Hago un par de rayas sobre el vidrio poroso y me las tiro en cosa de segundos para luego limpiarla con la manga de mi chaqueta y dejar el marco donde estaba. El viejo no dice nada. Me mira con una sonrisa resignada y le da un par de tragos a la cerveza segundos antes que una tropa de Scarabaeinae, de inusual tamaño, se cuelen por debajo de la puerta de calle. Ambos, azorados, nos quedamos mirando su avance un tanto inseguro por la piso de la sala. Parecen oliscar el aire, levantando sus mandíbulas demasiado desarrolladas, dirigiéndolas en todas direcciones. Deben ser una centena realizando el mismo gesto explorador. Luego, se concentran en el viejo y en mí, como si quisieran reconocernos y en seguida, se retiran en ordenado batallón por la misma ranura escueta por la cual han arribado. Capto en el anciano cierta desilusión lastimera por aquella partida, pero no digo nada. Me siento en el sillón que he ocupado durante ese pedazo de noche y enciendo un cigarrillo. El anciano le da un par de sorbos más a la cerveza antes de quedarse mirando la foto de su esposa con fijación nostálgica, un tanto amarga, pero aún así, comprometida y enternecida por las circunstancias surrealistas que nos envuelven como una interminable carcajada demoniaca.
-Ya está amaneciendo- murmura el viejo, luego de un rato, quizás minutos, quizás horas. Me acerco a Brenda y trato de despertarla con ternura. Ella comienza a desperezarse lentamente hasta quedarse mirándome con una indefinida expresión que mezcla el odio, la compasión y la ternura maternal.
-Muchas gracias por todo, don…
-Mi nombre no importa, caballero. Vayan con Dios y tengan la esperanza que todo esto ya va a pasar- me responde el anciano mientras Brenda lo abraza con sincero cariño.
-Venga con nosotros- invita ella, sin dejar de mirarme, buscando una afirmación que no puedo darle.
-No, hija. A estas alturas sólo quiero esperar. Pase lo que pase, voy a estar bien. No se preocupe.
Ella busca la insistencia en mí, pero no se la doy. No por egoísmo. Veo en el rostro del viejo la necesidad irrenunciable de esperar lo inevitable. Le echo una mirada a las fotos que tiene repartidas por todos los rincones de la sala y sólo tiendo a imaginar que ha llegado a la última encrucijada de su vida, aquella en la que no tomas decisiones, si no que simplemente esperas que algún poder superior te indique cuál es el próximo paso. Tomo a Brenda de la mano y la llevo suavemente hacia la calle. Ella no dice nada. Parece que ha percibido en el anciano aquella necesidad de enfrentare solo a la muerte… o a lo que venga. Bajamos por los pasajes que se desprenden de Valdovinos hacia el sur. Casi al llegar a Pedro Alarcón, encuentro un Toyota Yaris que al parecer está en buen estado, aunque su conductor no cuidó para nada la forma de estacionarse, dejando sobre la vereda la mitad anterior del auto y la otra, mirando aculatada hacia la calle. Rompo el vidrio con una piedra y no pierdo tiempo en limpiar las diminutas astillas que han quedado en asiento. Descerrajo la chapa con la cacha de mi arma y no tardo en dar con los cables de contacto que echan a andar el motor. Las cortinas de la casa que está frente a mí se mueven constantemente, pero nadie aparece por la ventana ni por la puerta principal. Un ejército de escarabajos marcha rápidamente en dirección norte y se pierde en la esquina siguiente antes que saque el auto de su inusual estacionamiento. Lo llevo lentamente calle abajo, hasta dar con avenida Las Industrias. El panorama es desolador. No hay un alma en las calles y tropas de escarabajos se deslizan constantemente en todas direcciones, en militar orden, pero desprendiendo de sus marchas una extraña algarabía. Avanzo entre los autos desperdigados por la avenida, tratando de evitar las masas informes de coleópteros que van y viene a su regalado gusto, más que amenazantes, jubilosos y juguetones. Santiago nunca lució tan deprimente, tan oscuro, tan muerto. Los frontis de las casas parecen signados por marcas destinadas a conjurar una peste bíblica y las pocas personas que vemos vagando por las calles parecen más zombies de mala película Z que los soberbios habitantes de la urbe que estaba acostumbrado a ver día a día. Brenda no ha vuelto a abrir la boca. Tomamos Departamental en busca de Santa Rosa, pero debemos desviarnos por las estrechas calles laterales, pues los autos abandonados clausuraron el paso en ambas direcciones. Es entonces que, en una de las esquinas, veo a un grupo de perros jugando alegremente, ladrándole al sol, involucrados en persecuciones circulares que terminan en mordiscos suaves y despreocupados. Me quedo mirándolos por un rato antes de seguir mi camino.
-¿No te habías dado cuenta?- inquiere Brenda.
-¿De qué?
-De los animales. Hace rato que los veo. Gatos, ratones, perros, pájaros… Son los únicos que parecen no preocuparse por lo que ocurre.
Probablemente tenga razón. La verdad es que no me he fijado. Durante todo el trayecto me he concentrado en buscar algún ser humano que parezca estar medianamente en sus cabales y no lo he encontrado. Quizás debí insistirle al viejo que viniera con nosotros, pero es muy probable que hubiera rechazado una y otra vez la oferta, convencido de esperar a los escarabajos que en algún momento, terminarían con su miseria.
Nos es difícil avanzar por Santa Rosa hasta llegar a Observatorio, a pesar de enfrentarnos constantemente a vehículos esparcidos en desorden histérico por toda la avenida. Nos detenemos frente a la casona de Bárbara, pero antes de bajar, Brenda me toma del brazo.
-¿Te das cuenta de lo que hiciste?
-Sí, maté a una persona, un tipo que no conocía, que nos amenazaba y que nos hubiera asesinado a nosotros de tener la oportunidad ¿Algún problema con eso?
-¿No tienes ningún remordimiento, ningún nube oscura en tu conciencia?
-No acostumbro a arrepentirme de las cosas que hago… si es que las recuerdo. Y estoy seguro que si no pensamos en algo pronto, no me quedarán muchos días para acordarme.
Golpeamos las rejas reiteradas veces. Por momentos, por mi cabeza cruza la imagen certera de Bárbara y Catalina siendo devoradas por espantosos y gigantescos escarabajos que están haciendo un ampuloso festín con sus vísceras. Quizás sea lo mejor para ambas… La puerta de calle se abre. El rostro de Bárbara ha perdido su exagerada femineidad producto de las ojeras y la barba incipiente que le adorna la barbilla temblorosa. Me maldice con la mirada antes de abrir.
El cansancio de todas esas horas se abate sobre mí una ve que puedo reposar mi cuerpo sobre el amplio diván de la sala.
-¿Me puedes decir quién es ella y qué vamos a hacer ahora?
-Ella es Brenda, trabajaba en el boliche de Mendieta… Tenía que ir a buscarla… No me preguntes por qué, pero tenía que sacarla de ahí… Y primero necesito descansar antes de hacer cualquier cosa, porque no he dormido nada y no fue una noche muy tranquila que digamos-. Abro una de las cervezas algo tibias que quedan en la mochila y me lleno la garganta de bilis amarga. Bárbara le indica a Brenda dónde hay un poco de agua para lavarse y en seguida, dónde hay una habitación para que descanse un par de horas.
-¿Un par de horas?- replico.
-Sí, Aníbal, un par de horas. Ni yo ni Catalina soportamos un minuto más encerradas acá. Si crees que tu noche fue mala, la nuestra fue peor, así es que trata de dormir mientras nosotras terminamos de preparar nuestras cosas para irnos, ¿okey?
-No vas a estar más segura allá afuera que acá a dentro. Ya he visto suficiente como para saberlo.
-Eso lo voy a decidir yo- espeta Bárbara, con total seguridad antes de dar media vuelta.
Me quedo solo en la sala, recostado sobre el diván, con la cerveza en una mano y cigarrillo recién encendido en la otra. Estoy seguro que salir de aquí no será mejor ni peor que quedarnos. Hasta ahora, los escarabajos no nos han hecho nada y no creo que lo hagan, quizás porque existe la posibilidad que todos los escarabajos del mundo sepan que los que yo cuidaba, prácticamente vivían en terrarios cinco estrellas y su matadero era de lo más pulcro y aséptico. Es una probabilidad. No creo que su indiferencia por nosotros sea casual. Javier, yo, los bichos, todo tiene una relación aunque estoy muy lejos de saber cuál. Por eso es que hasta ahora, aún estamos vivos. Por eso es que aún estoy aquí, retozando y pensando estupideces mientras dejo que el agotamiento me impulse muy lentamente a cerrar los ojos y dormir…
-¿Cómo estás?-. Es la voz ínfima de Catalina la que me despierta. Me quedo mirándola. A pesar de todo lo ocurrido, se ve hermosa. Ha recuperado el rostro y la postura desvalida de la edad que tiene, dejando atrás aquella actitud un tanto putanesca que tenía cuando llegó a casa. No sé cuántas horas han pasado, pero a través del ventanal que da a la calle, percibo el sol iniciando su retirada, imperturbable y ajeno a todo lo que ocurre en la faz de este asqueroso planeta arrasado por una especie… inferior… Sonrío y pienso en todas las veces a lo largo de la triste historia de la humanidad, en que nuestra soberbia nos ha llevado al borde del abismo de la exterminación y hoy, más que nunca, nos encontramos en el aire, en medio del fatal vuelo sin regreso que pensamos sería con paracaídas o montados sobre una máquina davinciana que nos llevaría con seguridad estólida a un nuevo suelo. Pero no fue así y cualquier pronóstico científico o ficcionado está lejos de todo lo que está pasando a nuestro alrededor. Le acarició la cabeza, sintiendo por fin algo de real ternura por la pequeña. Tras ella, al borde la sala, percibo la presencia de Brenda. No puedo definir la expresión de su rostro, pero supongo que todavía me recrimina por lo ocurrido durante la noche. En fin, algún día se le olvidará… si es que todavía nos quedan días por delante…
-Es hora de partir- dice, en voz baja, acercándose a paso lento.
-No sé si sea la mejor decisión- sentencio, sintiendo que no soy quien ha movido mis propias cuerdas vocales.
-Sería lo más lógico. Bárbara está preparando sus cosas desde hace rato para partir y creo que todos necesitamos un lugar donde estar tranquilos lejos de todo… esto…
-Ni siquiera sabemos lo que está ocurriendo fuera de la ciudad- replico. En ese instante, un sonido atronador remece las paredes de la casa. Nos miramos, buscando alguna explicación certera en los ojos ajenos, pero no la hay. Subo atropelladamente al segundo piso y desde la ventana de una de las habitaciones que mira hacia el norte, veo una naciente pero oscura columna de humo que se levanta aterradora, recortándose sobre el atardecer. No quiero imaginar ni deducir razones para aquel desastre que de inmediato, temo se esparza por el resto de la ciudad. Quizás es un motivo más y uno muy poderoso para dejar la ciudad atrás de una vez por todas, pero mientras Bárbara, Brenda y Catalina entran en medido pánico, un pequeño carabus auratus de brillantes élitros verdes, más parecidos a esmeraldas pulidas, me observa desde el otro lado del vidrio, moviendo rítmicamente sus patas delanteras. Me quedo observándolo mientras las primeras llamas de fantasmal altura se asoman sobre los techos chatos de las casas ubicadas a un par de manzanas. Sentimientos que no puedo controlar me ordenan imperiosamente volver a la casa de Ñuñoa, asegurándome a gritos y de rodillas que las respuestas que necesito están ahí, ahora… Pero yo no necesito respuestas, necesito que todo esto termine de una vez por todos, necesito volver a la vida que conocía, con sus defectos y virtudes, necesito ansiosamente recuperar el equilibrio absurdo de mis borracheras, de mi labor como cuidador de escarabajos, del silencio y la inmovilidad mental al que estaba acostumbrado… No necesito respuestas, necesito mi vida de vuelta… Pero aún así, les digo a las mujeres y a Bárbara que preparen sus cosas, que nos vamos a ir, pero que es absolutamente importante que pasemos primero por mi casa. Antes de recibir sus reclamos en mi rostro, invento que es probable que la salida norte de Santiago esté más despejada, que es mejor ir a la playa, a un clima en el que pocos coleópteros puedan vivir. Sé que es mentira, que ellos llegarán a cualquier parte, que ya no importa el fuego, ni el agua, ni los insecticidas, ni la temperatura, ni las oraciones. Ellos son indestructibles. Pero debo intentar tranquilizarlas y regresar a la casa. No sé por qué, pero debo regresar.
No demoramos mucho en preparar el auto para el viaje. Bolsos llenos de alimentos, maletas que apenas contienen ropa en desorden, y carteras componen nuestro equipaje. Yo me conformo con llevar una ración de alcohol desmedida y que Bárbara cargue entre sus cosas una buena dosis de cocaína. La convenzo diciéndole que no sólo será para uso personal, si no que también puede servir como moneda de cambio. De todas formas, siento un nudo en el estómago, porque aún no puedo explicar racionalmente esta decisión que a cada momento, me parece de lo más absurda. Iniciamos nuestro viaje lentamente, evitando las tropas de escarabajos que se han multiplicado en voracidad y cantidad. Muchas casas yacen en el suelo, socavadas por el hambre de los bichos que parecen festejar su hazaña desde las veredas, corriendo rápidamente hacia la siguiente vivienda. A lo lejos, avizoramos nuevas columnas de humo espeso. Ni una persona en las calles, ni en las ventanas de las casas que aún permanecen en pie. Algunas bandadas pasan por sobre nuestras cabezas, quizás buscando nuevos lugares dónde instalar sus nidos. Perros y gatos se pasean en libertad, conquistando los terrenos vedados a sus especies por tantos siglos. No quiero arriesgarme a suponer que los visionarios más catastróficos tenían razón y que ha llegado el momento en que la naturaleza, aburrida de tantas advertencias, ha decidido tomar el toro por las astas y poner las cosas en orden, retornar al equilibrio que ella y nosotros necesitamos. Me sorprende estar pensando en estas pavadas. Lo más probable es que se trate simplemente de un mal guión de ciencia ficción, en el que escarabajos mutantes acabarán con toda la humanidad y regirán el planeta a su regalado gusto, convirtiendo nuestras ciudades en gigantescos menhires y los túneles del metro, en nidos subterráneos.
Anochece. El avance se hace más complicado. La oscuridad es absoluta. Ellas permanecen en silencio. Bárbara también. Observan el entorno con monstruoso respeto, buscando alguna señal de vida que no llega. Al fin, arribamos a la casa que aún se mantiene en pie. Una cohorte se escarabajos nos recibe. Ellas no quieren bajar del auto, pero las abro la ruta con confianza, avanzando entre los bichos, cargando algunas maletas, esperando que tomen una decisión fatal, o bien, que simplemente permanezcan atentos a mis movimientos como lo han hecho hasta ahora. Abro la puerta y desde ahí, les grito para que bajen. La primera en hacerlo es Catalina. Entre las tinieblas logro divisar el terror cincelado en su rostro, pero aún así, camina entre las masas informes de escarabajos que se mantienen a cierta distancia, permitiendo la aparición de un sendero difuso pero seguro, que parece moverse como un endeble puente de cuerdas y tablas. Brenda y Bárbara no tardan en seguirla, más atemorizadas que la pequeña, que se refugia a mis espaldas, atenta a lo que ocurre afuera.
Busco algunas velas en la cocina. Ilumino escasamente la sala y les pido que me esperen mientras voy en busca de los cuadernos de Javier que desprecié en mi anterior visita. Quizás sean el único asidero que tenga para explicar lo que pasó. No a mí, pero si a los probables sobrevivientes de este caos. Aunque hay escarabajos corriendo en todas direcciones, la tranquilidad parece haberse apoderado de ellas y, con las piernas recogidas sobre los sillones, esperan mi regreso.
No hay señales de bichos en la planta alta. La habitación de Javier permanece inmaculada y pulcra. Dejo la vela que me acompaña al borde de la gaveta superior del armario, iluminando los lomos de las investigaciones de Kelly. Antes de comenzar a arrojar los libros sobre la cama, percibo ciertos cambios en su orden y que algunos de ellos, que no vi anteriormente, han vuelto a aparecer y otros, que pude revisar, no están. Entonces sé que las respuestas que necesito, están en el subterráneo, escondidas tras una puerta blanca.
Amartillo el arma y voy en busca de Javier. Ellas se mantienen en silencio al verme con el arma. Con gestos certeros, les pido calma. Continúo mi camino hacia el sótano. Avanzo mudo y felino entre los terrarios vacíos, apenas iluminados por la vela que sostengo con asfixiante angustia. Siento que cientos de escarabajos me vigilan, pero no puedo verlos entre las sombras que me rodean. La puerta blanca del laboratorio de Javier aparece frente a mis ojos como una interrogante solidificada en pintura descascarada y madera podrida.
-Sé que estás ahí. Abre la puerta.
Apunto hacia delante, a la altura de mi cabeza, que es la altura de la cabeza de Javier.
-Sabía que ellos te harían volver.
Su rostro luce pálido. El brillo de sus ojos ha sido devorado por la luz del cirio que ilumina el laboratorio. Sus manos tiemblan. Pero su voz es exactamente la misma.
Etiquetas:
El Buen Escarabajo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)