viernes, 2 de enero de 2009

El Buen Escarabajo (Capítulo 6)

VIERNES
Can't you see them?

Can't you see them?
Roots can't hold them
Bugs console them
LITTLE RED ROBIN HOOD HIT THE ROAD. ROBERT WYATT

El dolor se diluye entre las caricias carnívoras de Brenda. Me dejo llevar por el calor de sus manos, por los jadeos cadenciosos y ahogados que le conmueven la garganta. Sus pechos reposan sobre mi tórax, libres, hermosos, cándidos y generosos. Siento su entrepierna depositarse sobre mi pene como una ave anidando sin ningún apuro, ajena a la fiebre que me quema por dentro, que exacerba el ritmo cardiaco marcado por el palpitar desenfrenado de mis sienes y entonces pienso que sentir sus besos de aquel modo tan intenso, que apretar sus caderas como si nunca antes hubiese usado mis manos, que convertir sus jadeos torvos en rugidos de feroz placer, no es más que efecto de la fiebre que me quema, que ha convertido la llama de la vela en un sol rojo y omnipresente y la cama, en nuestro propio y eterno universo abrasado por nuestros movimientos en perfecta armonía.

Exploto como la última bala disparada por el cañón del un heroico mártir. Exploto como una estrella intentando iluminar todo el universo. El éxtasis estremece mi cuerpo y el de ella, que refugia su cabeza transpirada en mi pecho aún agitado, paralizado por aquella sensación de pasión y placer enraizados en un solo e inexplicable sentimiento de hipnosis atemporal. Dejo que mi semen se interne en sus entrañas como si aquello fuera lo más cercano a la eternidad que he conocido. Brenda se queda abrazándome con cansada ternura por varios minutos antes de levantarse pausadamente para colocarse el pantalón. Sin quererlo, al bajar de la cama, mete el pie en la palangana con agua y trapos. Ríe como una cascada de diamantes y otra vez siento mi cuerpo estremecido por todas aquellas sensaciones que nunca pensé podía percibir. Pero disimulo. Contengo la emoción a duras penas, evitando la posibilidad insulsa de esperanzas propias o ajenas. Y mientras el remanente de la erección vencida se retira y el dolor de la pierna vuelve a convertirse en la pura y sórdida realidad, me doy cuenta que aquel incendio se ha extinguido, que los colores opacos de la habitación han vuelto a tomarse mis pupilas y que la mirada perdida de Brenda me observa otra vez en memorial silencio desde el borde de la cama. Imagino que es demasiado tarde para mí; quizás hace un par de años aquella situación hubiese bastado para hacerme dejar todas las absurdas, brutales y nefastas certidumbres que se han convertido en el capullo herrumbroso que me protege de un mundo que no quiero… Qué digo… Aquel mundo ha desaparecido y si es así, entonces ¿por qué diablos no me lanzo al vacío y me arriesgo a respirar nuevamente?... Estoy a punto de decir algo mientras Brenda coloca un paño frío en mi frente. Ella lo sabe, espera mis palabras con transparente ansiedad. El brillo de mis ojos percibe claramente aquella necesidad en el brillo de los suyos y de verdad, no sé si lo que vaya a decir es lo correcto o no, pero ya he cometido tantos errores que a estas alturas da lo mismo. Entonces, tomo aire… Pero me contengo. Escucho llegar el auto…

La mirada de Brenda se apaga. Su rostro me recuerda el de la mujer incógnita que me acogió en su departamento hace tan pocos días, tan pocas horas que sin embargo se han transformado en eras cámbricas que me es difícil recordar. Veo las bocas de Javier y Bárbara moverse, pero no los escucho. El rostro de Brenda se confunde con la oscuridad y en extraño rito se asimila con las penumbras que cobijan el sueño inquebrantable de Catalina. Kelly me inyecta lo que supongo es penicilina y siento cubos de hielo avanzando por mis venas antes de cerrar los ojos con la vaga idea de no abrirlos más.

Pero los abro. Está amaneciendo. Los demás duermen, aunque no distingo cómo se han repartido las camas. De alguna manera, la luz grisácea y tenue que se filtra por las ventanas de la cabaña me hace recordar la casa de Ñuñoa. Lo único que falta es el escozor insidioso enquistado en mis fosas nasales y el mareo agradable y cáustico que me obliga a buscar una lata muy helada de cerveza. Nada de eso hay ahora y vuelvo a desear el regreso a mi antigua vida, a esa que ahora parece un relato de reunión de alcohólicos anónimos. He recuperado la temperatura y aunque la pierna aún me duele, me levanto. Descubro que la herida ha sido cubierta por un parche que, durante la noche, ha drenado la infección, convirtiéndose en una pequeña obra surrealista de lienzo albo pintarrajeado por algunas manchas amarillentas y rosáceas.

Saco los cigarrillos del bolsillo de la camisa que reposa a los pies de la cama y parto en busca del exterior. Desde le porche diminuto y crujiente logro ver el océano cubierto por una fina capa de neblina. Las nubes se ciernen sobre mi cabeza con la calma quieta de un ejército de pandas. El humo del cigarro se confunde con ellas y por un momento, creo entender finalmente todo lo que ocurre. Percibo el silencio, la paz, la tranquilidad y el significado del paisaje que me rodea sin ninguna interrupción. Los cables del teléfono han sido cortados para siempre. Las bocinas, acalladas por tapones de élitros endurecidos como fósiles. Los aviones yacen en tierra, en indefinibles estado larvario. Los televisores y las radios son escombros de otra época. Los computadores serán derretidos por los rayos de un sol tan amable como inclemente. Y nosotros, bueno, nosotros deberemos buscar nuestro destino en alguna parte. De eso se trata todo esto. Eso es lo que ellos querían.

-¿Te sientes mejor?-. Catalina está envuelta en una frazada y en sus manos sostiene una botella de bebida.

-Sí, un poco, pero no sé si es por los medicamentos o simplemente porque hacía mucho tiempo que no estaba lúcido a esta hora.

La pequeña se empina y olisca el aire con deleite.

-Y yo, hacía muchos años que no venía a la playa- sonríe con deliciosa ternura. Brenda es la siguiente en salir. Se despereza sin vergüenza y se queda mirándome con complicidad. No puedo evitar recibirla en mis brazos y vuelvo a sentir aquella inexplicable explosión de emociones que me conmovieron la noche anterior. Desde la cabaña del frente, aparecen los ancianos. Sus rostros brillan esperanzados y nos miran como si fuéramos un ejército salvador. Yo sólo pienso que en el auto no queda espacio y que esta huida no nos ha llevado a ninguna parte.

Es Javier quien se acerca a conversar con ellos. Yo vuelvo al interior de la cabaña, a echarme un rato más antes de la probable partida. Aunque el dolor ha disminuido notablemente, aún me siento débil. Bebo algo de agua y pienso en tirarme unas rayas, para ver si eso me ayuda a regresar al mundo real, al estado corrupto en que me siento capaz de conquistar el universo, pero no es el momento, menos con Catalina siguiéndome a todos lados, sumamente preocupada de mi estado de salud. Bárbara y Brenda preparan un desayuno bastante plástico, en donde los alimentos construidos sobre base de colorantes y conservantes ocupan casi todo el plato. Javier regresa con noticias y con los viejos. Hay que ayudarlos y llevárselos con nosotros. Para eso, necesitamos otro auto. Me pregunta si estoy dispuesto a manejar. Le digo que está loco, que sólo a él se le ocurre dárselas de buen samaritano considerando la situación. Todos palidecen. No es primera vez que estoy sólo contra el mundo, pero desisto. Si el plan es buscar otro lugar en donde reposar los huesos, perfecto, habrá que seguirlo porque es lo que más necesito, así es que le digo que yo iré a buscar otro vehículo, pero necesito que Bárbara me acompañe porque es la única que sabe manejar. Javier asiente apenas convencido. Bárbara nos maldice y asegura que por ningún motivo volverá al centro de la ciudad en compañía de un imbécil próximo a ser amputado. Río antes de pedirle que no tiene otra opción que acompañarme si quiere encontrar un lugar seguro en dónde salvar su pellejo. Dejamos atrás la cabaña con olor a naftalina, nos sacudimos las imaginarias alas de polilla que se han posado sobre nuestros cuerpos y pronto, también dejamos atrás la playa, en dirección a La Serena.

Siempre que pensé en una hecatombe a escala mundial o en el apocalipsis, imaginé que todo estaría lleno de cadáveres, fuego, columnas de humo, gritos espantosos, sangre regada por las calles y gigantescos robots arrasando todo a su paso. Pero la ciudad luce tranquila. Hay algunas señales de incendios masivos, la mayor parte de las casas y edificios estén en el suelo, pero no hay sangre ni carne putrefacta en ninguna parte. No tardamos en ver a algunas personas vagando en grupos de lento avance entre los escombros y la soledad y también tropas de escarabajos moviéndose en acompasada letanía por las calles silentes. Tratamos de evitar a la gente, pero a poco andar nos damos cuenta que en su mayoría, se trata de niños y jóvenes a simple vista inofensivos, de ancianos, de algunos adultos en cuyos ojos apenas cabe la expresión de nefasto desarraigo producto de tan incongruente situación. Bárbara no se siente cómoda. Todavía teme ser víctima de los bichos o de una turba furibunda que busca sobrevivir a cualquier precio pero yo sé que aquello no ocurrirá.

Veo una camioneta doble cabina. Me parece el vehículo ideal para continuar nuestro viaje. Bajo para comprobar el buen estado que demuestra tener y no tardo en echar a andar el motor. Un grupo de jóvenes y niños se acerca tímidamente. A pesar de sentir que son inofensivos, echo mano al arma que oculto en mi espalda. Bárbara se queda en el interior del auto, comprimida por sus propios temores.

-¿Dónde va, caballero?- pregunta el joven que encabeza el grupo.

-No lo sé todavía, ¿por qué?

-Es que no sabemos qué hacer… Necesitamos que alguien nos ayude…

-Lo siento, chiquillo, pero nosotros tenemos nuestros propios problemas.

El rostro del muchacho se deforma en una mueca de tristeza y desconcierto que apenas me atrevo a atisbar.

-Miren, cabros, tienen de todo aquí. Pueden comer en los supermercados, bañarse en el mar, refugiarse en las casas que aún están en pie. Nombren a un presidente, un directorio, hagan elecciones democráticas el próximo año y arréglenselas como si fueran compañeros de curso…- El chico me observa confundido. Me quedo callado por un minuto, esperando que atine a decirme que tengo razón, que ellos pueden arreglárselas como en El Señor de las Moscas, pero sus ojos apenados se quedan mirándome en busca de una respuesta que me siento obligado a dar. Maldigo mi decisión. -A ver, dime si has visto por aquí cerca una convi o un camión. Supongo que vamos a tener que cargarlos a ustedes también.

Los chicos se deshacen en explicaciones y descripciones de lugares en dónde hallar un vehículo de mayor tamaño. Rescato las indicaciones que me parecen más fiables y enfilo rumbo al norte, acompañado por tres muchachos de no más de quince años que me preguntan por la cojera, que me cuentan lo que les ha pasado en los últimos días, que me agradecen salvarlos y yo me pregunto de qué. Sea como sea, la vida seguirá su curso, con nosotros… sin nosotros… Veo el camión tres cuartos que los chicos han anunciado y su estado no es el mejor. Además, ya no tiene combustible. Vuelvo donde Bárbara que finalmente, ha dejado de lado sus prejuicios iniciales y ha entablado una animada charla con los demás muchachos. Me doy cuenta que la cantidad de abandonados en busca de salvación ha aumentado. Debemos movernos rápido antes de llenarnos de huérfanos famélicos, así es que subo a Bárbara como copiloto y al que parece ser el líder en el asiento trasero para que me indique dónde está la bencinera más cercana.

El viejo que cuida el lugar teme de su propia sombra. Pretende cobrarnos por entrar al minimarket y por el combustible, pero lo hago desistir mostrándole la pistola. Me pregunta dónde vamos y le digo que se vaya a la mierda, que cómo puede ser tan descarado después de intentar lucrar con la desgracia ajena, pero Bárbara se apiada. Yo ya no quiero discutir. La pierna ha vuelto a dolerme insoportablemente, convirtiéndose en un ancla que consume todas mis fuerzas con el solo hecho de mantenerla en movimiento. Siento que la fiebre regresa con nuevos y sarcásticos bríos, pero saco fuerzas de flaqueza. Ni la penicilina ni los antibióticos me sacaran de esta. Sólo unas buenas rayas alejarán el dolor de una vez por todas. Sólo unos buenos tragos curarán la herida. Es por eso que no dudo en cargarme con un pack de cervezas tibias mientras el viejo y el muchacho, que dice llamarse José, echan bencina en bidones plásticos que acumulan en el maletero del auto. Algunos curiosos nos observan de lejos. Quieren acercarse, pero el temor puede sentirse a metros. Exhibo la pistola mientras engullo cerveza con deleite sacrosanto y sí funciona, el alcohol que se me mete en la sangre espanta el dolor a palos y con rapidez. Nos largamos a cierta velocidad en dirección al tres cuartos. Echamos el combustible en el estanque, mientras más curiosos aparecen en las esquinas, temerosos, pero muy atentos a nuestros movimientos. Amagan acercarse. Bárbara y los muchachos comienzan a entrar en pánico y yo, sólo quiero echarme en una cama, descansar, olvidar, tomar, jalar, involucionar. Doy un par de disparos al aire y eso desocupa inmediatamente la calle. Subo al camión, con el viejo y uno de los muchachos como copilotos, y los demás niños como pasajeros. Bárbara aborda el auto con José a su lado. Regresamos a la playa y no hago caso del asombro de Javier y de Brenda. Él quiere decirme algo, regañarme, encontrar respuestas, pero no quiero hablar. Quiero irme, irme de verdad, avanzar por la carretera, dejarlos en algún pueblucho libre de escarabajos y amenazantes entes infrahumanos y continuar mi camino hacia quizás dónde… O quizás, sólo deseo volver, reencontrarme con esa ciudad fantasma que ahora, no es tan diferente de cómo yo la veía antes de la conquista de los bichos. Las personas sólo pasaban como sombras junto a mí y el encierro mental y físico me mantenían tan aislado de todo y todos, como ahora… No, no como ahora. Tras de mí un montón de cabros chicos se tambalean siguiendo involuntariamente las fallas del camino que yo apenas percibo. Vuelvo a llenarme el buche de cerveza, ante la mirada desaprobatoria de Brenda y Catalina que han reemplazado al viejo y al niño que ahora se agitan sobre el acoplado, esperando ser llevados a una tierra prometida que no existe. Que nunca existió. Todas las prejuiciosas ideas sobre el fin del mundo no alcanzaron para adivinar lo que realmente iba a ocurrir y tengo la impresión que ni los oráculos más concupiscentes pudieron dar con la clave premonitoria a tamaño desastre. A la distancia, una sombra quiebra los colores pálidos y sinuosos que rodean la carretera. El auto, que va delante de mí, comienza a detenerse con lentitud. La sombra que se extiende sobre la carretera y que se esparce hacia oriente y occidente tiene vida. Se mueve caóticamente pero sin avanzar ni retroceder. Los escarabajos parecen prepararse para un combate a escala global y eso hace que Javier se detenga definitivamente. Nos quedamos frente a millones de coleópteros que permanecen en guardia, quitándonos toda posibilidad de avance, a excepción de un deslavado camino de tierra que se interna en dirección del valle que avizoramos tras la cercana columna de cerros erosionados y aún cubiertos por algo de vegetación.

-¿Qué hacemos?- pregunta Javier. Yo enciendo un cigarrillo.

-¿Te parecería buena idea esperar hasta que se decidan a morir o devorarnos?

Observo por algunos segundos los rostros que están en los vehículos, apenas visibles tras los vidrios empolvados. El terror ha hecho presa de ellos.

-Será mejor que tomemos ese camino- le digo, indicando la ruta casi invisible que se interna en los cerros.

-¿Estás seguro? Ni siquiera sabemos dónde nos llevará.

-Supongo que a un lugar seguro… Mira, los bicharracos nos están cerrando el camino, pero nos han dejado esta ruta libre ¿No eras tú el que creía que por alguna misteriosa y superior razón, nos habían reunido? Bueno, pues no creo que esto sea una coincidencia.

Javier quiere replicar algo a mis palabras sarcásticas, pero en vez de eso, se queda mirando los cerros chatos y frágiles como caderas de anciana desahuciada. Supongo que piensa en lo que ha ocurrido en los últimos días, en sus propias decisiones y en sus teorías conspirativas.

-¿Qué vamos a hacer?- pregunta Bárbara luego de bajar la ventanilla del auto.

-Lo que los escarabajos quieren. Ir cerro arriba- respondo, antes de regresar al camión. Bárbara me mira con extrañeza antes de volver a meter la cabeza en el auto. Sigo el lento andar de Javier que al parecer, aún teme una emboscada de escarabajos voladores que surgirá de la nada, de la misma enclítica nada que nos rodea sin prestar atención a nuestro avance cansino y agónico, como de elefantes en busca de ancestral cementerio. Alcanzo a ver la carretera por el retrovisor y el ejército de coleópteros firmemente costrificado en medio de un paisaje que me parece francamente surrealista. Vuelvo la vista hacia el frente y me encuentro con el camino enteco y sinuoso, casi vencido por el rigor del clima centenario. Los cerros parecen espejismos de redondeado perfil y se repiten a si mismos, cubiertos por algunas manchas de pasto salvaje, arbustos empolvados y piedras de curiosas formas diseminadas hasta donde alcanzan nuestros ojos avizores en busca de alguna señal humana de vida. Nos detenemos unos minutos a comer algo, cuidando de racionar nuestras provisiones aunque a simple vista, tenemos para varios días. Me preocupa saber que la lata que tengo entre mis manos es la última que saqué del minimarket. Intento recordar si me queda más trago en otra parte, pero ver a Brenda repartiendo agua entre los niños me aturde. Era imposible imaginarla así hasta hace tan solo unos días; dedicada, tierna, comprensiva, sonriente, acogedora, maternal… Trato de volver a recordarla como era antes y recrearla en el escenario del Magia Negra, cubierta por lentejuelas escasas y lánguidas, con la pintura difuminada por el sudor, con los labios golosos y rojos hipnotizando machos y la mirada fiera concentrada en la nada… Pero es imposible. Se limpia la frente delicadamente y se sacude el pantalón con cuidado, para luego apretar el nudo del pañuelo que le protege el cabello. Miro los cerros y no percibo ningún rastro de los bichos. Subo al camión y echo a andar el motor. Atardece y debemos encontrar pronto un lugar dónde acampar.

-Toma- Brenda me extiende una botella de vodka a medio tomar. La recibo, sorprendido.

-Estaba en la mochila que sacaste de tu casa. Hay más trago ahí, pero por ahora creo que eso te bastará- explica, sin mirarme. Me mando un trago que de inmediato me inflama la garganta. Me hace sentir bien. Extremadamente bien.

Luego de sobrepasar una interminable loma y con el sol cortado por el horizonte serpenteante, nos encontramos frente a un valle que, por lo menos desde la distancia, luce bastante fértil. Un riachuelo artrítico lo cruza de lado a lado e incluso se aprecian unas casuchas apiladas junto a ordenados sembradíos, al borde del lecho del rebuscado curso de agua. Los demás festejan y vitorean, pero sólo hasta que el ruido de nuestros motores comienza a hacer aparecer figuras humanas que aún no sabemos si son amistosas. Preparo el arma. Hace rato que siento deseos de darle un tiro a alguien. Quizás desde que no me atreví a dispararle a Javier en el sótano. Brazos batientes en señal de cálido saludo nos reciben, ahuyentando los temores, distendiendo la llegada, acogiendo el descanso necesario.

No me preocupo de saludar a los habitantes de aquel lugar, aunque escuchando algunas conversaciones, descubro que han llegado hasta ahí después de similar peregrinaje. Vienen de todas partes, huyendo de los escarabajos, sin darse cuenta que los mismos bichos nos han llevado hasta ahí, quizás hasta para darse un último festín. Ayudado por el anciano de la bencinera comienzo a descargar nuestras provisiones, mientras la noche cae definitivamente sobre nosotros. Algunos personajes se acercan para saludarme, pero los espanto con frialdad. En este momento, sólo hay una persona con la que quiero conversar.

Vuelvo a la cabina del camión. Bebo algo de vodka y me fumo un par de cigarros antes que Javier venga por mí.

-De verdad te quieres morir, Aníbal, ¿no es así? Pusimos en riesgo nuestras vidas para inyectarte antibióticos y mira… Sabes que así no terminarás con la infección.

-Es el momento, Javier. Además, créeme que estando borracho, el dolor realmente desaparece.

-Si estás buscando lástima, no creo que la encuentres aquí.

-No busco nada. Bueno, sí, quiero estar tranquilo. En eso me podrías ayudar dejándome solo.

-De todas maneras estaremos en esa casa. La gente que ha llegado hasta acá ha formado un comité y supongo que se reunirán para recabar información y pensar en qué haremos…

-Entonces anda…

Javier se queda mirándome por un rato antes de reprobar mis acciones con la mirada y dar media vuelta.

-Tú sabes por qué los escarabajos querían que te reunieras conmigo… Ahora lo sabes…- le digo mientras se aleja, antes de echarme un nuevo trago de vodka y bajar del camión. Apoyo mi peso sobre la pierna herida y el dolor, tan repentino como insoportable, me hace tambalear. Me sostengo de la puerta del vehículo, esperando que el fuego que quema el interior de mi extremidad se extinga, pero no lo hará a menos que el alcohol vuelva a fluir por mis venas. Me empino la botella de vodka y dejo fluir el licor hasta sentir que su fuego apaga el que consume mi muslo. Sólo entonces me detengo y bastante mareado, vuelvo a mirar el paisaje a oscuras. Brenda está de pie frente a mí. Apenas puedo descifrar su rostro, pero sé que me odia con la mirada.

-A eso me refería, Aníbal. Siempre sabes lo que es correcto, pero haces todo lo contrario ¿Tú crees que no nos duele verte así? Te vas a morir -solloza-, y nos vas a dejar aquí… solos… Me vas a dejar sola…

No acepta mis brazos, pero se queda de pie, ahí, en medio de aquel extraño fresco naturalista, rodeada por casuchas de piedra, plantaciones famélicas, cerros chatos, un charco de agua que pretende convertirse en río.

-No te vas a quedar sola. Está Javier, la Cata, Bárbara, los cabros chicos… Tienen un oasis en donde vivir mientras allá afuera las cosas se arreglan…

-¿De verdad crees que las cosas se arreglarán?

-No, pero supongo que tú aún tienes esperanzas.

-No, fíjate que después de verte a ti no me quedan muchas esperanzas. No sé por qué los escarabajos te dejaron vivo cuando deberías haber sido uno de los primeros en morir.

-Supongo que fue para salvarte. Para salvarlos a todos ustedes. Yo ya cumplí mi misión. Ahora los estoy esperando a ellos. Ya los imagino avanzando por el tierral que pasamos con el camión, buscándome ansiosos, tratando de llegar a mí para exterminarme, para no dejar ni siquiera un rastro de huesos, músculos o ropa.

-¿Por qué eres tan cruel, Aníbal?

-No se trata de ser cruel, es lo que pienso que va a ocurrir, ¿por qué no asumirlo? O mejor aún, ¿por qué no tomarlo como una fantasía? Quizás hasta simplemente me muera de gangrena y ustedes puedan sepultarme como se les de la gana…

Brenda se larga a llorar. Da media vuelta y se pierde en la tinieblas apenas rotas por algunos trazos de fuego exiguo provenientes desde el interior de la chozas. Me quedo apoyado en el camión, enciendo un cigarrillo y me quedo mirando las estrellas que aglomeran en algunos sectores, formando nubes informes que delimitan la negrura impenetrable del cielo. Pienso en morir en casa, rodeado de las mismas paredes que me llevaron a este punto. Sé que puedo seguir el camino de tierra y volver a la carretera en un par de horas, si logro hacerme de las llaves del auto. De ahí, no creo que el viaje a Santiago sea tan complicado. Debo hablar con Javier. Intento caminar, pero la pierna izquierda no me responde y caigo pesadamente al suelo.

Desde aquella incómoda posición, las sombras y las formas indecisas son las mismas. Intento levantarme, pero la borrachera y el dolor hacen de mis movimientos tristes parodias que asimilan a una tortuga tendida sobre su caparazón. De pronto, me detengo. Una decena de escarabajos esta frente a mi rostro. Me quedo mirando sus mandíbulas, sus pedicelos, sus ojos vacíos, sus labios casi invisibles y extraterrestres. Se quedan ahí, como si conversaran entre ellos, observando mi caída. Poco a poco, más escarabajos comienzan a llegar. Me rodean vigilantes, como liliputienses escrutando a un Gulliver demasiado ebrio como para liberarse de sus imaginarias ataduras.

-¿Qué quieren ahora?- pregunto, aunque sé que hablo conmigo. En ese instante, siento sus patas recorrer mis piernas con precaución. Pueden ser diez o cien o mil. No me atrevo a mirar. Supongo que mi hora ha llegado. Nunca imaginé que sería así, pero por lo menos no es tan patético como saltar de un edificio o dejar mis sesos desparramados sobre la alfombra por días, hasta que la putrefacción de mi carne alerte a los vecinos. Cierro los ojos y me preparo para el dolor que provocarán sus mascadas hambrientas y redentoras. Pero nada ocurre. Los bichos descienden en silencio y tal como aparecieron, se pierden en la bruma. Me quedo tendido con la barbilla apoyada en la tierra y un par de piedras enterrándoseme en las costillas, intentando comprender lo que acaba de ocurrir, pero José me interrumpe.

-¿Qué le pasó, caballero?- pregunta en voz baja, ayudándome a dejar el suelo.

-La oscuridad… la oscuridad…- respondo como un autómata. Ahora tengo más que claro lo que debo hacer. Apoyándome en José voy en busca de la cabaña en donde se desarrolla la reunión de sobrevivientes. Irrumpo bullicioso, no por gusto, si no que porque apenas puedo sostenerme en pie. Javier reemplaza a José y me saca del lugar. No hace caso de mis balbuceos y a poco andar, se detiene frente a la puerta de otra ruca. Bárbara, Catalina y Brenda están ahí, refugiándose junto al fuego, compartiendo vivencias a media voz, sosteniendo platos de greda que contienen una humeante sopa que por momentos, embriaga mis sentidos. Javier me deja tendido sobre un montón de sacos paperos y frazadas viejas que hacen las veces de camastro.

-Otra vez tienes fiebre- comenta en voz baja. Catalina se levanta para ir en mi auxilio, pero Bárbara la detiene con un gesto imperioso. Brenda ni siquiera levanta la cabeza. Mantiene la vista fija en el recipiente con caldo, intentando pensar en otra cosa que no sea mi forzoso y decadente estado.

-Necesito las llaves del auto, Kelly- susurro, obligándolo a estar junto a mí sosteniéndole el brazo izquierdo.

-No me vengas con eso. Déjame ver tu herida.

-Te digo que necesito el auto, huevón, tengo que irme de acá ahora.

Javier no hace caso de mi súplica. Se libera de mis manos con cierta facilidad y me baja el pantalón hasta las rodillas. No tengo muchas fuerzas para resistirme. Un sutil aroma podrido despierta mi olfato. La expresión en el rostro de Javier me dice la verdad. Lo veo realizar algunas curaciones con pedazos de paños viejos, agua tibia, algodón áspero y grisáceo. Me sube el pantalón otra vez.

-Trata de dormir. Es lo mejor que puedes hacer ahora.

-No entiendes, ¿verdad? Tu teoría de los escarabajos es cierta. Ellos han planificado todo esto- Sé que sueno como un loco afiebrado desvariando, pero debo convencerlo. -Mi presencia aquí es innecesaria e inútil. Ya cumplí mi cometido. Ahora, debo ir a morir a otra parte. Es mi derecho después de todo lo que ha pasado, ¿no crees?

-Conversemos de esto mañana, Aníbal, cuando la fiebre haya bajado y te sientas mejor.

-Tú sabes tan bien como yo que la fiebre no bajará y que si no me voy pronto moriré aquí y no quiero hacerlo.

Javier hace como que no me escucha. Me tira una sábana confeccionada con sacos harineros encima y vuelve al corro que forman las mujeres. Pretendo gritar, quejarme, llorar, pero sería un gasto inútil de energía. Cierro los ojos y me imagino otra vez en Totoralillo, esta vez en el agua, sin dolor alguno. Atardece y el mar sereno me llena de vida y energías. Allá, en la playa, Mendieta prepara unos tragos y junto a él, Alicia me entrega una última danza calenturrienta antes de que el sol se esconda definitivamente y el océano me lleve hasta el regazo maternal de sus profundidades por siempre silenciosas y sordas. Poco a poco, los susurros del otro lado de la habitación son devorados por mis sueños, hasta convertirse en el sonido de las pequeñas olas que acarician las arenas ámbar, tibias y protectoras de la playa eterna.

No sé si estoy dormido o no… Ya no lo sé… Ya ni siquiera sé si estoy vivo…

1 comentario:

Magdalena dijo...

ME ENCANTA... BUENÍSIMO... DALE...