viernes, 25 de julio de 2008

EL BUEN ESCARABAJO (Capítulo 1)

DOMINGO

I've tried to make self-portraits before
Through my eyes
Just see myself
Now I know
I'm not in denial
That I need someone else
To see me
PANIC ROOM. RIVERSIDE

Despierto de improviso, como huyendo de una pesadilla, pero no abro los ojos. Me quedo bajo las cubiertas, inmóvil y cataléptico, sintiendo los pliegues de las sábanas como navajas en mi piel erosionada, deseando fervientemente que una repentina trombosis, un cataclismo a escala mundial, una ponzoñosa serpiente o hasta un asaltante atolondrado y de gatillo escurridizo haya cumplido con la escueta y asertiva misión de acabar con mi vida, de llevarme a otro mundo, ni mejor ni peor, pero llevarme… Qué huevadas pienso de repente. Ni siquiera creo en la reencarnación o universos paralelos, menos en la patética idea de recompensa edénica o castigo infernal. Me muevo levemente, sólo para confirmar con resignación que todavía estoy vivo, que no sufro de parálisis del sueño, que el pedazo de colchón a mi derecha está totalmente helado. Es entonces que percibo otra espalda pegada a la mía. Debe ser Alicia. Aguzo el oído para escuchar su respiración entre el tráfico creciente que se desliza por la avenida cercana y descubro sus suaves y prolongadas exhalaciones. Aún no quiero abrir los ojos. Sé que todavía no amanece y me repito que dejaré de jalar coca, como tantas otras mañanas de despertar impávido, repentino y amargo. Lo dije ayer. Lo dije antes de ayer. Lo pienso y lo repito como una flagelante oración medieval casi todos los días desde hace quince años, pero jamás hago caso de mis propias palabras. Ni en este asunto ni en tantos otros.

Trato de recordar lo ocurrido ayer. Me deslizo por imágenes tránsfugas que me llevan desde Plaza Ñuñoa a Bellavista en una desenfrenada y cacofónica carrera por Avenida Grecia y luego, por Vicuña Mackenna, y de ahí, después de varias rondas abundantes y rayas refulgentes y gigantes como lomos de toro, a la casa del Carroña Baeza en Peñalolén. Luego de decenas de tragos de vodka, ron y whisky, el recorrido penitente me lleva una vez más al “Magia Negra”, el boliche rancio que regenta el Gordo Mendieta. Sus puertas están abiertas veinticuatro horas del día, siete días a la semana, con lo más bizarro de la fauna toplera femenina que usted puede encontrar en todo Santiago y probablemente, en todo Chile. A esa hora, ni siquiera pienso que Javier lleva desaparecido una semana. Simplemente quiero ver a Alicia seduciendo el caño aún brillante a pesar del infinito manoseo que sostuvo el cuerpo de incontables bailarinas y el de sus familias, quizás con algún leve aroma que mezcla el hierro pulido con secreciones vaginales dejadas ahí por las cientos de mujeres que han pasado por aquel escenario turbio, indecente, decadente y denigrante, pero hipnotizante y casi tan adictivo como los motes que me vende la Bárbara. La veo aparecer entre ampolletas acuareladas, cortinas de raso leprosas y desgarradas, el humo elefantesco de los cigarrillos y palmas batientes que le ruegan rabiosas quitarse la poca ropa de fantasía que lleva puesta. Yo me quedo en la barra, cansado ya de tanto tomar y jalar, pero no tanto como para no echarme otro trago más de Stoli con tónica. La veo apropiarse del escenario con actitud felina, dominante y feroz, son su rostro recio y angulado recortado por los halógenos entecos que cuelgan del techo y que el Chupete, uno de los garzones, prende y apaga con sus manos para darle algún efecto al baile frenético de Alicia que ahí, sobre las tarimas, no es Alicia. Para todo el público presente, estoicamente trasnochado, se trata de Milena, la fiera de cabellos oscuros y desgreñados que explota extática entre lentejuelas desahuciadas y que a modo de gran y operático final, abre sus piernas gloriosamente, mientras introduce casi totalmente la mano izquierda en la flor rosácea de su entrepierna, justo cuando Sam Brown termina la última estrofa de Stop!.

Me quedo ahí, en aquel estado de paraplejia redundante que se apodera de mis sentidos cuando ya no me cabe alcohol en las venas ni mote en la nariz, cuando realmente espero que un paro cardiaco me saque las raíces que me amarran a aquella mala imitación de la vida, desprendiéndome del taburete cojo que no tiene ganas de sostener mis posaderas ni mis penas. Alicia se pasea entre los clientes, ofreciendo sus espléndidos atributos apenas contenidos por un colaless negro, un vaporoso pareo del mismo color y un sostén diminuto, que realza gloriosamente los globos inmensos de sus tetas y gran parte de sus pezones oscuros, aguardentosos y cárneos. Me quedo mirándola mientras se lleva a varios viejos a los privados apostados tras el escenario. Alicia escoge a los más borrachos porque además de cobrarles diez mil pesos por media hora de innegable placer, aprovecha la ocasión para hacerse de algunas lucas demás, las que roba con desenfado impávido mientras te susurra las cochinadas más perversas y retorcidas al oído, mientras te acaricia con una mano que sabe perfectamente dónde tocarte, dónde provocarte escalofríos de rotundo placer. Descarada. Pero a uno no le quedan ganas de reclamar después de acabar en su boca o en sus pechos titánicos. A mí me hizo la misma talla muchas veces, antes que la noche nos uniera por algunos meses de incongruente convivencia.

Nuestra relación no duró mucho. Apenas alcancé a sentir por Alicia algo más que calentura, quizás un poco de cariño y hasta lástima antes que decidiera tomar sus cosas y volver a la pensión infame de donde la saque y yo, darme cuenta que ella no sentía por mí más que calentura, un poco de cariño y hasta lástima; que nuestros corazones ya se habían secado y que éramos incapaces de compartir nuestro pasado, el presente o el futuro. Que nuestra unión se basaba en el traspaso de fluidos corporales más que de palabras y que era un chiste de mal gusto creer que ambos, algún día nos someteríamos a la rutina de una sórdida mascarada de matrimonio, esa puesta en escena que soñamos cuando estábamos en colegio, esa que se ve en algunas teleseries o las revistas caras que compra la gente bonita y que a mí me sirven para hacer papelillos cuando me da por vender yerba o mote.

Por fin abro los ojos y me quedo de espaldas, con el brazo derecho sirviéndome de respaldo y los ojos aún legañosos absortos en el cielo delimitado por manchas grisáceas y grietas sinuosas, como el mapa de alguna recóndita región marciana. Mi brazo izquierdo queda pegado a la espalda de Alicia. Así percibo el vaivén constante de sus pulmones buscando instintivamente desintoxicar con algo de aire fresco sus entrañas, sus células revenidas, purificar el hálito que mezcla tequila, ron, cerveza y vino blanco que se apropia de la atmósfera, llegando hasta mi nariz como el perfume perfecto de todas las noches de mi vida. Me gustaría que el tiempo se retrocediera. Volver a aquellos meses de absurda rutina con ciertos y apasionados capítulos de indecorosa pasión y actuar de otra manera, quizás hasta ofrecerle eso que llaman esperanza, un futuro, no mejor, pero futuro al fin y al cabo. Pensar en cada palabra que dije y en cada palabra que callé; apagar las primeras y pronunciar sin miedo las últimas. Qué se yo… Probablemente se trataba sólo de dar vuelta la página y mirarla a los ojos con algo de sinceridad. Pero ya es tarde. Es hora de alimentar a los escarabajos.

Me levanto con precaución. Es probable que Alicia ni siquiera recuerde que una vez más, terminó encamándose conmigo. La esperé hasta que su turno terminó. Ya estaba medio borracha; el momento ideal para ambos de recordar viejos tiempos, de revivir el salvajismo incontenible de nuestras noches de lujuria deletérea y pasión drogada, porque, mal que mal, era lo único que hacíamos bien cuando estábamos juntos y, qué más da, la carne llama… y su llamado es como canto de sirenas ninfómanas.

Alicia no se mueve. Me visto a medias, percibiendo la vaga claridad del nuevo amanecer filtrándose insana a través de las cortinas apolilladas. Desciendo a la planta baja descalzo, acosado por el frío, con la piel de gallina, sintiendo los crecientes efectos de la resaca. Abro una cerveza y me mando tres tragos voluptuosos. En seguida, continúo mi descenso hacia el sótano, mientras busco la cajetilla de cigarrillos en el bolsillo del pantalón. Prendo las luces fluorescentes y ante mis ojos, como todos los días desde hace cinco o seis años, aparece el inmenso espacio del subterráneo, empequeñecido por la acumulación de terrarios empotrados en los muros y vitrinas de vidrio que contienen decenas de especies de escarabajos, todos ellos temperados de acuerdo a su hábitat original, alimentados con dietas estrictas y específicas, todos ellos silenciosamente bulliciosos y trabajadores, ignorantes del destino que les espera… o que les esperaba, porque si Javier no vuelve, no tengo idea qué haré con ellos.

Los observo detenidamente mientras avanzo por los estrechos pasillos dejados por los cubículos en perfecto y lineal orden, extendiéndose como abrumadoras e iluminadas carreteras a lo largo del subsuelo, aún envuelto en frío, con la garganta algo amarga y gelatinosa. Reviso los termostatos, los minúsculos ventiladores y trato de calcular cuánta comida queda en cada celda. No es tan difícil alimentarlos. La mayoría de ellos vive y deglute lo mismo, algunos semillas, otros hojas; algunos madera, otros frutas y hasta tenemos Scarabaeinae que se refocilan con mierda de animales y hasta humana. Cada uno de los terrarios está climatizado de acuerdo al origen de las especies que tenemos, las que Javier escogió para sus estudios y experimentos. Hay vitrinas especialmente adaptadas para los xerófilos que Javier trajo de contrabando desde África y también las hay adecuadas para los coprófagos peloteros que viven en la mierda que conseguimos en la Vega, el Hipódromo, en la plaza que está dos cuadras de la casa y en nuestro propio baño. También hay ambientes diseñados para la reproducción y desarrollo de los Chrysomelidae, los Curcolionidae y los Anobiidae que abundan en el último tercio del bunker que crepita todo el día y toda la noche, antes de llegar a la puerta que conduce al laboratorio de Javier.

No sé mucho acerca de sus experimentos. Aunque nunca me lo prohibió, es poco y nada el tiempo que he desperdiciado en aquel lugar aséptico, frío y demasiado albo para mi gusto. La mayor parte de las ocasiones en que he estado ahí es para registrar fotográficamente algunos de los experimentos de Javier, los bichos vivisectados, los especímenes que llegan envueltos en extraños embalajes, procedentes de los lugares más exóticos del mundo, los escarabajos deambulando en sus pequeños dominios, deglutiendo vegetales, mierda y madera. En cambio, Javier es capaz de pasar hasta quince horas seguidas concentrado en sus experimentos, metido entre pipetas, probetas, buretas, gradillas, quemadores, matraces, tubos de ensayo, microscopios, una docena de máquinas que zumban como mosquitos rabiosos e interminables notas que acumula en los estantes de su habitación en estricto orden y esquizofrénico cuidado. Aún así, Javier es un buen tipo, bastante amigable y conversador cuando está de humor y lejos del laboratorio.

La puerta ha permanecido cerrada por seis días. Me quedo mirándola y me pregunto dónde diablos estará Javier. Siempre que viaja obedeciendo el llamado de la compañía gringa que lo contrató, me avisa con anticipación, para coordinar el celoso cuidado que debemos tener con los escarabajos, Mal que mal, no es poco el dinero que él ha invertido en los bichos. Yo sólo puse el sótano y mis servicios como asistente, cuidador y fotógrafo por los que Javier me paga bastante bien, lo suficiente como para cubrir los gastos de la casa y todos mis vicios. Pero debo reconocer que hubo un cambio en su actitud días antes de su desaparición. Las llamadas de la compañía que lo había contratado se multiplicaron y después de colgar, regresaba a su trabajo más pálido, silencioso y preocupado que de costumbre. Nunca le pregunté nada. La borrachera constante y la obligación que tengo de ver el mundo que me rodea con los sentidos alterados me impidieron acercarme al amigo quizás en desgracia y respetar el silencio de investigador serio y pragmático que seccionaba coleópteros como si los fuese a cocinar y que al menos una vez al mes, se preocupaba celosamente por enviar informes y muestras de tejido a sus misteriosos contratistas.

Estoy a punto de volver al primer piso cuando escucho el delicado y cuidadoso descenso de Alicia. Me detengo como si fuera un fantasma, antes de arribar al primer piso. La escucho avanzar silenciosa por el pasillo que lleva a la sala y de ahí, a la puerta de calle, que cierra con extrema precaución, casi con vergüenza, quizás preguntándose por qué diablos se encamó conmigo otra vez, prometiéndose nunca más volver a hacerlo.

Me siento frente al tele enmudecido. Tras él, veo el ventanal que da a la calle y a través de los vidrios sucios, a los predicadores evangélicos que ya recorren la manzana de enfrente jodiéndole la mañana al prójimo dormilón y agnóstico. Algunos niños persiguen una pelota, poniéndose el nombre de famosos jugadores europeos. En la pantalla, dibujos animados inaudibles. En mi mano izquierda, una nueva lata de cerveza y en la derecha, un cigarrillo. Pienso una vez más en Alicia y en las borrachas razones que de vez en cuando nos llevan a tener sexo como si fuéramos animales en celo, y no encuentro lógica alguna en nuestro comportamiento.

No sé si es la resaca o simplemente el aburrimiento, pero el encierro me agobia. Termino por vestirme con lo primero que encuentro en el armario, le echo un último vistazo a los escarabajos y enfrento con algo de alivio el exterior helado y grisáceo, rodeado de árboles dormidos, veredas indolentes y escenas rutinarias y pasajeras.

A bordo de mi destartalado Chevette, me dirijo al “Magia Negra” en busca de un trago. El Gordo Mendieta me recibe cómplice, aunque sólo se limita a servirme un vodka tónica sin decir nada. Me imagino que tiene perfectamente claro lo ocurrido la noche anterior y si bien las dudas son muchas y corrosivas, prefiero quedarme con ellas.

No hay mujeres en el escenario, pero si algunas chicas intentando sacarle tragos a la decena de clientes esparcidos entre las mesas, todos ellos tan solos como yo, buscado respuestas en el reflejo obtuso del vidrio y el licor. Brenda se me acerca.

-Y tú, ¿qué haces por acá a esta hora?

-Inventándome una realidad alternativa- respondo, intentado ser chistoso. Ella sonríe con tristeza y se queda con los codos apoyados en la barra, con un ademán intenso cruzándole el rostro. Sé lo que sufre, sé por lo que pasa día tras día. También sé gracias a Mendieta que le atraigo, que se aguanta el llanto y la rabia cada vez que me ve con Alicia, que la ha encarado un par de veces, convencida que ella es la que juega a ser seductora, sin querer creer que soy yo el que regresa penitente a sus brazos llameantes. Pero nunca me ha dicho nada. Jamás ha salido de su boca una insinuación, una alerta, un llamado. Y aunque Brenda es una mujer bastante atractiva, prefiero no traspasar la línea que nos limita como oferente y demandante.

-Me contaron que ayer anduviste por acá.

-A mí también. No recuerdo mucho de lo que pasó- digo, antes de llenarme la garganta de vodka. Ella ríe. Sé que quiere saber más de lo ocurrido, pero la verdad es esa, es poco y nada lo que puedo afirmar ocurrió la noche de ayer.

Pago el trago y dejó el local y a Brenda, que al fin, se decide a abordar a un anciano de rostro canceroso sentado en primera fila, junto al escenario fosilizado. Me subo al auto sin tener claro dónde ir, hasta que recuerdo que Marambio me debe cincuenta lucas, así es que enfilo rumbo a su casa, que es una belleza, por lo menos por fuera. Pintada de colores pastel que realzan las líneas clásicas y como de palacete de su fachada, está cercada por un glorioso jardín selvático donde imagino que algunos de mis escarabajos serían muy felices. Me responde a través del citófono, un tanto urgido, siempre paranoico. No es para menos, pues la belleza de su hogar es sólo externa. Adentro, Marambio ha convertido casi todas las habitaciones en escenarios para las películas porno que le gusta grabar con niñas que aún no cumplen dieciocho.

La pesada reja de hierro pintada de negro se abre con estruendo. Avanzo entre el jardín con tintes cámbricos sin dejar de pensar que sería el lugar ideal para liberar varios de mis coleópteros. Cierro la mampara y me quedo de pie en el pasillo, rodeado de cables, algunos focos y trípodes regados sobre el piso alfombrado y pantallas hechizas de tela y plumavit amontonadas a lo largo de los muros. Escucho algunos jadeos pretenciosos desde el segundo piso, voces casi infantiles, risas y carreras rápidas de una habitación a otra. También escucho órdenes de directores sin talento, violentas voces masculinas obligando actos innombrables, llantos, transas infames que exigen posiciones limítrofes, fellatios múltiples y masivas acabadas faciales a cambio de más dinero… Marambio baja la escalera, vestido con una bata sucia, fumándose un porro inmenso de hiriente aroma, despeinado y con la barba de tres días. Aunque durante unos segundos parece una especie de dios olímpico descendiendo desde las alturas, no tardo en volver a la realidad y darme cuenta que Marambio no mide más de metro y sesenta, que la estampa tonificada y deportiva con que lo conocí ha desaparecido hace una década y que sus aires de proxeneta son más bien producto del consumo constante y excesivo de drogas duras que han dejado en su cerebro una severa malformación mesiánica con la que trata a sus pequeñas actrices, actores y hasta sus amigos.

-Qué te trae por acá, Gorgojo- pregunta con voz estruendosa.

-Venía a cobrarte las cincuenta lucas que te presté el mes pasado. Ando medio apretado y bueno, tú sabes…

-Es que deberías dejar de ir a encamarte con las maracas de Mendieta y venir a buscar carne joven acá. Además, te pagaría bastante bien…

-No. Tú sabes que no es lo mío…- Marambio se queda mirándome como si sus poderes mentales fueran a convencerme de trabajar para él. Luego de unos segundos, ríe a carcajadas.

-Espérame. Te las traigo al tiro.

Vuelve a subir. Apenas se pierde tras la balaustrada, entre luces que cortan los muros y el cielo, enciendo un cigarrillo.

-Hola.

Bajo la mirada. En algún momento, Catalina ha aparecido por el pasillo, deteniéndose frente a mí. También viste una bata, pero ésta es de seda brillante y primorosa, y moldea su pequeño cuerpo seductoramente, haciéndola parecer mayor de lo que es. Sus rizos castaños caen libres sobre los hombros enmarcando un rostro que perfectamente podría estar jugando a las muñecas en el parque a esa hora de la tarde.

-Hola- le respondo. Me quedo mirándola con ganas de invitarla a dar un paseo y a comer helado. A pesar de su actitud fría y casi desafiante, es fácil descubrir tras aquel escudo quince escasos y sufridos años. Catalina es la estrella de las películas de Marambio desde los trece y actualmente su pareja, aunque sólo entre las paredes de la casona, el lugar que se ha convertido en su propio y claustrofóbico mundo.

-Hace tiempo que no venías por acá- dice ella, despreocupada, encendiendo un cigarrillo.

-No había motivo.

-¿Te quedarás un rato?

-¿Para qué?

-No sé… Nunca me has visto actuar- replica ella con tal inocencia que mi cuerpo se congela.

-Ahí está tu plata- interrumpe Marambio, entregándome un fardo de billetes de diez mil pesos. No alcanzo a replicar nada.

-Con intereses incluidos- aclara él y empuña mi mano, obligándome a aceptar. No me resisto. La plata nunca está demás.

Dejo la casa. Me subo al auto, no sin antes pensar en que podría irme a pie, respirar el aire oscuro de Santiago, ese que te mata más que te revive, pero echo a andar el motor para recorrer las pocas cuadras que separan el palacete morboso de Marambio de mi cuchitril.

En pantalla está Bette Davis. No sé qué película es, nunca he sido muy bueno para memorizar sus nombres, pero estoy seguro que la he visto muchas veces antes. Me lleno el estómago de cerveza y pienso de vez en cuando en Alicia y en Javier y su repentina desaparición. No sabría que hacer con los escarabajos ni con el laboratorio. Supongo que no los mataría. Seguiría alimentándolos, engordándolos, vería crecer sus salvajes familias y dejaría que se reprodujeran hasta superar las barreras de sus terrarios incómodos. Los dejaría tomarse la casa, los dejaría alimentarse de mis heces y de mis entrañas, los dejaría invadir las manzanas de Santiago como una plaga y destruir todo a su paso, pero supongo que sería mejor una eutanasia digna y certera y fumigarlos con algún efectivo pesticida. Es lo mismo que debería hacer conmigo antes de ponerme la chaqueta y enfilar rumbo al “Magia Negra” una vez más, en busca de Alicia y de vodka que llene el vacío cáustico que me corrompe y que me arrebata el sueño, el aire y la cordura.

Pero antes, los observo. Chequeo los termostatos, la calidad del aire que respiran y les dejo algo de comida en una labor lenta y repetitiva que, sin embargo, me relaja. Ahí van algunas semillas, otras tantas papas, algunas hojas tropicales, restos de mierda de caballo, de perro y mía. Una vez que los veo refocilarse en sus banquetes, apago las luces principales y convierto el sótano en un extraño mundo regido por pequeños focos que iluminan tenuemente las vitrinas, convirtiendo el espacio en una caverna prehistórica. Doy media vuelta y voy en busca de Alicia, sólo para verla bailar una vez más, para ver su rostro furibundo al recordar que hace un día, nuevamente fue mía, quizás sin quererlo, más borracha que cuerda, dejándose llevar por otra de sus tantas decisiones equivocadas, pero mía al fin y al cabo. Y yo la miraré y me deleitaré con sus movimientos ofidios y sus ojos fatales, buscando la excusa, el momento, la situación idónea para llevármela otra vez a la casa y saciar mi sed de ella, de sus besos, de sus jadeos, de su indiferencia indómita y de su carne sabor a sal y lentejuelas podridas.

2 comentarios:

rodrigo ramos dijo...

Buen proyecto Pelao, se lee de corrido, buena la imagen del lomo de toro. Harta decadencia en el insectario, saludos.

loukamenguante dijo...

iba re bien, pero no me gustó "lentejuelas podridas" (no puedo calzar la imagen)
Voy al II capitulo...

saludos, aida